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La Impunidad
Transformemos la impunidad en ley
(así, menos trabajo nos dará hacerla desaparecer)
Pulga Pavlovich
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las imágenes son cuadros
de Paul Klee,
a excepción de la 4, que es un dibujo respecto a una fuente
(tipo de letra) llamada Klee.
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Impune – Adj. Que queda sin castigo
Impunidad – F. Falta de castigo. Der. Situación en que se halla el autor de un delito o falta que no ha sido sancionado penalmente |
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Una madrugada de viernes, 45 RPM dejó de estar online. Para nuestra sorpresa, el dominio que habíamos contratado había caducado sin que los proveedores hayan avisado, cuando se habían comprometido más de una vez a hacerlo. Nuestra paranoia habitual nos llevaba a recordarle una y otra vez a la empresa ............ que debería estar por vencer, pero una tonta tranquilidad aparecía cuando la respuesta refería a que ellos avisaban, que no iba a haber ningún drama, y nosotros, ilusos, creímos que el tema realmente se solucionaría en forma rápida… Más de dos semanas caído estuvo aquello que tanto esfuerzo nos da hacer, y por lo cual, además, no cobramos un mango. Impune quedará la empresa aunque mencionemos su nombre.
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Impunidad. Hace años que siento que es una de nuestras marcas de identidad, como el mate, la murga o el centrojá. Tal vez sea por ser hijo de la dictadura: nací en 1975, Año de la Orientalidad, el año en que una enorme cantidad de miembros del Partido Comunista del Uruguay cayeron en manos de los verdes, como racimos de uva ya maduros en manos de la zorra que los estaba esperando. Mi primera infancia fue en dictadura; mi primera alegría futbolística – el Mundialito de 1980 – fue en dictadura; mis años de escuela fueron casi todos en dictadura, cuando a pesar de la poca conciencia, uno sabía por qué papá y mamá cantaban el “¡Tiranos, temblad!” de forma mucho más alta que el resto del himno nacional. Tal vez algunos crean que la dictadura terminó en noviembre de 1984. Otros podrán creer que fue recién el 1º de marzo de 1985, cuando Julio María Sanguinetti toma el mando que ganó en elecciones ¿democráticas? Tal vez haya terminado después, pues nos gustó llamarle a ese gobierno “período de transición”. Tal vez no haya terminado, pues personajes de aquella época aún mantienen privilegios concedidos por fuera de la democracia.
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Así como no me interesan los títulos nobiliarios, tampoco me interesa en este momento conocer el punto exacto que separa y delimita una cosa de la otra. La cuestión es que, sea como consecuencia directa o efecto residual, hay quistes que permanecen en el organismo de nuestra república sin nombre.
Impunidad. Quizás se pueda pensar que ando trasmano del mundo, pues no es si no en esta época que fueron procesados Juan María Bordaberry y Juan Carlos Blanco. Que adentro están también Gavazzo, Pajarito Silveira y Gilberto Vazquez (ver), entre otros. Eso es cierto, e incuestionable además. Pero no alcanza. No alcanza por el pasado tan tranquilo de esta gente, ni alcanza por tanta gente que está fuera, tranquila, o simplemente mordiéndose el labio de vez en cuando, como si eso bastara para esconder las manchas o tapar esas mugrecitas de luz que molestan la conciencia (de última, siempre tendremos el Valium a mano para perder un rato de vigilia).
Pero no es eso sólo impunidad, ni siquiera es necesario cometer un delito para salir impune de una situación determinada. Veámoslo con un ejemplo tonto, de esos que les gusta tanto a los docentes. Cuando el chofer del bondi decide ir por detrás de los que ya están estacionados en la parada porque la fila es muy larga, no estaría cometiendo delito alguno. Sí está dejando tirados a varios pasajeros que, a no ser que tengan un adoquín a mano y decidan lanzarlo hacia el ómnibus, siempre que cuenten con mucha fuerza y buena puntería, difícil que puedan castigar de alguna forma a aquel que cometió la falta. Dirán ustedes que es un ejemplo menor y sin importancia, claro está. Podríamos discutirlo, pero no es este el momento y tampoco el lugar (de la nimiedad de mi dolor de muelas a que perezca la humanidad completa, hay a veces sólo un pequeño salto).
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Tal vez podamos agregar otros episodios que grafican con mayor claridad y de mejor manera mi sensación.
