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¡¡¡Necesitamos la Psicohistoria!!!
O un relato acerca de las disfunciones intestinales de la más relevante característica humana: el trabajo.
Pulga Pavlovich
- ¿Y no hay nada que hacer? Puedo ver cómo se derrumba el Imperio pero carezco de pruebas. Todas mis conclusiones son subjetivas y me resulta imposible demostrar que no estoy equivocado. Porque el aspecto es descorazonador al máximo, le gente prefiere no creer en mi conclusión subjetiva, y no hará nada para evitar la caída o siquiera para conseguir que resulte menos dura. Tú podrías demostrar la próxima caída, o si quieres, refutarla.
- Eso es, exactamente, lo que no puedo hacer. Me es imposible encontrar una prueba donde no la hay. No puedo hacer práctico un sistema matemático, cuando no lo es...
- Bien, entonces, también tú formas parte de la decadencia. Estás dispuesto a aceptar el fracaso – observó Hummin.
- ¿Qué otra opción tengo?
- ¿No siquiera puedes intentarlo? Por inútil que te parezca el esfuerzo, ¿tienes algo mejor que hacer con tu vida? ¿Persigues, quizá, una meta más digna? ¿Tienes un motivo hacia un extremo máximo que te justifique a tus propios ojos? (p.72-73)
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No les voy a contar la historia de las Fundaciones ni siquiera esquemáticamente. Sólo les diré que Hari Seldon era un matemático que un buen día descubrió un sistema teórico que, aplicado a grandes masas de seres humanos, podría predecir su comportamiento. A su vez, hubo alguien que se dio cuenta que era la única salida para al menos amortiguar la caída que significaba el derrumbe del Imperio Galáctico.
Aunque no se trate en este caso de establecer como se presentarán los siete jinetes del Apocalipsis o de qué forma nos estamos aproximando al Armaggedon, tal vez se puedan descubrir paralelismos entre esas historias y la que quiero presentar en este momento.
Si bien no pertenecemos al Imperio Galáctico descripto por Isaac Asimov en su saga de Las Fundaciones, estamos insertos en una estructura que hemos denominado República Oriental del Uruguay. Casi como una digresión, ya podemos ver problemas en este ítem. Tanto Brasil – o al menos una parte de éste – como Sudán – ya que nuestro nombre no es La República Oriental Más Cercana al Uruguay – podrían reclamar el mismo nombre. Claro está, es más que probable que nadie reclame un nombre con tan poca capacidad creativa, de talante similar a si México asumiera para sí la denominación de “Somos los del Sur del Río Bravo” o Portugal abandonara tan bonito nombre, sustituyéndolo por “Aquí estamos Aquellos que si caminan hacia Occidente, se Ahogarán”. En fin, tal vez hasta en nuestro nombre y apellido como país se encuentre la impronta uruguaya, la cual sí posee características similares a las del Imperio Galáctico descripto por Asimov en su “Preludio a la Fundación”: los que vivimos al oriente del Uruguay, estamos en decadencia.
- Hummin insiste en la decadencia del Imperio, en que éste se derrumbará, que la psicohistoria es su única esperanza de salvación, o de mejora, y que, la Humanidad, sin ella, será destruida o, por lo menos, sufrirá una prolongada aflicción. Parece que me carga a mí la responsabilidad de evitarlo. Ahora bien, el Imperio me sobrevivirá, desde luego, pero si quiero seguir con mi vida tranquilo, debo desprenderme de esta responsabilidad. Tengo que convencerme, y convencer a Hummin, que la psicohistoria no es la salida práctica; que, pese a la teoría, no puede desarrollarse. Así que debo seguir todas las pistas que pueda y demostrar que cada una de ellas tiene algún fallo. (p.203)
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Antes de que me salten con observaciones del tipo: “hace un par de siglos que estamos en decadencia” o “eso no sólo la pasa al Uruguay”, tendré que realizar un par de observaciones. Por un lado, me refiero a una decadencia que no necesariamente tiene que ver con lo político partidario o con lo económico – en unas líneas verán por qué – y, por otra parte, me limito a instalar este asunto en nuestro país por mi ignorancia respecto a si está sucediendo lo mismo en los demás lugares del planeta. A continuación, una serie de episodios que nada tiene de fantástico o invención, sino que han sido padecidos por mi persona en el plano que normalmente llamamos real, en un lapso decididamente corto:
- Vivo en un departamento del BHU. Ellos decidieron descontarle la cuota a mi madre – garante en la operación – en lugar de esperar por mi pago mensual, puesto que es jubilada y así se asegurarían el dinero. Como no recordaron que los descuentos tienen un tope, me veo obligado todos los meses a pagarle a mi madre lo que le descuentan e ir con el recibo el BHU a pagar la diferencia, operativa en la cual debo perder alrededor de una hora, ya que no es solamente ir a la cola y pagar. Pero soy feliz pues tengo un buen rato para ver cómo se sacrifican los funcionarios bancarios del Estado.
