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Entrevista a Alejandro Ferreiro
Búsqueda, azar y equilibrio
Jorge Costigliolo
Venía masticando con ganas la idea de conversar grabador de por medio con Alejandro Ferreiro, porque es un tipo de una locuacidad desaforada que casi siempre sorprende, y, más allá de algún encuentro casual o el comentario de un amigo de un amigo que lo había visto, poco sabía de él desde que dio por terminado el histórico Planetario (programa que se emitía en las noches por Radio El Espectador, y concluido a raíz de una serie de mezquindades corporativas). Pero claro, me faltaba una excusa, y de repente tuve dos: la primera, esta inesperada revista, hija de los bares y los afectos; la segunda, la aparición de “Todo lo quieto sueña moverse”, tercera novela de Ferreiro recién publicada.
Libros, canciones, escritores, amores y muertes anduvieron en la conversación; lo que quedó, es esto.
45rpm: Periodista gráfico y radial, poeta y novelista… ¿con qué Alejandro Ferreiro estoy hablando ahora, o hablo con todos los Ferreiros?
AF: Soy periodista, que creo que sigo ejerciendo, aunque ese ejercicio no se vehiculice a través de ningún medio, es un ejercicio para mí; es decir, un cocinero es cocinero también cuando está en su casa, y también cuando no cocina; yo sigo siendo periodista y miro la realidad con ojos de periodista, lamentablemente. Y digo lamentablemente porque esa “desviación” te puede llevar a hablar desde un lugar que no corresponda, incluso en una charla de amigos; yo tengo una cabeza hecha de interpretar las cosas, incluso más de la cuenta. En ese sentido yo me hice periodista desde muy chico, y creo que voy a morir siendo periodista. De ahí a la escritura “no periodística” hay una conexión bastante fuerte, porque también a la hora de escribir me baso en algunas herramientas que son propias del periodismo, por ejemplo, la observación. Como periodista fui periodista de medios gráficos, por lo tanto “escribí” periodismo, ya como escritor me cuesta un poco más, tal vez por un problema de autoestima. Claro, vos decís “después de cuatro libros, dejate de joder”, y está bien, y por otro lado yo también soy el que pregono que si vos escribís en el día a día, más allá de que publiques o no, sos un escritor en alguna medida. En ese sentido sí, no voy por la vida diciendo “soy un escritor”, pero es el momento en el que más obligado me siento a decir que estás hablando con alguien que es más escritor que otra cosa. Porque en este período de inactividad radial o periodística salió un libro mío y me voy de viaje becado por una Fundación irlandesa para dedicarme durante cierto período financiado por ella a escribir. Incluso en términos reales, voy a ser durante los próximos meses un escritor entre comillas, profesional. Antes de comenzar la charla derivamos en conversaciones nuestras y salió el nombre de Mario Levrero, que es un escritor que me encanta, y además es una persona que me hizo mucho bien apenas nos conocimos, y apenas leyó mi primer libro, que se publicó gracias a él, e incluso con prólogo de él, que es un honor que tendré toda mi vida, él me dijo, “mirá, lo siento, sos un escritor”. De ahí me quiso decir que el escritor es quien se siente “condenado” a escribir, quien inevitablemente tiene que expresar algunas cosas de su interior por medio de la escritura, así como otras personas, incluso los escritores, necesitan a veces salir a correr para estar más sanos o para demostrarse algo, o sentir el viento en la cara. Yo necesito escribir y escribo con frecuencia, tengo la aspiración de escribir todos los días de mi vida.
45rpm: ¿Y por qué o para quién sentís esa necesidad de escribir?
AF: Escribo para mí, de eso no tengo dudas y no quiero que cambie nunca. Algunas de las cosas que escribo las hago con la pretensión de compartirlas, porque ahí es donde se cuela el periodista, esa necesidad de funcionar como eslabón. La necesidad de que lo que me hace bien a mí, y me gusta sea compartido, que le guste y le haga bien a otras personas, que genere el final del libro. Es lo que más me gusta hacer, me gusta charlar, me gusta cultivar la charla, incluso en la radio, eso que parece un monólogo en realidad es un diálogo en la cabeza de uno. Todas las cosas que yo hice en mi vida, y me doy cuenta ahora, son una búsqueda y una necesidad de que no se corte el diálogo.
