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Editorial
Todos queremos ser parte

Pulga Pavlovich

 

 

 


La cita escrita aquí debajo pertenece al libro “1984” de George Orwell. Es en ese libro donde aparece la expresión “Gran Hermano” (o Big Brother, como más os guste). 45 RPM se para frente al fenómeno “Gran Hermano”, y pretende sacar partida de ello.  

“Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adonde quiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.”
 

 

Cada vez que arranca una edición de Gran Hermano (que resucita en este caso, después de algunos años…), nos viene a la cabeza Orwell con “1984”, y acaso también el filósofo utilitarista Jeremy Bentham, a quien solemos tomar como creador del panóptico, ese dispositivo tan criticado por Foucault, que permite vigilar toda una institución desde un solo lugar sin ser visto, a punto tal que esa mirada termina siendo interiorizada por quienes son vigilados y ejercen sobre sí esa mirada reguladora del poder (cárceles, hospitales y hasta instituciones educativas tienen lugares estratégicos que son claros ejemplos de este dispositivo).
 

 

Ahora bien, lo que nos ofrece la televisión abierta a casi toda hora en casi todos los canales (puesto que hasta los programas de chimentos se nutren de GH), ¿es esta misma situación? Por un lado, es cierto que este ejercicio de encierro que conlleva una pérdida total de la intimidad nos da esa posibilidad de estar vigilando casi permanentemente a los “chicos de Rial”, sin que ellos tengan siquiera un atisbo de nuestra intimidad e identidad. Pero, por otro, ni los habitantes de las “prisiones ideales” de Bentham, ni Winston Smith (protagonista de “1984”) están donde quieren estar ni aceptan sumisamente tanta vigilancia.
 

 

 

Por favor, pido disculpas y solicito abran ustedes aquí un gran paréntesis imaginario. De la frase anterior podría interpretarse que los “hermanitos” ingresaron de forma completamente libre y, por ende, están exactamente donde quieren estar. No es el lugar para hacer una disquisición acerca de la libertad – tal vez eso quede para otra columna – pero sí podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿tenemos la posibilidad de no querer sentirnos expuestos en los tiempos que corren? Fijémonos cuántos programas de radio están basados en “la opinión de los oyentes”, en cuántos programas de televisión existe el “voto popular”, por qué existe al menos un programa en el cual los mensajes de texto que envía el público son los protagonistas principales. O tal vez simplemente pongamos atención a las conversaciones, y en cuántas de ellas realmente existe una escucha que propicia el diálogo, o se trata nada más que de conjunciones de monólogos con pausas en el medio. ¿Por qué nosotros, los siete del patíbulo y demás escribas arrejuntados en estos papeles digitales, tenemos la necesidad de mostrar estas palabras y no nos conformamos con leer la Rolling Stone, la Inrockuptibles, La Mano o la local Calle Pop? Todos queremos ser protagonistas. Queremos que nos miren, nos escuchen o nos lean. Juan tiene razón cuando dice que todos queremos ser parte del show. Y, disculpen la opinión, la corriente nos arrastra con fuerza, hasta cuando queremos desmarcarnos de la corriente. Así las cosas, creo que obviamente los “hermanitos” no son los presos de Bentham, pero tampoco parecen mostrar un gran dejo de autodeterminación.
 

 

 

 

 

 

 


En tren de defender lo indefendible y de ponerme en abogado del Diablo, me pregunto: ¿qué es lo que hace que pongamos miradas de desprecio hacia aquellos que admiten ver Gran Hermano? O mejor aun: ¿qué es lo que produce en gran parte de la opinión pública la sensación de ser superiores a los participantes de ese juego/show/programa?
Antes de esas respuestas, la confesión. Soy de los que mira Gran Hermano, así como soy de los que comen fainá del centro, de los que cortan el vino con Sprite y de los que prefieren el whiscola al whisky puro. Vale aquí una pequeña aclaración, casi a modo de apertura de paraguas: cuando uno no tiene TV cable, las opciones son muuuuy reducidas…
Cuando pretendo analizar el por qué de mis ojos frente a la televisión en ese momento, me encuentro más con el morbo que con el disfrute intelectual, más con mi curiosidad que con mi costado sensible. Este tipo de programas suelen mostrarnos de forma ampliada las miserias humanas del momento. La proyección de estas miserias tiene que ver con el encierro y la falta de actividad, y también con la multiplicación de sensaciones que suele ejercer la caja boba. Así, podemos ver amplificada aquellas sensaciones de amistad, traición, engaño y pequeñas pizcas de amor que todos hemos sentido en algún momento de nuestras vidas.

Esta claro, la elección de los “hermanitos” no es resultado de un muestreo social representativo, sino de estrategias de marketing que apuntan al entretenimiento y al rating. Es probable que la mayoría de nosotros no seamos ex presos, candidatos a tapa de Playboy, homosexuales abusados en nuestra infancia o protagonistas de videos porno soft. Pero también hay algún estudiante de medicina, algún pibe que jamás leyó un libro (justo a ese parece interesarle la filosofía) y algún otro que lo mejor que le ha pasado en la vida es ser hincha de un equipo de fútbol.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es cierto, no me pareció ver nada brillante dentro de “la casa que late”. Pero tampoco suelo ver esa brillantez en mis días comunes. La estupidez de los integrantes de la casa no parece ser más que esa pequeña exageración mediática de la estupidez promedio. Y eso suele hacer que nos identifiquemos con actitudes y sentimientos, parciales o totales, de la gente que está allí dentro. Resultaría esperable que no le pidamos a este tipo de programa el ejemplo de vida ni modelos a seguir. Un chorro no se reivindica en la tele y la novia de Sergio Denis no va a ser peor persona por un beso clandestino allí dentro. Si así lo creemos, podemos preguntarnos de qué lado de la pantalla está la estupidez más grande.
   


Industria y entretenimiento al fin, como tales deberíamos tomarlo. Es más, me da la sensación que los “hermanitos” buscan en mayor forma ser futuros “objetos de entretenimiento” que acreedores al gran premio gran. Así que, después de la última Gala de Eliminación (hubiese apostado que salía Juan y ganaba Diego, pero como verán, perdía), sumémonos al Gran Ricardo de 13 a 0 (El espectador, AM 810) o hagamos aquí nuestro propio Gran 45. Podrán leer ustedes a Pablo Martín Cerone, a Jorge “Jefe” Bonelli, a Marquitos Ibarra, al Zorro, a Sara, a Atenor, a Guillermo Baltar, a quien escribe y demás (sustituyan ustedes ese “demás” por quienes hayan escrito y yo no me haya enterado hasta ahora). Y nominen al que los entretenga menos. Por mi parte, nomino a Bonelli porque no me llevo bien con él, y a Atenor por tener forma “desastrosa”. Salú!!!

   

 

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