- Decido que es necesario hacer otro juego de llaves. Son cuatro total: una corresponde a la puerta del edificio y tres a la del apartamento. La única que funcionó de entrada fue la de la puerta del edificio, contabilizando cinco las veces que tuve que ir luego de ello a la Cerrajería para que todas las llaves abrieran y cerrarán la puerta de mi apartamento. Por suerte disfrutaba de la amable conversación de la señora del lugar, así que no tenía de qué quejarme.
- Mi abuela tuvo un quebranto de salud cerca del final del año. La emergencia móvil decidió hospitalizarla, por lo cual estuvo unas cinco horas esperando para ingresar a los cubículos de emergencia del CASMU, permaneciendo luego unas doce horas allí. Luego de eso, un médico (¿hay que seguir llamándolos Doctores? ¿Así, con mayúscula?) dictaminó que estaba deshidratada. Claro, nadie le dio suero en todo ese tiempo... (esta historia continúa)
- Como no tengo lavarropas y tampoco un lugar decente para que la ropa se seque, me he visto en la necesidad de ir a algún Lavadero. Pues bien, pregunto por el sistema, esto es: “¿si traigo ropa a la mañana, para cuando está?”, “para la tarde”, fue la amable respuesta. Antes de la diez de la mañana entrego el objeto en cuestión, inquiriendo nuevamente, ya que necesitaba cierta exactitud, a qué hora estaría pronto. “A las 18:00 sin dudas”. A las 18:15 me apersoné a retirar lo que debía estar listo. Pero no. “Recién se está secando... lo que pasa es que trajiste muchas remeras. Igual, estamos hasta las 19:00”. Pero yo no estaba hasta las 19:00, así que me fui contento, ya que había logrado acrecentar mi conocimiento: las remeras dan más dificultades en el lavado y secado.
- Finalmente, mi abuela estuvo internada bastante tiempo. Al tener problemas para orinar, le fue puesta una sonda, que en un momento la Doctora (¿con mayúscula era, no?) decidió que había que quitar. Al pasar tres días de esa orden, mi madre decidió preguntar por qué no la habían quitado. En el informe, planilla o como deba llamársele figuraba que se la habían quitado hacía un día y medio. Satisfechos quedamos pues, ya que asumimos que las apariencias engañan y que el caño y bolsa que colgaban desde el añoso cuerpo de mi abuela eran una mera apariencia.
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- Tú, por ejemplo..., ¿qué piensas de la psicohistoria? Que es interesante en teoría pero inútil en la práctica. ¿Estoy en lo cierto?
- Sí y no – Seldon parecía algo molesto – Es inútil desde cualquier punto de vista práctico, pero no lo creo así porque mi sentido aventurero haya decaído, te lo aseguro. En realidad, es inútil.
- Esa es, por lo menos, tu impresión – observó Hummin con cierto sarcasmo – dada la atmósfera de decadencia que el Imperio entero vive. (p.70)
Podría seguir ilustrándoles con episodios que tienen que ver con la salud de mi abuela, pero no ando con ganas de aburrirles tanto. Si últimamente han tenido algún familiar o conocido internado, estarán en conocimiento de la descoordinación que existe entre quienes atienden a los pacientes.
Realmente, no conozco las causas que han originado el suceso de este tipo de cosas. Sí me da la sensación de que hemos |
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perdido el valor del trabajo, en el papel que el propio Marx le asignaba a éste, como actividad fundamental y específica del ser humano. Hasta aquellos que supuestamente desarrollan actividades vinculadas a su profesión huyen del trabajo como de la peste. La norma parece ser ya no la “ley del mínimo esfuerzo”, sino algo así como “no me importa casi nada más que la hora de salida”. El asunto es que está sucediendo también en aquellos rubros cuya herramienta y objeto es el propio ser humano. Es decir, las consecuencias de que esto suceda en el caso de un profesor, un médico o un director técnico de baby fútbol que en el caso de un plomero o un meteorólogo (aunque, guambia, recordemos aquel temporal de agosto de 2005). Podemos echarle la culpa a entelequias como la sociedad o el sistema, cosa que nos permite quedar fuera del problema, como si no fuésemos nosotros mismos engranajes que hacen funcionar esos entes abstractos. También podemos afirmar que esto no sucede siempre, que hay excepciones o que mis relatos son casos aislados (yo les invitaría en ese caso, a observar con cierto detenimiento la mayor cantidad de actividades laborales o, si no, manden hacer un mueble a medida). Podemos decir que la gente gana tres mangos y por eso no hace las cosas bien. Podemos decir que la gente no llega a realizar tareas que le sean satisfactorias y, por ende, no pueden sentirse plenos en su trabajo.
No creo que ese tipo de explicaciones nos sirva de algo. En el mejor de los casos, son sumamente parciales para tomarlas como punto de partida. Hay un problema de cabeza, de actitud y voluntad. Si existió un momento donde se necesitó el hombre nuevo, ese momento es el ahora. El de los 60 y 70 fracasó en sus objetivos globales, así que a este hombre nuevo le pedimos bastante menos.
Y si eso no sucede, necesitamos un Hari Seldon. Necesitamos la psicohistoria, algo que, si bien de repente no evita la caída, la pueda hacer más leve.
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