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La fuerza de lo indecible
A propósito de "La vida es un milagro"
Pulga Pavlovich
Hay tipos que, a esta altura deberían tener prohibido seguir manifestándose artísticamente. Emir Kusturica es uno de esos. Logró hacerlo nuevo, es un hijo de puta, un corsario de la emoción que me dejó una semana entera entre algodones, después de haber visto "La vida es un milagro".
Evidentemente, no será lo mismo si tu abuelo no fue un inmigrante yugoslavo, amerizado en Montevideo por los años veinte – hoy deberíamos decir bosnio, en función de los nuevos límites geopolíticos -; tampoco si no viste sus películas anteriores; menos aún si no sos de los que estúpidamente logran meterse dentro de la película y protagonizarla.
En realidad, sería imposible explicártelo, transmitirlo de modo tal que sientas algo similar. La fuerza de lo indecible está allí, en el medio. Hasta un tipo como Habermas, jugado por entero a la posibilidad de la comunicación y a la comunidad del diálogo, admite esta fuerza, que separa claramente y sin posibilidad de transmisión, las perspectivas de la primera y tercera persona, ante determinados eventos que conmueven al ser humano. En otras palabras, esto quiere decir que ante las grandes instancias – Habermas lo dice frente al hecho de haber vivido los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, pero creo que un momento cumbre del amor bien podría ser utilizado en el mismo sentido – nadie puede ponerse en nuestro lugar, y por más que relatemos nuestra experiencia, no podremos lograr que el otro sienta lo mismo.
Quizás estas líneas de Pequeña Orquesta Reincidentes ayuden a comprender la idea:
"Cómo le explico ahora a mi cuerpo
que te abrazó sin preguntar,
cómo se habla de una risa o de un olor"
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La cuestión es que "La vida es un milagro" es un desparramo de belleza, en el medio de una guerra insostenible e inentendible (si hay alguna que zafe de esos adjetivos, me avisan); del dolor del desarraigo (los hijos se van a la guerra, che); de la mediocridad de la costumbre rutinaria (si el matrimonio no funciona, no funciona); de aquellas costumbres necesarias (el tren debe seguir andando).
Y allí inserto está lo pasional del fútbol; los excesos de una forma de vida balcánica que no llegamos a entender; una burra que se detiene en las vías del tren, buscando un suicidio por la tristeza del desamor; un amor a pesar de la edad, de la cultura, la religión y la guerra.
En la periferia de todo eso, me paro como sujeto sensitivo. Kusturica me devuelve a una tierra en la que no estuve, me muestra raíces que siento y nunca vi. Contamina la belleza del paisaje con lo grotesco del bacanal, la belleza musical con el festejo a los tiros, la belleza femenina con zoológicos caseros. Pero a veces, sólo a veces, la belleza duele. Duele en las vidas posibles, que vas dejando al lado. Duele cuando hay rincones a los que no llegas, cuando hay años inalcanzables, cuando la vida sólo regala tiempos presentes. Duele, pero se disfruta. Entre algodones, claro, y no por masoquismo. Se disfruta haciendo esa guiñada, relojeando esa mirada cómplice, aun sabiendo aquel dolor. |
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