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¿SIRVEN LOS LIVE EARTH?
Más allá de la incandescente guitarra de John Frusciante, de los gallos de Sting, de la energía de los Foo Fighters, de las actuaciones (!) de Enrique Iglesias y Xuxa, los múltiples conciertos de Live Earth intentaban crear conciencia acerca del problema del calentamiento global. ¿Sirven para algo este tipo de acontecimientos?
Pablo Martín Cerone
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"Vamos a hacer un té con masas para juntar arroz, porotos y esas cosas que comen los pobres".
Susanita, en Mafalda, de Quino
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Live Earth dio para mucho, demasiado para el espacio de este artículo y para las limitaciones de su autor. Empecemos por aquello que dejaremos de lado: de entrada nomás, ya dijimos, el aspecto artístico del mismo. Internarse en las cenagosas aguas del debate acerca del compromiso político y social del arte también trasciende los objetivos de esta nota. (El debate no es la trivialidad de si está bien o mal que León Gieco lo tenga o que Babasónicos no, sino si el artista debe necesariamente asumir una postura ante los problemas de su tiempo). Lo mismo pasa con la discusión acerca de la ideología del rock, discusión que plantea una petición de principio: que el rock es un movimiento o corriente que tiene una ideología definida, que permitiría explicar desde el nihilismo de los Sex Pistols al hedonismo de Duran Duran, y de las proclamas filomarxistas de Manic Street Preachers al Elvis Presley que defendía el servicio militar obligatorio, por no mencionar a incontables bandas de skinheads neonazis. Y lo mismo sucede con el análisis de las raíces del compromiso político y social de aquel rock que sí lo tiene, y que podrían rastrearse en uno de sus antepasados musicales (el folk y el country norteamericanos) mucho antes que en el otro (el blues afroamericano).
¿Sirven los Live Earth? Uso el plural porque el del 7 de julio pasado no fue el primer concierto que postuló un determinado mensaje político o social. El precursor fue el Concierto por Bangladesh de 1971, convocado por George Harrison, que recaudó fondos para paliar la hambruna desatada en esa nación asiática durante su secesión de Pakistán. (El concierto fue verdaderamente bueno, por cierto). ¿Los fondos? Llegaron en cuentagotas, algunos dicen que por un error burocrático, algunos dicen que gracias a los célebres afanes del célebre empresario Allen Klein. ¿Bangladesh? Hoy, casi tanto como entonces, una de las naciones más desdichadas del mundo. (Con la suba del nivel de los océanos ocasionada por el calentamiento global, se afirma que el país incluso podría desaparecer tragado por el mar).
En 1985 vino el Live Aid, con el proclamado objetivo de socorrer a los hambrientos de Etiopía, la antigua Abisinia del Ras Taffari, el Negus Haile Selassie. En este caso la ayuda parece que llegó a su destino, pero sus efectos fueron homeopáticos, en el mejor de los casos: veintipico años después, Etiopía es uno de los países más desesperadamente pobres del mundo.
El recuerdo del Live 8 de 2005 todavía está fresco. Hablo de la reunión de Pink Floyd, porque ¿quién se acuerda de que su objetivo fue influir en las deliberaciones que el Grupo de los Ocho celebraba simultáneamente en Escocia?
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Y aquí estamos, Live Earth mediante. Cuando llovían las críticas por el carácter escasamente ecológico de una serie de conciertos que consumían tanta energía como una pequeña ciudad, los organizadores contestaron que el impacto ambiental de los conciertos sería medido por expertos y contrarrestado con acciones como plantar árboles, que todas las luces utilizadas serían de bajo consumo, y que se invitaba a quienes acudieran a los conciertos a compartir sus vehículos para que hubiera menos emisiones de dióxido de carbono...
Hablamos de los organizadores. Tampoco se escapó de las críticas la figura del impulsor principal del acontecimiento, que por una vez no fue el omnipresente Bono (¡esas fotos con Bush y Tony Blair!) sino... el ex vicepresidente norteamericano Al Gore, realizador del documental "Una verdad incómoda". Además de que su nombre permanecerá asociado por siempre a la campaña censora que su esposa Tipper desatara contra el rock en el mismo 1985 de Live Aid, Gore fue el vicepresidente de un gobierno que no dudó en atacar militarmente países hundidos en la miseria como Somalia, Sudán, Irak, Afganistán, Haití o Serbia. Y por último, Gore es el político que se dejó robar sin chistar la elección presidencial de 2000 por... un tal George W. Bush.
(En inglés, gore es un subgénero del cine de terror, caracterizado por la extrema truculencia de sus temas e imágenes. A lo mejor hay que entender la propuesta desde ese punto de vista; entonces, uno podría considerar como ausencias imperdonables las de Alice Cooper y su masticación de murciélagos, y KISS y su puré de pollitos).
Entonces, otra vez ¿para qué sirven estos conciertos? Podría responder que sirven para paliar la mala conciencia burguesa de las grandes estrellas y de su público, pero esa respuesta, así como está, sería un exceso de mala leche. Cierto tipo de conciertos verdaderamente no sirven para mucho más: son aquellos con un objetivo meramente asistencialista (Bangladesh, Live Aid). OK, se recauda un dineral, se compra la ayuda (¿por qué siempre a productores de los ricos países "donantes"?), se la envía, se la entrega ¿y ahí termina todo? ¿Se acabó el hambre en África tras Live Aid? Se podría decir que, así se hubiera salvado una sola vida aquel ya lejano 1985, el concierto cumplió con su objetivo. Admitamos esto como válido. Entonces ¿por qué no hay un Live Aid todos los años? ¡Qué digo todos los años! ¡Todos los meses! Se me responderá: la función de la música no es ni alimentar a los hambrientos ni sanar a los enfermos. De acuerdo. Entonces la pregunta sigue en pie ¿para qué sirve un concierto de éstos?
Y aquí es donde hay que admitir que, bajo ciertas condiciones, estos acontecimientos pueden ser importantes: cuando operan sobre la conciencia colectiva. Después de todo, el rock aportó su granito de arena para detener la guerra de Vietnam, a través de artistas como Frank Zappa, Bob Dylan, John Lennon, John Fogerty, Jerry García. Sin el rock, la historia de muchas conquistas sociales hubiera sido mucho más difícil, desde las campañas de prevención del contagio de HIV hasta la integración racial en Gran Bretaña o Estados Unidos, pasando por la liberalización de la actitud ante la sexualidad y el aislamiento y derrumbe del régimen racista sudafricano. Pero en todos esos casos, no se trató de tomarse un fin de semana para hacer una buena acción: se trató de luchas que perseveraron durante años, enfrentando la oposición de casi todo el establishment político, económico, mediático y religioso. Esas luchas raramente tuvieron vicepresidentes a su favor; por lo general los tuvieron enfrente.
En conclusión y por última vez ¿sirven estos conciertos? Está por verse. (¿Se animarían las estrellas de rock, de ser necesario, a cuestionar los fundamentos del mismo orden de cosas al que le deben sus millones y su estrellato?). Como la respuesta la dará el tiempo, creo justo que mantengamos abierto el crédito. A lo mejor, en unos años, recordaremos a Live Earth como un momento importante en la creación de una conciencia planetaria sobre el apocalipsis que las actuales generaciones le estamos legando a nuestros hijos y nietos.
A lo mejor, entonces, podríamos llegar a decir que Live Earth comenzó verdaderamente cuando se callaron las guitarras. |
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