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Bla, bla, blaaaaa; bla, blaaa...

Llovió sobre mojado

Pulga Pavlovich

Joaquín Sabina en el Parque Central, 06/12/06 (iba a ser en el Velódromo, iba a ser el 05/12, iba a ser un buen espectáculo)

Antes de arrancar siquiera, me gustaría aclarar que esta es una queja completamente subjetiva (¿habrá alguna que no lo es?) y dolida por una sensación que creo no haber tenido antes: sentir que el dinero invertido en un recital fue plata tirada; es decir, me siento timado, estafado y defraudado.
Segunda confesión: era mi primera vez con Sabina. Poseedor de casi todos sus discos, cada vez que el ex-flaco cantante anduvo por estas tierras, siempre quedé afuera. A veces por ser demasiado caro, otras por tener determinadas responsabilidades en ese mismo momento y habrá alguna otra por mi acostumbrada desidia, supongo... Así que el nivel de expectativas era alto, demasiado alto tal vez, lo que también debe conspirar a la hora de las evaluaciones.
Pasemos, ahora sí, a realizar nuestra descarga. Primer asunto: el cambio de lugar. No estoy de acuerdo con las mudanzas del sitio en donde se lleva a cabo un espectáculo. Uno compra una entrada con determinado panorama. En este caso, la entrada  abonada era de $360 (con los diez mangos que se lleva UTS ya incluidos allí) y correspondía al campo del Velódromo. Este lugar lo conozco bien, he ido a no menos de seis o siete recitales allí. Ya se que no puedo ir a la tribuna, que es como a dos cuadras del escenario y que en el campo puedo revolverme con mi metro y medio para ver aunque sea algo. Pero no. La mudanza fue hacia el Parque Central, lugar al que no había entrado siquiera a un partido de fútbol. Y ver que la gente que había pagado menos que yo estaba cómodamente sentada y encima tenía posibilidades de verlo, fue la primer calentura.
Usted dirá: ¿a qué se refiere este hombre con “tener posibilidades de verlo”? Pues nada más literal que eso, señora. Ya no era un problema de mi metro y medio, sino que gente que iba conmigo, cercana al metro ochenta, tampoco veía nada. Un escenario grande pero bajo, nosotros de la mitad de la cancha hacia atrás y sin pantallas. A mi me dijeron que Sabina estaba en el escenario, yo no lo vi. El propio gordo galaico dijo que el accidente imposibilitó tener “algunas mariconadas, como pantallas y esas cosas”. ¿Sabés qué, Sabina? Yo soy flor de maricón, entonces. Si pretender ver el espectáculo es de maricón, anótenme en la primera fila.  ¿Por qué se uso el fondo para proyectar imágenes y no como pantalla gigante?
Segunda calentura y no es menor comparada con la anterior: el sonido, por lo menos al comienzo, fue lamentable. Al pobre Darakjian – telonero que no fue anunciado por nadie – no le escuché nada. Claro, encima el tipo no tuvo mejor idea que decir: “¿no se escucha? Si hacen silencio capaz que se escucha un poco más”. Caaaaarloooos... ¿te la vas a agarrar con la gente cuando no se escuchaba nada en serio? Si esa es tu forma de ganarte a la gente, vas a seguir tocando para siete personas...
Pero cuando arrancó Sabina tampoco se escuchaba, así que encima de ciego, estaba sordo en un espectáculo que es tildado de musical. Debo confesar que eso fue mejorando, pero en ningún momento nuestros oídos fueron inundados por la música.
Tercera estafa. Yo era conciente de que iba a tener que fumarme a la gente en mis orejas chillando Peor para el sol, El bulevar de los sueños rotos, Y sin embargo, etc... también que la gente aplaude cualquier guasada y cuando se sienten nombrados y atendidos por quien esté en el escenario se orinan. Eso lo tenía claro. Pero el recital lo vendieron como la presentación de “Alivio de luto”, su último disco, del cual cantó solamente dos canciones. Además de eso, su disco anterior pasó completamente desapercibido, concentrándose en los grandes éxitos. Uno entiende que eso no puede faltar, ¿pero todo el recital así?  
Además, al haber tres canciones no cantadas por él, sumado al recurrente recurso de dejarle estribillos a la gente, dio la sensación de que muchas  ganas de cantar no había.
Encima, la liviandad con la que fue tratado el público fue alarmante y merecida. Alarmante por lo reiterativa, edulcorada y salamera (si es que la abuela permite el adjetivo). Que no hay un lugar mejor para pasar esa noche que Montevideo, que cómo gasto papeles recordando Montevideo (¿los de Silvio o a los que te dedicabas hasta hace un tiempo, Joaquín?), que si me permiten voy a leer unas líneas que le escribí a esta ciudad, que yo sabía que iba a tener un motivo para quitarme el sombrero en Montevideo... Paráaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!! Y merecida, porque la gente festejó todo eso y pedía más, todo le servía para regodearse, para sentirse parte en el más posmoderno de los sentidos, para gritar y creer que los escuchan. Tiene razón Darwin Desbocatti cuando dice que pasamos de ser unos viejos aburridos que esperan el fin de semana para rascarse la panza y decir “este cuerpito...”, para ser unas viejas gordas, bulímicas y consumistas, que esperan cualquier motivo para gritar, festejar y comprar.
Y la noche no podía tener mejor cierre, como para que el hilo conductor no se perdiera. El primer bis fue “Llueve sobre mojado”, seguramente la canción más patética cantada por Sabina, integrante del descartable disco “Enemigos íntimos”, producto de su fallida relación con Fito Páez. Y redondeando el fogón de la noche, la misma combinación de Noche de boda e Y nos dieron las diez que está en su disco en vivo, sin mucho esfuerzo, para que cantemos todos juntos.
Voy a hacer de cuenta que perdí un buzo, que perdí un disco caro o que me robaron por la calle los $360, porque quiero ponerme a pensar en alguna otra cosa.

   

 

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