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Un Rosarino en la mesa de los Galanes      
       

El pasado 19 de julio se nos fue Roberto Fontanarrosa. El Negro era justamente celebrado como uno de los más grandes historietistas del mundo hispanoparlante, merced a sus renombrados "Boogie El Aceitoso" e "Inodoro Pereyra, El Renegáu". También era reconocido, con igual justicia, como un gran humorista, gracias a sus chistes gráficos sueltos y a una producción literaria que abarcó tres novelas y doce libros de cuentos. Dichos galardones eran justos, pero también eran una manera de relativizar sus méritos porque, señores, el que acaba de morir fue uno de los mejores contadores de historias de esta época.

Pablo Martín Cerone (desde Mar del Plata)

 
 
       

UNA LECCIÓN DE VIDA

El Negro nació en Rosario el domingo 26 de noviembre de 1944. Fervoroso partidario de la célebre institución deportiva Rosario Central, siempre se sintió más a gusto en una canchita de fútbol o en una tribuna que en un aula, por lo que, dadas sus escasas aptitudes para las matemáticas, la física y la química, debió dejar sus estudios secundarios después de repetir tercer año en la Escuela Industrial (hoy Politécnico). En 1963 comenzó a trabajar en publicidad, en la agencia de Roberto Reyna, lo que se adaptaba perfectamente a sus aptitudes, a su escaso aprecio por la rigidez del mundo laboral y a su marcada timidez. En 1968 ingresó en la revista "Boom". En 1972 se inició la publicación, en la revista cordobesa "Hortensia", de personajes como "Inodoro Pereyra" (una historia gauchesca que es casi una sitcom gráfica, por su ritmo y su abrumador ingenio) y "Boogie, el Aceitoso" (una feroz parodia de Harry El Sucio y del American Way of Life).

     
       

También colaboró con publicaciones argentinas como La Cebra a Lunares, Satiricón, Mengano, Chaupinela, Humo®, Risario, Fierro, Página/12 y Clarín, además de "La República" de Uruguay, "El Tiempo" de Colombia y "Proceso" de México, y fue asesor creativo del "Conjunto de instrumentos informales Les Luthiers" desde 1980. Más abajo hablaremos de sus libros.

Aquejado por una rara enfermedad nerviosa que, según su celebrada metáfora futbolera, lo tenía “jugando con ocho”, o que lo obligaba a poner “dos líneas de cuatro y a tirarla para arriba'', el Negro primero perdió la capacidad de caminar, y luego el movimiento de los brazos, lo que lo obligó en enero de este año a dejarle el dibujo de sus chistes a su amigo Crist y el de sus epigramáticos Inodoro Pereyra y Mendieta, a Oscar Salas. Enfrentó estos infortunios con una entereza y una naturalidad que son un ejemplo para los que nos podemos llegar a enfurecer por un taxi que pasa de largo (“Cuando me explicaron de qué se trataba mi enfermedad, lo primero que pensé fue ¿por qué a mí? Pero después entendí: ¿Y por qué no?”). El miércoles 18 de julio cenó en su casa con sus amigos de siempre; ya le costaba hablar, pero no se privó de comentar ni la derrota argentina en la final de la Copa América ni la actualidad de su amado Rosario Central. Al día siguiente se despertó con problemas respiratorios, fue internado y murió a los pocos minutos. Fue enterrado el 20, en presencia de una multitud. En Argentina es el Día del Amigo.

 
 
       

EL MUNDO HA VIVIDO EQUIVOCADO

Ante todo, cabe repetir lo del copete: Fontanarrosa fue más que un historietista o un humorista, fue un maravilloso contador de historias. Un escritor que manejaba con solvencia recursos técnicos como la construcción de la voz de los personajes o del narrador, o la respiración, el timing de un relato. En sus libros de cuentos se apreciaba una evolución, como en Woody Allen, del culto del humor absurdo como fin en sí mismo al empleo de la comicidad como un medio de hacer más gratas a historias perfectas. Si en sus primeros cuentos su maestría era perceptible en la manera en que acumulaba chiste sobre chiste e iba preparando el clímax, un desenlace siempre sorprendente, en su obra posterior (en especial desde "El mayor de mis defectos", de 1990) Fontanarrosa se relajó y se dejó llevar por el disfrute de narrar una historia.

