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Tierra Baldía
EL CLUB DE LOS PERIODISTAS MUERTOS

Guillermo Baltar

 

 

 
       
Nunca  negué a mis maestros. Baudelaire y Rimbaud. Shakespeare y Dante. Milton y Pound. T.S. Eliot y Breton. Pavese y Pesoa. Apollinaire y Maiakovsky. Borges y Artaud. Felisberto y Julio Herrera. Los beatniks, Vian y Cortazar. Así podría seguir interminablemente y agregar a Rodó y a Onetti,  Retamar y Lezama. A Vallejo y Lorca,  Huidobro y Cernuda. A García Márquez y sus crónicas periodísticas. A Tom Wolfe. A Bukowski y Enzensberger. Román Gubern. Raymod Carver y Rodolfo Walsh. Thomas Bernhard y Walter Benjamín. Poe. Valerio Magrelli y los dadaístas. Principio y final de las vanguardias transgresoras de todos los siglos y del punk. Los madrileños Eduardo Haro Teglen y Paco Umbral. También Carlos María Moreno, Manuel Flores Mora, Ángel Rama y Ramón Merica, Jorge Abbondanzza o Ángel Maria Luna, por citar algunos más cercanos.


   

Las canciones y las conversaciones interminables con Darnauchans y Cunha en ciertas casas de El Prado. Los UNO, los del teatro y los de los libros. Nombres y hombres que me iniciaron por el camino de la búsqueda. Libros que devore con hambre de naufrago y que hicieron de mí un lector atento y sí acaso, un escritor menos malo y un certero avizor de las estupideces mediáticas. Siempre estaré en deuda con ellos. Con los de ayer y con los de hoy. Con aquellos compañeros de “La Semana”, que supieron ofrecerme sus secretos y desvelarme el afecto, por esta profesión y sus fundamentos. La búsqueda de los interrogantes, allanar sus múltiples precipicios y llegar a las costas de la verdad. Aún tengo de quién aprender, espero estar haciéndolo siempre. Buscando voces, encontrando adjetivos, sinónimos de inconformismo extremo. Como Roberto López Belloso y sus “Poemas del siglo pasado” o las “meadas salvajes” de Tomás Teijeiro. Escritores que me devuelvan la razón y me precipiten a los caminos del pensamiento.


   
Una y otra vez, iluminando los vacíos y las ausencias. Almas de autopistas verbales y corazones de vocabularios cenagosos y ardientes. Maestros de claridad en esta tarea, devenida a veces, en tristes escribas o ambiciosos desmedidos, en “noteros” sin futuro o en melancólicos poetas, acotados por el fundamentalismo de los Libros o Manuales de Estilo. También he visto viejos transgresores, convertidos en célibes guardianes de dogmas y estigmas. Nunca me adherí al artículo empaquetado. El periodismo uruguayo no era así. No lo era, por más que así lo enseñen o lo quieran transmitir. Ahí esta la traición y la trampa. La falta de perspectiva histórica, la ausencia de una rama fundamental en las carreras de comunicación.


   
La historia del periodismo universal y del periodismo nacional. La ausencia de esa tradición histórica, que hizo que hombres de letras y del derecho, también de la medicina, o simplemente hombres de a pie, de espíritu inquieto, conformaran esa vertiente del pensamiento, fundamental en la transmisión y creación de ideas. Herramientas vivas de la opinión pública, donde la independencia y la libertad de criterios jugo un papel clave en ello.    
       
También fui parricida y jugué mis días de punkie o crooner iconoclasta, no tengo que justificarme ante nadie. No me arrepiento de nada. De alguna manera aún lo soy y suscribo rabiosamente mi independencia. Tengo rabia de poeta y hambre de muchos nombres. Mi escritura surge de ese pulso y de años transitando por redacciones, asfaltos y aviones. Ni el mundo es sólo blanco o negro, ni existe una verdad única. Vengo de una estirpe que niega a ser enterrada. Rodó lo dijo hace muchos años y su vigencia es incuestionable.


   
Sólo entiendo a los nuevos kamikazes, a esos desheredados de toda historia, a través de la ausencia de esta. A través del desmantelamiento de ese hilo conductor, por el desmantelamiento mismo de los procesos educativos e intelectuales del país. Por ejemplo, sin profesores incentivados o motivados, capaces de lidiar con muchachos, presos de otros referentes, víctimas de otros estereotipos. Devenidos por la inmediatez única de la globalización y sus tentáculos.
   
     
Perdidos en el caos interior de sus propias “tierras medias” o desde las factorías radiales y televisivas. Cuando no desde el hambre o el alcohol. Imposible edificar un presente sin historia. Imposible edificar una carrera periodística sin sus antecedentes. Imposible argumentar una razón, ensimismada en la vanidad de un juego tedioso y provinciano. Mirar siempre el ojo ajeno, en la incapacidad de verse a uno mismo, fuera de esos territorios de inutilidad absoluta.    

 

     

 

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