45rpm: Una cosa que me gusta discutir es la “utilidad” del arte… ¿para qué sirve esa escritura?
AF: Sirve para que la vida no pase al lado tuyo, sino que pase por vos, que vos estés vivo todo el tiempo. En la medida que la máquina funciona la máquina no se oxida, y llamale máquina a la cabeza, al cuerpo, al colectivo del que vos te sientas parte. Es para acercarse, mientras uno esté vivo, a lo que uno quiere ser, o lo que uno cree que debe ser: la necesidad de encontrarte con quien vos verdaderamente sos. Escribo para entenderme. La vida es tan dinámica que resistirse a ese me parece una tontería, y a la vez entender eso, y tratar de convivir con eso me parece que es el verdadero secreto, si es que existe un secreto al que uno pueda acceder. Secreto tal como ¿quiénes somos, para qué estamos, dónde vamos?
45rpm: Tal vez no haya una respuesta…
AF: Ojalá no la haya. Creo que en algunos planos las certezas son la muerte. De alguna manera, si no existiera el misterio, qué sentido tendría la confianza.
45rpm: Arlt decía en una de sus novelas que había que instaurar el imperio de la Mentira, y entiendo la mentira como la ficción literaria, algo que actúa sobre la “miserabilidad” humana…
AF: Sí, la ficción es una mentira. Wilde decía que no es el arte el que imita a la vida sino la vida la que imita al arte. La ficción es una transcripción, como también la realidad de uno lo es. También es cierto que la propia realidad la construye uno mismo, es inevitable. En mi caso, escribir un libro es inventar una realidad para hablar de cosas que merecen ser habladas. Me pasa a veces, después de escribir algo y pasa el tiempo como para despegarme de esa escritura, y viene un amigo y me dice, “me encantó esto que escribiste”, y me lo lee, y yo digo “pah, ¿cuándo escribí eso?. Claro, después recuerdo que las historias que he escrito no son el resultado de un proyecto. En mi vida personal soy reacio a las proyecciones a largo plazo; puedo manifestarte el deseo de que nosotros seamos amigos toda la vida, y mi compromiso para hacerlo posible. Lo que no puedo es darte la seguridad de que eso pase. Hasta que la muerte nos separe es una mentira; es muy lindo manifestarlo y no me niego a hacerlo, pero me niego a decirlo de manera tramposa. No estoy de acuerdo con que las cosas merecen sacrificio y compromiso, y que nada que cueste poco vale la pena. La mayor promesa que se puede hacer es la que llega al momento actual: éste…
Éste…
Éste…
Y así sucesiva y subversivamente. Y con la escritura me pasa lo mismo; cuando empiezo a escribir nunca tengo un plan de viaje. Quizá debería tenerlo, quizá algún día lo haga. Pero hasta el momento, cuando me embarco en una historia la sigo escribiendo porque mi preocupación es saber cómo termina. Si la historia no me entretiene, la dejo. He dejado cosas sin terminar; a veces hago trampa y las incorporo en otros libros. Pero las cosas que escribí me atraparon, y las escribí porque me moría de ganas de saber cómo terminaban. Es más: no sé cómo van a terminar, y un día, de repente, digo “waw, mirá vos, estoy en el final”. Eso para mí es un momento divino; recuerdo el final de esta última novela, el momento en que escribí eso, iba a seguir escribiendo y me dije “pará, pará, mirá vos cómo terminaba esto”… ¡y fue una felicidad! Me levanté, di una vuelta por mi casa, salí al sol, caminé por el barrio, contento de saber cómo terminaba esa historia que yo había comenzado. Y ya está, se terminó. Después pienso mucho en ella, sí, pero eso es otro tema.
45rpm: ¿Te gustás, te seducís como escritor? ¿Sos de releerte?
