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El Licenciado negro Jacinto Ventura de Molina
(una vieja historia del siglo XIX)


Alejandro Gortázar

 

     

El Licenciado negro Jacinto Ventura de Molina nació en Río Grande (antigua capital del estado de Rio Grande do Sul, Brasil) en 1766 y murió en Montevideo hacia 1837. Si el dato de su muerte es incierto es porque lo que se sabe de él es todavía muy poco. Sin embargo, desde hace más de diez años hay, en la Biblioteca Nacional, un archivo con más de 120 documentos escritos a mano por el Licenciado, algo así como 750 papeles amarillentos cosidos y encuadernados como antiguos libros de contabilidad.

Quién era el Licenciado negro

Un abogado contemporáneo del Licenciado, Juan María Pérez, contestó a un pedido del Doctor Molina para trabajar como zapatero con el siguiente comentario: “la basta erudición del Doctor Molina, su estilo elevado y superabundante, ha complicado de tal suerte su sencilla petición que no le es fácil a quien subscribe subir a ese prodigioso laberinto…” Este pasaje indica que ya los contemporáneos discriminaban al Licenciado y no entendían su estilo entreverado. Por lo tanto, la dificultad es aún mayor para un lector del siglo XXI.

Sin embargo, los manuscritos del Licenciado, esconden en sus laberintos jugosos pasajes de su vida privada. Jacinto Ventura de Molina era hijo de Ventura de Molina (¿?-1782) y Juana del Sacramento (1752-1777), dos negros liberados por el Brigadier español José Eusebio de Molina (¿1724?-1782). Este español vino a Buenos Aires con la expedición de Don Pedro de Cevallos en 1756, y fue parte importante de los tires y aflojes entre españoles y portugueses por establecer los límites imperiales. Ese es el motivo por el que Jacinto Ventura nació en Rio Grande: José Eusebio de Molina había tomado esa ciudad portuguesa para los españoles en 1763. El Brigadier es una figura paterna para el Licenciado que linda a veces con la figura del amo, aún cuando no fuera su esclavo.

Mientras tomaba un café o un chocolate al final del día, luego de realizar sus tareas, el Brigadier se entretenía tomándole la lección al Licenciado. Así le enseñó las primeras letras, que consistían en el catecismo, la lectura y la escritura. Luego el latín y otras materias literarias. Otras personas, vinculadas al español, lo iniciaron en el dibujo, la poesía, la historia y el derecho. Esta formación informal fue de mucha utilidad, así como también lo fue su participación en las acciones militares de su tutor.

En 1782 tanto Ventura como el español mueren, y el Licenciado a los 16 años, estaba solo y era libre. Es muy poca la información sobre su paradero y sus ocupaciones entre ese año y 1817, fecha de sus primeros escritos. El único dato certero es que para 1817 era “Sargento de milicias”. Con ese cargo militar, y su “título” de “licenciado en reales derechos”, Jacinto Ventura de Molina se presentó ante Federico Lecor, Barón y Vizconde de la Laguna y obtuvo sus favores. El Licenciado negro rechazaba la revolución artiguista, y la invasión de Lecor representaba la restauración del monarquismo. De hecho hasta 1828 el Barón gobernó la Provincia en Montevideo, con un breve lapso en la Villa de Guadalupe (actual Canelones), en representación del rey de Portugal Juan VI. 

Cuando en 1830 se jura la Constitución de la República Oriental del Uruguay, el Licenciado tenía 64 años, seguía siendo monárquico, católico y pobre, en una sociedad igual de racista que la colonial en la que se formó. Pero los tiempos estaban cambiando y el Licenciado comienza a molestar a una parte de la elite letrada montevideana. Algunos le toman el pelo, se burlan de él, lo toman por demente. Un residuo de esa interpretación llegó a oídos de Isidoro de María, que en 1888 publicó en su Montevideo Antiguo un texto sobre el Licenciado negro:

El liberto y fecundo Molina hacía zapatos para ganarse la vida, pero su afición por las letras era tan grande, que la mayor parte del tiempo lo empleaba en escribir en prosa y verso a su modo, figurándose un gran gramático, filósofo, teólogo y con sus ínfulas de poeta, con cuyas producciones formó un grueso volumen, que con su cubierta de pergamino y su encuadernación a la manera de los libros de comercio del tiempos de las pajuelas, tuvimos en nuestras manos, y que es posible ande todavía por ahí entre algunos tiestos viejos, si los ratones o la polilla no han dado cuenta de él
(Tomo I, p. 241)

Parece que ni los ratones, ni la polilla comieron lo suficiente. Para desgracia de Isidoro de María, los manuscritos de Jacinto Ventura de Molina llegaron a la Biblioteca Nacional. Ahora sabemos algo más del Licenciado negro.

A quién le importa

Los documentos fueron escritos en un período de 20 años, entre 1817 y 1837, años de conmoción política en el Río de la Plata: hacia 1817 porteños y portugueses vencen a Artigas y se disputan la Banda Oriental, las fuerzas luso-brasileñas ocupan Montevideo hasta 1828, creando la Provincia Cisplatina, y finalmente, se inventa el Estado-nación cuya primera constitución es de 1830. Es decir, en este período se termina de desmoronar el imperio colonial español en el Río de la Plata y un nuevo sistema político, hijo de la revolución francesa, acaba con la monarquía absoluta. La presencia de Jacinto Ventura en ese complejo período histórico interesa por varios motivos.

El primero es que se trata de un negro libre, casi autodidacta, cuyo nivel educativo fue una rareza en relación al resto de la comunidad montevideana, no sólo entre los afrodescendientes sino en general. Fue educado por el Brigadier español José Eusebio de Molina, quien lo tomó como una especie de experimento que demostraba la “humanidad” de los negros.

El segundo motivo es que, precisamente como resultado de esa formación letrada en las últimas décadas del siglo XVIII en manos de un español, el Licenciado negro fue un católico y monárquico rabioso, que enfrentó a la elite montevideana que se debatía entre la anexión a las Provincias Unidas (Argentina), al Imperio do Brasil, y en franca minoría quienes querían permanecer unidos a la “madre patria” (españolistas). De hecho muchos personajes, hoy héroes de la historia nacional, apoyaron a Artigas, luego se unieron a los porteños, luego a los brasileros y finalmente, contribuyeron a la formación de un Estado independiente. En medio de aquel caos político, el Licenciado permaneció leal a la monarquía (tanto española como portuguesa) y sobre todo, a su fundamento religioso.

Finalmente, el tercer motivo es que los críticos literarios uruguayos nunca le dieron pelota, pese a que algunos de sus escritos fueron divulgados a partir de 1940. Fieles a un racismo “a la uruguaya”, en un pais que esconde sus conflictos bajo la alfombra y creyó durante décadas que era la Suiza de América, estos críticos dijeron “yo no tengo ningún problema con los negros, ahora si mi hija se casa con uno la mato”. Un “principio” parecido a este aplicaron a la literatura uruguaya y por eso, para ellos el tema racial no existe en la literatura o, en todo caso, el negro tocará el tamboril y hará su candombe, pero de literatura nada de nada...

 

 

Ilustración Manuel Besnes e Irigoyen

 

 

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