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Me tiro a la Vertiente

Opinión
Pulga Pavlovich

Cuando se me pasó por la cabeza escribir esto, mi reacción instantánea fue “¿a quién carajo le va a importar?”. Mi justificación no es muy elaborada, pero creo que es bastante real: ¿a quién carajo le importa el resto de lo que escribo?
Así que, aún a riesgo de caer en lo autoreferencial y hasta exclusivamente personal, me gustaría contar mi experiencia relativa al domingo 12 de noviembre de 2006.

Sí, me estoy refiriendo a las elecciones internas del Frente Amplio, el partido de gobierno. De cara a dicho acto eleccionario, me encontré inmerso en una laguna – ya que no era algo tan bravo como un mar – de contradicciones.

Veamos, por un lado debo confesar que disfruto del acto de votar. Me gusta esa sensación de elegir algo, de tener cierta incidencia en el resultado de un proceso X. Aclaro que, en ese sentido – y tal vez sólo en ese – la dictadura no me frustró ninguna elección y mi primer voto fue un par de días antes de cumplir los diecinueve años. Por otro, soy de los que piensa que en una elección interna deben participar aquellos que son o se sienten parte de aquello cuyas autoridades van a elegir. Ergo, no me siento parte del Frente, por más que sea el partido a donde fue a parar mi voto en todas las elecciones de las que participé.

Pero hay otro detalle que me inclinaba a formar parte del asunto. Sabido es que, de haberse logrado una baja concurrencia de votantes, tendríamos el lunes todos los micrófonos y las cámaras a disposición de aquellos representantes blancos y colorados – siempre tan dispuestos, ellos y los medios – afirmándole al mundo que ello era una clara muestra de la falta de apoyo que tiene este gobierno.   Es claro que un voto no hace la diferencia, pero sí lo hace la culpa. En tanto, me convencí que no iba a mirar el show informativo de lunes pensando en mis culpas y mis responsabilidades, así que a votar se ha dicho.

Cuestiones que no cabe mencionar aquí hacen que el domingo sea un día particularmente ocupado para quien escribe. Cuando vi la cola que había en el comité para votar, en los diferentes momentos en los que pasé por allí,  ya no estaba tan convencido, pues se podía suponer que ya había una buena cantidad de gente que cerraría bocas tradicionales y rosadas.

Pero apareció el Pepe. La verdad, me enterneció y me convenció. Tenía que ir, por lo menos a marcar que uno se moviliza por algo, por poquito que ese algo sea. Su estilo conciliador, su forma de llegarle al viejerío, el pobrerío y a los púberes, utilizando un lenguaje directo pero también refiriendo a Aristóteles (1), me seduce y me convence. Así que agarramos el mate y nos fuimos con mi hermano a votar. ¿Y ahora?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aparecía allí el pequeño detalle: ¿qué lista votar? Por razones que denominaría coherentes con lo que va del relato, mi voto debía ser el voto del buen equilibrista.

El MPP quedaba afuera, por más que haya sido el Pepe quien me dio el empujón final. Ya tienen la suficiente cantidad de votos y uno no conoce determinadas caras de allá abajo (y a veces las conoce y es peor), así que dejémoslos salir primeros sin mi voto.

A los lata (la 90) nunca los pude votar. Siempre sentí que su discurso resultada ambiguo, a mitad de camino entre la vieja izquierda y la nueva, entre Gargano y el Lalo Fernández. Así que, tampoco.

La 738, ese conglomerado de blancos que ganaron protagonismo recién en el Frente (La ex 78), de blancos populares que han estado correteando dentro del Frente (La Corriente Popular, ex Corriente Popular Nacionalista), de comunistas arrepentidos (CONFA) y de cristianos que han ido y venido (PDC), no es para mí.

Después estaba el Nuevo Espacio, pero el Rafa después de lo de Zona Urbana, quedó con varios puntos menos en mi tarjeta de jurado boxístico. 

Reconozco en el Ministro de Economía un tipo muy inteligente, carismático y que sabe de lo suyo. Pero me resulta muy arrogante, y ese tipo de cosas muchas veces no lo ha dejado negociar.

Por más nostalgia que me dé, no puedo votar a la 1001. Que me disculpen las maestras y también los súper héroes que quieren trasladar menores fugados del INAU en una camioneta, pero no puedo...

Y, disculpen que deje determinadas radicalidades de lado, pero sólo me quedaba la Vertiente. Sí, ya sé que son los pitucos de izquierda, los intelectuales progresistas de la rambla, el tambor en Punta Carretas. Pero Rubio es un tipo que merece más que mi respeto, que sabe plantarse bien frente a sus rivales. Sí, ya sé que está Rada y la Abuela Coca, también Jorge Schelemberg, Ingold & Fattoruso... Pero está Mariano, cuya primer Intendencia fue muy buena. Y además, pueden hacer contrapeso en una izquierda que, en determinados temas, no tiene definiciones claras ni parece saber hacia dónde arrancar.
Así que, con las disculpas del caso, ¡me tiro a la Vertiente!

 

1. Recuerdo unas palabras en donde defendía el saber técnico, como el saber que un país productivo necesita. En ese mismo discurso, rescató el saber y la enseñanza filosófica, pues “también tenemos que aprender a pensar” .

   

 

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