AF: Sí, pero la pelea tiene que ver más con dudas que con otra cosa. Cuando terminé de escribir “Todo lo quieto sueña moverse”, recuerdo que fue un sábado de mañana, o un domingo, me di una ducha, me fui a caminar por el barrio y me encontré con un amigo, y lo invité a desayunar a casa. Ahí le dije, “vo, mirá, estoy muy contento porque terminé de escribir una novela, la tengo acá, impresa”, y se la di. Y el tipo la empezó a leer adelante mío, y se entusiasmó muchísimo, y me encantó que se entusiasmara. En ese momento uno se siente cómodo con lo que escribe. Funcionó, a otro le gusta, tiene sentido. Yo mismo estaba convencido que de lo que había escrito eso era como lo mejor, no lo mejor midiéndolo con otras cosas, sino conmigo. Estaba satisfecho de lo que había expresado y de cómo lo había expresado. Sin embargo, después archivé esa novela, directamente. Durante años; y no la mostré a nadie. Y cuando la volvía a mostrar lo hice con inseguridad, con recelo, con reticencia. Con que si me decían que no valía nada a lo mejor tenían razón, porque aquel entusiasmo inicial después de haberla terminado por ahí no se mantiene. Así que volví a leerla, para corregir algún error, alguna cosa, y sentí que no me había gustado tanto como antes. Y ahora sé que si hay alguna novela de las mías mejor que otra, es la que viene. Me gusta pensar eso.
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45rpm: Y estás escribiendo la que viene…
AF: Sí, la que viene es la que motivó mi pedido de auxilio económico al exterior y que me generó ese mecenazgo. Es una novela que empecé a escribir hace unos dos años y medio, y que se cortó abruptamente debido a determinadas circunstancias de mi vida que me obligaron a tener menos tiempo para mis cosas y más compromisos para cosas que no eran mías. Esa novela tiene unas treinta páginas escritas, que tenía escritas dos años y medio atrás, y que me entusiasmaron mucho. Hoy ya perdí ese escenario; debería releerla, ubicarme y entrar de nuevo en escena. Mi pedido de beca para aislarme en un lugar lejano tenía que ver con una necesidad que yo traía, que era ideal, no sólo porque por el tiempo en que la comencé yo no podía mantener el ritmo que la novela me pedía, sino que tiene que ver con la historia. La historia me hizo creer que en la medida que yo me alejara del contacto con la gente, de aislarme en algún lugar, me iba a permitir recuperar esa escena que yo había perdido en el entusiasmo inicial. Si no la recupero con eso, escribiré otra novela, otra cosa. Es una novela que tiene un título provisorio, y que es bien distinta a las otras. No me siento obligado a escribir por algo más que mis ganas, en lo más mínimo.
45rpm: Se habla mucho acerca del “compromiso moral” del arte, o del artista… ¿Existe ese compromiso?
AF: Si hay algún compromiso, del artista, del carpintero o del peluquero no es por ser lo que es; es de uno mismo con uno mismo. Mi compromiso, primero que nada, es conmigo. Esto también me ha traído problemas; hay una sobre estimación de lo colectivo y una subestimación de lo individual. Yo no creo en las expresiones colectivas, en las revoluciones colectivas. Creo en las revoluciones personales, que, dadas todas juntas, pueden generar un fenómeno colectivo. No reniego de revoluciones históricas que cambiaron el curso de las cosas, pero si revemos todos esos acontecimientos nos damos cuenta de que son procesos que afectaron también a toda esa gente, que venía cargando individualmente con todo eso. No creo que uno pueda generar felicidad si no está feliz. No creo que alguien dichoso sea incapaz de generar dicha alrededor, y por otro lado tampoco creo que alguien infeliz sea capaz de producir felicidad. Es inevitable pensar eso, y eso no es egoísmo. Esa es la base de todo, vos tenés una vida entre tus manos y eso es lo que sos vos. Tenés que trabajar eso para que de frutos; para tí y por propiedad transitiva para quienes están a tu alrededor. No está bien pensar que sobre la base del sacrificio vas a sacar adelante un equipo, por ejemplo. Lo vas a hacer si estás contento de estar en ese equipo y del papel que jugás en él, y por supuesto, de ofrecer eso que es bueno de vos a los otros, para que a la vez ellos ofrezcan algo, y entre todos hacer algo mejor. En materia de escribir, nada de lo que hago lo hago pensando en satisfacer a otro. No quiero decir que esto suene a “no me comprometo con nada”; a mí no me gusta ir al hospital a visitar amigos enfermos, pero si lo tengo que hacer lo hago. No quiero decir que no hago nada contra mi voluntad o mis ganas. Pero cuando se trata de cosas que tienen que ver conmigo y que no joden a