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ANDY WARHOL,  06/08/28 - 22/02/87

Marcos Ibarra

 

´Life imitates art´- Oscar Wilde

El 22 de febrero de 1987 los tablados montevideanos rebosaban de público que encontraban en ese espacio el clima de fiesta, color y movimiento que acababa de ser recuperado del estado de coma en que la dictadura lo había inducido. A 2 años de la nueva democracia, los carnavaleros escrutaban el proceso con énfasis en la necesidad de recuperar todo lo perdido, esto es, el libre ejercicio de la vida. Los rapados que no habían sido skin-heads sino mutilados capilares por las tijeras de la prisión, ya tenían sus cabelleras crecidas.  Pero debajo de cada pelo, cruzando la frontera del cuero cabelludo, la caja craneana resguardaba una masa encefálica desconcertada, o tal era el caso de mi amigo E.M. quien había estado preso en el último tramo de la dictadura y cuya falta junto a otros había sido la de asistir a una reunión no permitida (de la FFEU - Federación de Estudiantes Universitarios). Esa noche del 22 de febrero de conversé brevemente con E.M. en la puerta del club Malvín.¨Es muy raro haber estado preso por asistir a una reunión...por una sigla! o por tener panfletos en la cartera cuyo texto era tímido frente a las pintadas en los muros, los pasacalles, los discursos todos que al salir de la prisión ya estaban instalados... te diré que hasta me fastidia escuchar tanta vehemencia expresada a tan poco del silencio como si tal cosa...los mudos obedientes de hace tan poco se muestran hoy como severos gritones¨, algo similar a esto me dijo E.M. aquella noche en que los murguistas desgañotaban sus gargantas a favor de los cambios y por justicia. Más al Norte pero en ese mismo 22 de febrero de 1987 Andy Warhol fallecía víctima de su alergia a la penicilina luego de una intervención quirúrgica e ignorante de estas cuestiones montevideanas. Integrado al jet-set estadounidense, en sus últimos años concurría a fastuosas fiestas en las que los menesteres dolorosos de las prepotencias nunca eran tema de conversación. Y en realidad Andy Warhol jamás intervino en estas cuestiones, así que verlo integrado al jet-set corresponde a una mirada que entiende de esos compartimientos estancos, pero no necesariamente la de él. Por otro lado, generalmente quienes han preconizado el fin de las ideologías, han inaugurado un circuito ideológico muchas veces hasta más hegemónico que los que presuntamente contrapuestos y Warhol no es excepción a esta regla.

 

   

Pero acaso el tema no es ese de las ideologías y sus maneras sino otro más difícil de establecer en un texto breve. Esto es lo que interpreto de lo expresado por mi amigo E.M. acá en Montevideo (y nótese que hemos estado hablando de Montevideo, porque el interior es otro mundo y requeriría otro enfoque), el triunfo de la lucha contra la dictadura acababa por llevarse parte de la esencia de esa lucha. Mi amigo daba testimonio de unos nuevos sentimientos que no eran fruto de la lucha sino antifruto, el despropósito sentido en carne propia y puesto en evidencia al triunfar su propósito. El absurdo inherente al ser ideológico fue liberado en el ejercicio de su propia acción; la confusión con sabor a dolor que agobiaba a mi amigo, era hija de la lucha triunfante contra la dictadura y ahora se sumaba al otro dolor inflingido por la dictadura y que todos conocían. Y por conocer todos aquel dolor, ignoraban éste. Sin decir nada, Andy Warhol decía muchas de estas cosas. Con su técnica de imprentero gráfico entra en la arena del arte mundial; casi como si la “clase en sí”de la técnica se propusiera como “clase para sí” cuando la privilegia aplicándola a temas tan cotidianos que quedaba todo en manos de la técnica, el color, el trazo. El Mao de Andy Warhol no era maoísta. Era la mirada no clasificadora hacia una foto que estaba funcionando como discurso ideológico y que como resultado de esa mirada devolvía una foto de una persona que se conocía como Mao. En mi opinión, la revolución de Warhol está en eso: un cambio en la mirada hacia los contenidos que ya existen. La vivencia de mi amigo E.M. tenía contención  en la obra de Andy Warhol. Los rostros demudados de Munch o la prolija disposición de líneas para recrear a la clase obrera de Fernand Leger no hacían eco al grito de la experiencia no recogida que había sufrido mi amigo; la experiencia del absurdo intrincado en cuestiones ideológicas. En cambio el dios de las cosas pequeñas atrapado en la obra de Warhol convoca a un lector diferente. Leerlo con el abecedario de las ideologías “clásicas” (o las que se ejercen en Montevideo), dará como resultado el enojo.

El 22 de febrero de 1987 en Montevideo los murguistas parecen tener poco para decir a las masas murgueriles que los acompañan en cada carnaval esperando disfrutar de la ironía y la crítica mordaz que ha dado carácter al carnaval expresado en conjuntos de diverso estilo. Ojalá esos artistas hagan lo que entienden que deben hacer y no traten esquemáticamente de complacer a un público que escasamente podrá disfrutar de los cambios que reclama a menos que cambie su mirada, porque y como dice Oscar Wilde “la vida imita al arte”.

   

 

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