Digamos que un ministro de economía sale a los medios a decirle a la gente que permanezca tranquila, que se endeuden en dólares pues éste no se va a disparar a las nubes; digamos también que al poco tiempo el dólar prácticamente duplica su valor. Impune saldrá ese ministro – procesado luego por otros asuntos – a no ser que consideremos su caída como un castigo.
Digamos que usted contrajo una enfermedad X y que es de aquellos que consultan médicos o al menos visitan las salas de emergencia de los hospitales; digamos también que lo han atendido varios – algunos con cara de la espalda hacia abajo – y que esos varios le dicen cosas distintas, en tanto la enfermedad X se agrava. A eso podríamos sumar que su familia debe contarles las novedades a los médicos, ya que en su historia clínica se escribe poco o se escribe mal. Impune quedará el médico, el enfermero y el sistema de salud, a no ser que se tenga la infinita paciencia y el resto material necesario para tentar un juicio (que los propios especialistas coinciden en que no es fácil de ganar, dado que los jueces no han estudiado medicina).
Digamos que usted es un trabajador con derecho a que la ex DISSE le dé cobertura médica; digamos también que usted se hartó de la mutualista – por ejemplo, por las razones mencionadas tres líneas arriba – pero existe un corralito estatal que no le permite cambiarse de institución. Impune permanecerá esa institución que usted quiere abandonar, impune como siempre el Estado – es difícil castigar a una abstracción – e impunes quienes legislaron al respecto.
Digamos que hay un gobierno de izquierda en el país que usted habita; digamos también que para alguna gente dicho gobierno representa la figura del “patrón débil” y que varios de los sindicatos que nunca habían recibido tantos beneficios como hasta ahora – al menos en estos últimos cuarenta años – están en pie de guerra, por salario, por una reducción en sus impuestos, por salario, por una eliminación en sus impuestos, por salario, por mayor presupuesto y por salario. Aquellos que piensan que no es sólo con dinero como se resuelven las cosas (piénsese en ADEOM, como ejemplo extremo), sentirán quirúrgicamente la impunidad de los que no trabajan, o de los que ganan el triple que ellos con menor carga horaria.
Se me ocurre preguntar qué deberíamos hacer cuando en una oficina debería haber nueve funcionarios y hay dos, cuatro o seis, de los cuales sólo atenderá alguno. O qué deberíamos hacer cuando nos dicen que en ese lugar se atiende solamente los lunes y los jueves de 9:00 a 17:00 y cuando vamos ese jueves a las 9:15 nos dicen que esperemos, pues el funcionario no ha llegado. O qué deberíamos hacer cuando el SMU reclama un sueldo mínimo de treinta mil pesos uruguayos para los médicos, cuando administrativos, enfermeros, profesores, policías, maestros, completen la lista como ustedes quieran, con suerte llegarán a la tercera parte de eso, siendo empleados del mismo patrón.
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Liliana Felipe sostiene en su versión del tango “Volver” que teme volverse derechista. Yo también, cuando leo lo que escribo y parece una oda al castigo, ya que eso se desprende de la definición de impunidad que nos brinda el diccionario. No me están alcanzando los refuerzos positivos. Mi incomodidad aumenta todos los días cuando quien no cumple su función afecta los derechos de un tercero, mientras disfruta pasiblemente de una impunidad tal vez inconsciente. ¿Qué nos ha pasado que ya no nos importa lo que hacemos, los roles que cumplimos? ¿Por qué no pensar que el buen desarrollo de nuestras funciones puede estar ayudando - o al menos no perjudicando – a alguien? ¿Se ha enmarañado tanto nuestro tejido social para que lo único que querramos sea estirar la mano para obtener el billete? Nadie me quita de la cabeza que este quiste es herencia de mi madre adoptiva; la dictadura sembró mucho en su momento y seguimos cosechando de lo lindo. La memoria y desmemoria juegan un papel interesante en todo esto y tenemos ex funcionarios con el pincel amnésico permanentemente listo para borrar nuestros registros. Los jockeys de turno siempre tienen las orejeras prontas para que seamos caballos que no sepan mirar al costado.
¿Por qué me obsesioné con el castigo? De repente porque en la polémica Platón -Protágoras me quedo con éste último. La virtud es enseñable, y prueba de ello es el castigo: no castigamos por venganza – cosa más de bestias que de humanos según el viejo sofista – sino como aprendizaje y ejemplo. Al menos, es el único anticuerpo que se me ocurre para evitar que la liviandad de sentirse satisfecho por el hacer poco o nada se siga convirtiendo en ley. Una vez que ello suceda, ya no habrá impunidad, pues la falta la cometerán quienes pretendan dar un servicio, o simplemente dar…
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