nadie, no hago nada contra mi voluntad o mis ganas. Y cuando hago cosas que me hacen mal digo “¡opa! Esto es un punto enfermo que tengo que solucionar”. Porque mi principal obligación, la principal obligación de todo el mundo sobre la tierra es estar bien. Estar sano y generar sanidad. Porque todos, todos, los ideológicamente de este lado o de aquel, tenemos un discurso sobre el equilibrio, sobre tratar de vivir en paz, y si estamos en sociedad fijemos reglas para que seamos justos, y que las ballenas no se mueran, y que las papeleras… si todos somos tan progre, tan pro-equilibrio, no me digas que en tu vida no pretendés eso. El equilibrio se construye con cada parte de ese equilibrio. En ese sentido hay un problema que no sé si es de todos los tiempos, pero sé que hoy la gente no está capacitada para responder qué es lo que quiere hacer con su vida, qué es lo que le hace bien. Hagamos una encuesta en la calle, preguntándole a la gente qué es lo que espera, qué es lo que quiere para sí. Yo me comprometo con estar bien, con irradiar bien y con tratar de accionar en ese sentido. Pero cuando me siento a escribir un libro no lo hago para que la gente lo lea y se sienta bien; escribo un libro para mí. ¿Qué soberbia es pretender eso? Cuando hacía el programa de radio sólo pasaba la música que a mí me gustaba, y la gente decía “¡qué autoritario!”; eso no es autoritario, pero no puedo poner una canción y dejar contento a todo el mundo. Yo me tengo que estar “contentando” a mí, porque en la medida en que yo sea feliz en esas dos horas y media de charla puedo transmitir felicidad. Si no tengo la ilusión de ir a la radio a hablar sobre las mariposas, no le voy a transmitir ilusión a la gente que lo escucha. Y también es claro que en tanto yo sea implacable con ese propósito, el que ese día no tenga ganas de escuchar hablar de mariposas, va a ir a buscar su camino, y está bien; eso hace las cosas muy lisas, muy claras. Cada vez me afianzo más en esa manera de vincularme con el mundo. Advierto: para muchos puede parecer una postura egoísta, para mí es todo lo contrario. Lo siento, pero no podés dar alegría si no estás alegre.
45rpm: Te digo, que, a mí, por ejemplo, la lectura de “Todo lo quieto sueña moverse” no me produjo ninguna felicidad… Sí tal vez en lo estético, de decir “¡qué bueno!”, pero es un libro inquietante, molesto…
AF: Ahí se da la comunicación, porque digo, “pucha, esto que a mí me da felicidad a vos te hace llorar a mares”. Eso te confirma que somos dos, y que primero hay que pensar en uno. “¿Por qué llorás?”, “Por esto”, y ahí me meto en tu mundo y entiendo por qué esa canción, o ese fragmento literario a vos te hizo llorar, y lo que se genera ahí es esa armonía que todos pedimos. La vida misma es el resultado de la diversidad. El camino del entendimiento es aceptar esa diversidad. Si escribo un libro para alegrar los corazones, capaz que alegra UN corazón, pero un montón me van a decir “loco, no te creo”; me es imposible hacer eso. No puedo escribir “para”, no puedo ir contra mí, contra lo que siento.
45rpm: Estás un poco por fuera del “circuito” de los escritores uruguayos; me parece que la mayoría, o al menos los “consagrados”, pasan “jugando para la tribuna”…
AF: Lo digo sin ánimo de pecar de falsa modestia, pero no tengo un propósito de ocupar un lugar en el diccionario de nombres de los escritores de Sayago, ni tan siquiera. En el fondo, porque no creo, a priori, que me merezca un lugar en ningún club… que me acepte. No sé a qué se debe; a veces pienso que es un problema de autoestima, que me falta cierto espíritu pujante, ese espíritu que te dice, como cuentan los actores famosos, “yo a los 17 años me trasladé a Hollywood porque confiaba en que iba a triunfar”; yo no confío en mí, específicamente. Por lo mismo que hablábamos hoy, esa dificultad que tengo para proyectar, o mejor dicho, mi OPCIÓN de no proyectar, porque no me gusta saber que el lunes próximo tengo un almuerzo con alguien, el martes una cena… entiendo que eso a veces, para alguna gente e incluso para mí en algunos momentos de mi vida ha sido fundamental, pero “eso” que decimos mata la aventura. En la medida que yo sepa que mi agenda de la semana que viene está completa, lejos de tranquilizarme, me aburre. Si sé eso, ya me quiero saltar la semana que viene; mi esperanza empieza a ser el otro lunes, a ver qué me depara la sorpresa de la vida. Eso se instaló tanto en mí que me cuesta mucho caer en la fórmula de prometer y prometer; puede ser una limitante, pero para mí es una opción de vida, no quiero coordinar todo de manera que no falle. Una falla, un error, puede llevarte al paraíso.
