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Flores Rotas
o La del pirata cojo
Pulga Pavlovich
Los seres humanos estamos sujetos permanentemente a tener que elegir entre varios caminos. Tal vez se nos tolere decir que la mayor parte de dichas elecciones resulta trivial, o por lo menos carente de grandes consecuencias. Permítaseme poner el ejemplo sobre el postre a elegir: sentados en la mesa de trabajo del bar Las Flores y después de haber ingerido muzzarela y fainá, viene la importante disyuntiva, ¿Chajá o Massini? A no ser que tengamos severas alergias hacia uno de ellos o nuestro aparato digestivo sea susceptible en extremo, no creo que dicha elección configure un movimiento fundamental en nuestras vidas.
Pero a veces sucede lo contrario, y eso incluye elecciones que tal vez también nos resulten menores.
De movida, haber elegido 5º Humanístico, Científico o Biológico – alrededor de los dieciséis o diecisiete años, si el proceso escolar se lleva adelante sin retrasos – no sólo nos limita un grupo de conocimientos y nos profundiza otros, también deja de lado que conozcamos o sigamos conociendo algunos seres humanos, para presentarnos otros. ¿Estas elecciones son capaces de cambiarnos la vida? Y, por dicho cambio de vida, ¿podemos entender que llegamos a ser personas distintas?
¿Hacer delimita el ser?
”Si alguna vez vuelvo a tener ojos, miraré verdaderamente a los ojos de los demás, como si estuviera viéndoles el alma, El alma, preguntó el viejo de la venda negra, O el espíritu, el nombre es igual, fue entonces cuando, sorprendentemente, si tenemos en cuenta que se trata de una persona que no ha hecho estudios avanzados, la chica de las gafas oscuras dijo, Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, eso es lo que somos”(1)
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Esa puede ser una pregunta interesante, con distintas vertientes ¿Hasta dónde llega lo que somos? ¿El ser dentista, albañil o docente configura nuestro ser? Y, en ese caso, cuando elegimos una profesión o actividad, ¿le estamos dando un baño de diferencia a nuestro ser? ¿O es simplemente un barniz, pero la estructura es la misma? Cualquier respuesta que demos a estas preguntas, abre nuevas interrogantes: ¿Qué pasa con las acciones o situaciones que vamos dejando de lado? Parece tonto ponerse a pensar en universos paralelos, que comienzan a funcionar a partir de cada opción que tomamos. Pero, más allá de la tontería, cabe pensar que esos son mundos posibles, aunque los hayamos dejado de lado.
Podríamos recurrir a Leibniz y también a Spinoza para manejar los conceptos de necesidad, libertad y posibilidad, siempre con Dios en el medio. O también recurrir a Kant para referir al ser, en esa maravillosa síntesis que el filósofo de Königsberg hace respecto al conocimiento humano. (2)
Por favor, tomen lo que sigue sólo como un paréntesis y disculpen lo grueso de la explicación. La pregunta de aquel momento – que no estaría mal formulársela en estos días, al menos de cuando en cuando – refería a cuál era el origen del conocimiento. Es decir, ¿conocemos las “cosas” a través de la experiencia o el conocimiento esas “cosas” está incorporado ya al ser humano? Pues bien, creo que Kant diría algo así como: “ni lo uno ni lo otro”. El conocimiento proviene sí de la experiencia, pero hay un conjunto de apriorismos, es decir de elementos previos a la experiencias, que Kant denomina categorías, sin las cuales nos es imposible conocer. Realizando un salto tramposo, desde lo epistémico a lo ontológico – léase: del conocer al ser – podríamos decir que nuestro ser está formulado por nuestras decisiones y acciones, pero que hay determinados elementos previos que determinan, o por lo menos condicionan, nuestras elecciones y acciones.
Cerrado al paréntesis, digamos que en lugar de recurrir a esos importantes señores, aplicaremos Sabina y “Flores Rotas” a las preguntas que nos hemos formulado previamente.
