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M'Hijo el lector
Textos seleccionados
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Dos letras de canciones del ’70, textos similares en la descripción que realizan. Días de Blues/Uruguay, “Esto es Nuestro” y Manal/Argentina, “Avellaneda Blues”. En mi opinión son dos terribles blues rioplatenses, el de Días de Blues con más fuerza, el de Manal con más poesía. En ambos la descripción denuncia, revela, en el de Días de Blues es un discurso categórico, en el de Manal, es una mirada sensible. A los dieciséis años escuchábamos estos blues, nos prendíamos con la música y la cadencia de ese género blusero de los americanos del sur y nos impactaba la letra por su acierto y por su audacia. Revelar invitaba a cambiar. “Esto es nuestro y nuestro será”, parecía una sentencia demasiado categórica y resultó una sentencia profética. Recogí estos dos textos porque no parece posible que el paisaje al que aluden sea tan vigente. Inocente incluso para todo lo que se podría agregar en estos días. |
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ESTO ES NUESTRO/ DIAS DE BLUES
(Daniel Bertolone)
Campos muertos por la soledad
Calles tristes, siempre un basural
Prostitutas por el boulevard
Niños pobres que van pidiendo pan
Uruguayos, no los veo
Dónde es que están, eh
Dónde es que están
Gente muerta sin necesidad
Cantegriles cada día hay más
Ignorancia, desocupación
Muchos piensan y toman un avión
Uruguayos, no los veo
Dónde es que están, eh
Dónde es que están
Aunque a muchos no les va a gustar
Darse cuenta que esto es Uruguay
Aunque a muchos no les va a gustar
Darse cuenta que esto es Uruguay
Uruguayos, esto es nuestro
Y nuestro será
Y nuestro será
Y nuestro será
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AVELLANEDA BLUES/MANAL
(Javier Martínez. Claudio Gabis)
Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado.
Tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados.
Hoy llovió y todavía está nublado.
Sur y aceite, barriles en el barro, galpón abandonado.
Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado.
Un camión interrumpe el triste descampado.
Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón
y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock.
Un amigo duerme cerca de un barco español.
Amanece, la avenida desierta pronto se agitará.
Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van.
Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial. |
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(poeta argentino, Buenos Aires 1891-1967)
Ambos poemas de Persuasión de los Días - 1942
ES LA BABA
Es la baba.
Su baba.
La efervescente baba.
La baba hedionda,
cáustica;
la negra baba rancia
que babea esta especie babosa de alimañas
por sus rumiantes labios carcomidos,
por sus pupilas de ostra putrefacta,
por sus turbias vejigas empedradas de cálculos,
por sus viejos ombligos de regatón gastado,
por sus jorobas llenas de intereses compuestos,
de acciones usurarias;
la pestilente baba,
la baba doctorada,
que avergüenza la felpa de las bancas con dieta
y otras muebles poltronas no me escupidas.
La baba tartamuda,
adhesiva,
viscosa,
que impregna las paredes tapizadas de corcho
y contempla el desastre a través del bolsillo.
La baba disolvente.
La agria baba oxidada.
La baba.
¡Si! Es su baba...
lo que herrumbra las horas,
lo que pervierte el aire,
el papel,
los metales;
lo que infecta el cansancio,
los ojos,
la inocencia,
con sus vermes de asco,
con sus virus de hastío,
de idiotez,
de ceguera,
de mezquinidad,
de muerte.
LO QUE ESPERAMOS
Tardará, tardará.
Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.
Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.
Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.
Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.
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