45rpm: ¿Y qué lugar hay para el azar en el día a día?
AF: Trato de que se dé todo el tiempo. No quiero pecar de exitoso en este empresita, muchas veces me siento en la necesidad de prometer, de aferrarme a cosas, pero la formulación del asunto es importante. No puedo prometer algo cuando uno es hoy y mañana es otro, y lo que es más importante, cuando el otro también es otro. Ni siquiera a mí mismo me prometo cosas; sé que lo que quiero hoy mañana no me entusiasma tanto. Y lo peor es cuando hacés las cosas con culpa. Hay que alejarse de la culpa, y muchas veces las proyecciones, las promesas, las expectativas desmedidas están a un paso de la frustración. Si tengo una amistad o un romance, lo encaro como si fuera para toda la vida, doy todo como si fuera así. Ahora, tengo presente que hay muchas posibilidades de que no sea para toda la vida. Más en el amor que en la amistad; no es que todos los días lo tenga presente y diga “ja, zafamos, un día más de amor, pero mirá que el de mañana…”, no, pero sé que cada día tengo que laburar para que haya un mañana, porque quiero que haya no un mañana, muchos mañanas. Pero yo estoy en el hoy. Ese pensamiento me hace saber que hay que laburar para llegar al final del libro, y que a lo mejor no llegás al final del libro, y que eso no es nada más que una posibilidad. La gente se casa, y se divorcia, y sufre porque le dijeron que era para toda la vida, y firmó para que eso fuera así, y le enseñaron eso. ¡Pará un poco! Sí, está triste, porque todo lo que se termina es doloroso, pero son pocas las personas que calzan en ese esquema tan rígido que implica la seguridad eterna. Porque ese sentimiento te hace creer que vas a vivir mucho; después que se te muere un amigo, o un familiar, te das cuenta que ese “toda la vida” no es más que un deseo. Ese deseo, expresado de manera reiterativa, nos convence de que es una verdad. Igual me gusta pensar que voy a vivir muchos años, y que el amor que tenga entre manos va a durar toda la vida, y que mis amigos nunca me van a abandonar, que van a vivir muchos años y que voy a morir antes que ellos para no sufrir su pérdida. Pero es un deseo. ¿Vivo con ese deseo? Sí, pero no se lo prometo a nadie, ni a mí mismo. Porque quitaría eso que tiene la vida que es la falta de certezas, la dinámica total, el azar. Y el equilibrio, que está dado a pesar de nosotros, y que nuestra desaparición, aunque parece un chiste, construye ese equilibrio. Es como el Gran Tema. No quiero vivir con culpa, y lucho todo el tiempo contra ello. Es como dice Calamaro, “la culpa es un invento muy poco generoso, y el tiempo, tremendo invento sabandija”. Quizás ser conciente de eso todo el tiempo es un embole, y no lo soy; me escucho decir “te quiero para toda la vida”, pero sé qué significa eso. Y cuando uno escribe, y genera una ficción, esa “mentira” como le llamás, es lo que uno hace todos los días. Uno se pone el despertador 20 minutos antes de la hora que se tiene que levantar; eso es una estupidez, o es una delicia. Escribir es eso; es, a partir de esas pequeñas “mentiras”, construirte a vos mismo. Es la única forma que conozco de vivir amorosamente, sintiendo que estás en tu camino. Ser libre, esa libertad que todo el mundo pregona, es lo más parecido a esto; hacete cargo de vos mismo, y entonces sí vas a poder hacerte cargo del otro en la medida en que no invadís su libertad. Es muy duro; yo digo todo esto no desde el lugar del que llegó a alcanzar esta felicidad, lo digo desde el lugar de la búsqueda. Creo que no lo voy a alcanzar nunca, y está bien que eso sea así. Tiene que ver con esas certezas que no quiero. Si no, cuando llegás a eso, ¿qué?. La utopía también es eso, lo que se persigue, y no lo que se tiene. Mientras tengas dudas, estás vivo. Me niego a renunciar a la aventura. |
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