Su primer libro de cuentos, "Los trenes matan a los autos", de 1977 (reeditado en 1984 con algunos agregados) ya mostraba a un Fontanarrosa diestro en el manejo del relato corto. Hay algunas sorpresas para el lector que lo conoció más adelante, empezando por el aire fantástico - apocalíptico de "Los trenes matan a los autos". Está también el humor negro (raro en la obra del... Negro) de "Por qué los niños van al circo" o "De la comida casera", y las ya más familiares "La barrera" (con su vuelta de tuerca futbolera), "Chatarra" (una sátira del mercado de pases del fútbol) y "El espejismo de Abd El Kadash" (una parodia a los adocenados best-sellers de la Guerra Fría, con un giro disparatado).

 
 
       

En 1981 vino su primera novela, “Best Seller”, una eficaz parodia de James Bond en la que el protagonista es un “controvertido aventurero internacional sirio”, seguida al año siguiente por su notable secuela, “El Área 18”, con una delirante vuelta de tuerca futbolera. Sin embargo, era en el terreno del cuento en donde la mano de Fontanarrosa se desenvolvía con mayor destreza: el rosarino sólo reincidiría en la novelística con “La gansada” en 1989, una parodia a los imposibles culebrones venezolanos o mexicanos.

A partir de “El mundo ha vivido equivocado”, de 1983, se enhebraron “No sé si he sido claro” (1985), “Nada del otro mundo” (1987), “El mayor de mis defectos” (1990), “Uno nunca sabe” (1993), “La mesa de los galanes” (1995), “Una lección de vida” (1998), “No te vayas, campeón” (dedicado al fútbol, 2000), “Te digo más...” (2001), “Usted no me lo va a creer” (2003) y el postrero “El rey de la milonga” (2005).
Sus relatos pueden clasificarse en dos grupos. El primero de ellos lo constituyen aquellos cuyo tema es la sátira de formas narrativas estandarizadas, como el ya citado best-seller à-la-James Bond ("Informe de Beirut"), el documental sobre la naturaleza (el notable "Caza de brujas en La Pampa", donde lo de "caza de brujas" debe entenderse en forma literal), el documental etnográfico ("Viaje al país de los naninga"), la crónica histórica ("Matar al mensajero"), las evocaciones de la infancia ("La tarde del viejo Macaroni"), los absurdos Aforismos de Etchenique, un alter ego apenas disimulado del aforista José Narosky, la crónica de la Segunda Guerra Mundial (""Los especialistas"), la literatura gauchesca y las

   

guerras patrias o civiles del siglo XIX ("La carga de Membrillares"), las historias de tango ("Ulpidio Vega" o "Un barrio sin guapos", una especie de reescritura paródica de "Hombre de la esquina rosada", de Jorge Luis Borges), la ciencia ficción ("Yoli de Bianchetti", donde un rey extraterrestre se enamora de una ecónoma que tiene un programa de cable y pide a la Tierra que la entregue o destruirá el planeta…) y en especial el mundillo del fútbol, categoría en la que es imposible elegir sólo un ejemplo entre ejercicios narrativos de notable factura como "Lo que se dice un ídolo", la entrañable "Memorias de un wing derecho", "Lo que se dice jugador al fulbo", "¡Qué lástima, Cattamarancio!", "19 de diciembre de 1971", "Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol" o "Lacus Vendelinus".