“Si la vida se deja, yo le meto mano...”(3)
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Imaginemos que, por capricho o necesidad, un hombre se dedica a recorrer o visitar ciertas damas de su pasado. En cada escala es más que posible que la imaginación de este individuo juegue su rol, y se pregunte cómo hubiera sido su vida si Rosie hubiese dicho que sí, cuáles serían sus actuales peripecias si hubiese permanecido junto a Kathie, cuanto menos nihilista podría haber llegado a ser si Rita hubiese actuado un poco mejor que una viuda negra o cuánto más aliviado hubiese dormido algunas noches en caso de no actuar como actuó con Caroline.(4)
Todo eso es lo que llamamos razonamiento contrafáctico. Este tipo de razonamiento solamente podrá ser teórico e hipotético, pero jamás confirmado por la experiencia. En el barrio se lo solía menoscabar con la frase “si mi abuela tuviera ruedas sería un carrito, pero no tiene”. Creo que, aún a pesar de esas burlas, podemos pensar que tal vez no todos los razonamientos de este tipo resulten útiles, pero que los de nuestro personaje puedan llegar a tener ciertos visos de utilidad.(5)
“Morfinómano en China, desertor en la guerra, boxeador en Detroit,
cazador en la India, marinero en Marsella, fotógrafo en Play-Boy...”(6)
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¿A qué me refiero con ese tipo de utilidad? Bien, creo que a veces el esfuerzo de ponerse a pensar en lo que pudo haber sido nos puede dar un empujoncito hacia lo que queremos ser, si es que uno se encuentra en cierto estado de insatisfacción. Lo que en “Flores rotas” puede resultar gracioso, cuando Bill Murray cree ver a su hijo en cualquier muchacho hacia el final de la película, denota esas ganas, tan intensas como minimalistas e interiores de conocer a su hijo si es que existe, de tener un hijo si en lo que llamamos realidad no lo hay.
Claro, algunos podrán decir que es demasiado tarde. Otros, que a veces es preferible nunca que tarde, sobretodo si hablamos de andar chocando paredes por ahí. Yo diría que siempre está bueno darse cuenta de lo que uno quiere, por más que sea algo tarde. Y que si esa concientización hace que lo intentemos ya es algo; seguro que es mucho mejor que quedarse tirado mirando la tele en el sillón.
“Con un poco de imaginación partiré de viaje enseguida
a vivir otras vidas, a probarme otros nombres,
a colarme en el traje y la piel de todos los tipos que nunca seré...”(7)
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Tal vez poco importe si cambiamos nuestros ser, si solamente cambia el barniz o si el ser permanece inmutable. Ahí ya nos meteríamos en el viejo debate entre Heráclito y Parménides, motivo de una linda charla pero no precisamente ésta. Es que, para qué negarlo, hay tipos – entre los que me encuentro – que quieren vivir todas las vidas. Que quieren ser Romeo, Otelo y el Rey Lear en la misma obra de teatro. Que quieren a todas las mujeres o a una que tenga aunque sea algo de todas ellas, para qué ejemplificar con adjetivos que seguramente resulten chocantes a alguna lectora (¿las hay?). Siendo así es difícil conformarse... y ese ejercicio de imaginación en una de esas nos puede dar una buena mano. O no.
Yo también quiero ser Sabina
Guarda de ómnibus nocturno, lateral derecho en Bella Vista, locutor de alguna radio en serio, profesor universitario, integrante de alguna vieja banda de rocanrol (nada de ahora), mucama en un hotel de alta rotatividad, tanguero en los 20, ¿por qué no pianista de cabarute?, poeta a comienzos de siglo, Humphrey Bogart en cualquier película, cajero de un banco, mayordomo de Batman. Eso sí, si me dan a elegir entre todas las vidas sería detective en Londres, París o Madrid.
1. Saramago, José, “Ensayo sobre la ceguera”, Alfaguara, Madrid, 1999
2. Este desarrollo Kant lo lleva adelante en la “Crítica de la razón pura”, que es intrincada y difícil, pero necesariamente una de las mayores obras de la historia de la filosofía
3. Sabina, Joaquín, La del pirata cojo en “Física y Química”
4. Nombres totalmente ficticios, ni siquiera pertenecen a la película “Flores Rotas” de Jim Jarmusch
5. No sé si será para este número muchachada, pero prometo escribir sobre la utilidad, concepto actual y controvertido
6. Sabina, op.cit
7. Ibíd.
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