El segundo grupo lo conforman relatos costumbristas, coloquiales, que casi siempre tienen lugar en Rosario. La tercera metrópolis de la República Argentina es una ciudad donde, pese a su tamaño, todavía hay margen para que existan hombres aficionados a reunirse a jugar un picado al fútbol o simplemente a no hacer nada, a compartir la insoportable levedad del ser (o de no ser), a escapar por unos minutos de su vida familiar y laboral y hablar de temas tópicos (básicamente autos, fútbol y mujeres), filosofía de vida que se explica brillantemente en “Una interesante observación sobre las narigonas”, de su último libro. Fontanarrosa trabaja frecuentemente sobre lugares comunes de la vida urbana, generalmente para buscarles una vuelta de tuerca. Acá también hay historias futboleras. como "El ocho era Moacyr", "Escenas de la vida deportiva" o "Cenizas" (donde aparece una breve explicación de qué es la inefable OCAL), y se parodian lugares comunes, como "Experiencia en 'El Cairo'" (los "plomos" de cada grupo de amigos), "Cielo de los argentinos" (para mí, hoy, el must de Fontanarrosa), el memorable “Cuando se lo cuente a los muchachos” o "Una noche en lo de Nela y el Gordo" (con el insólito final de una cena armada por una pareja para poner de novios a dos amigos solteros).Párrafo aparte para los cuentos cuyo tema es la relación entre los sexos: la célebre (llevada al teatro) "El mundo ha vivido equivocado", "El día que cerraron 'El Cairo'", "El mayor de mis defectos", "Después de las cuatro", "Un hombre de experiencia" (deliciosa historia entre costumbrista y fantástica), "La mesa de los galanes" (que comienza así: "Al Francés lo volvieron a ver en la vereda de enfrente de El Cairo, la tarde en que Ricardo le estaba contando al Zorro sobre el día aquel en que Moreyra corrió a los putos del baño con el trapo rejilla"), "Una lección de vida" (sobre el casamiento), "Asignatura pendiente", "Caminar sobre el agua", "Una playa desierta". En esta última narración, un hombre conquista a la mujer de sus sueños y ambos se van dos semanas a una playa desierta. Al principio va todo bárbaro. Pero hay viento, frío, él se aburre, y a los cuatro días ya cuenta lo que falta para irse. Al quinto día se escapa…

 
 
       

Uno de los escenarios preferidos es el legendario bar rosarino "El Cairo", cerrado hace unos años y vuelto a abrir con otros dueños y otro estilo, descrito falazmente en "Conduciendo a Mr. Sánchez" (Página/12, domingo 26 de mayo de 1991) de esta fantástica manera: "Es cuando llegan a esa mezquita ['El Cairo'] los vendedores de abalorios, los traficantes de surubí, los picapleitos que transan por penas menores y es cuando Moreira distribuye los primeros narguiles entre las mesas. El boliche bulle de energía y los poetas ofertan sus rimas entre las mesas. Se encienden las primeras teas. Pedro nos sirve café, té de opio, bicarbonato, dátiles y hojas de coca. Pronto comenzará la música y el retumbo de los tamboriles rebotará entre las mesas con la desesperación de una ciega mariposa nocturna".

De yapa, algunas joyitas inclasificables: "Personajes" (con dos personajes pirandellescos, padre e hijo, "abandonados" por el autor de un cuento, que afirma que su trabajo es plantear las situaciones y después la historia sigue sola), "El asombrado. Relato sobre un hecho real" (un cuento digno de Dino Buzzati sobre una persona que no proyecta sombra alguna), "Cuestión de principios" (el menos humorístico de todos, acerca de un hombre que hace una cuestión de principios el no venderle a su superior un recuerdo de su padre) y el justamente célebre "Puto el que lee esto", que comienza así, nada más ni nada menos, y cuyo narrador es un autor que aspira a una escritura que enganche al lector y no lo suelte, y donde pueden leerse que "El lector no es mi amigo. El lector es alguien que le debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros" (y dice que esto está inspirado en el recordado campeón de boxeo Carlos Monzón) y que no puede ojear el libro y soltarlo. "¡Sí señor - les contesto - es un golpe bajo!". "No esperen de mí una lucha limpia". Y termina diciendo: "A usted le digo".

A usted le digo. No se pierda a Fontanarrosa. No espere a que lo canonicen los suplementos literarios. Hágale sentir al olvido el rigor de la marca a presión. No sé si he sido claro.

   

 

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