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Entrevista a Rocambole. Segunda parte.      
       

La libertad del arte es su propia tumba

     
Pulga Pavlovich      
       

Como vivimos en esta sociedad liberal y capitalista, he de aceptar que uno de los principios fundamentales de nuestras vidas es el cumplimiento de los contratos. Y, aunque no tuviere firma, habíamos pactado esta segunda parte de la nota a Ricardo “Mono” Cohen, que para quien esto escribe resultó la parte más disfrutable. Aquí el Mono, a pesar de que se declara como no teórico, nos brinda una serie de conceptos más que interesantes sobre la actualidad del arte.
El bar Scuzzi es un lindo lugar para charlar. Además brinda un entorno ideal para que la conversa gire en torno al arte. Nos interesaba particularmente, tal vez por deformación profesional, conocer la opinión del Mono respecto a la teoría del arte

- Yo no soy muy teórico,  no soy de la época en que se estudiaba tanto semiótica y semiología, creo que de hecho no existía todavía la semiología en ese momento. Cuando yo estudiaba en Bellas Artes tenía unos cuatro días a la semana de dibujo y por ahí tenía una cátedra de historia del arte y otra de lenguaje visual. El resto era dibujo y pintura, meta y ponga… Ahora, por ejemplo, hay un día a la semana de dibujo y hay setenta y ocho materias que superponen contenidos a lo loco: todas hablan de semiología, todas hablan de la teoría de la comunicación… Si a mí me tocara estudiar actualmente diría: “¿para qué me voy a ir a la Facultad de Bellas Artes a leer tanto sobre comunicación y filosofía? Me voy directamente a Humanidades y me inscribo en filosofía.” Si yo quiero aprender a dibujar y pintar, y trabajar sobre óleo, acuarelas y demás, estoy queriendo ir a un lugar donde se pinte y se dibuje.

 

 
       

Está pasando eso. Creo que hay un gran avance del aspecto discursivo de la realidad, de la interpretación a través del lenguaje. Y como pintor y dibujante que soy, a mí me parece que el lenguaje es lerdo y atrasado, es muy lento de entender. Yo siempre cuento esto: si cuando vengo a Buenos Aires – yo que vivo en La Plata – quiero saber qué subte me tengo que tomar para ir a Villa Dálmine, voy y le pregunto a un quiosquero. Y el quiosquero me explica: tenés que ir a Carlos Pellegrini, bajarte ahí, subirte allá… bajarte en Plaza de Mato, tomarte la línea A y bajarte de nuevo no se dónde. Me hace un lío bárbaro, tarda una hora en explicarme y encima  no entiendo nada. Pero si en cambio saca un mapa de la red de subterráneos y me dice: vos estás acá y tenés que ir acá, ¿ves? En ese caso, yo de un solo golpe, entiendo todo. En ese sentido, me parece que la interpretación no lineal, no discursiva, es otra de las capacidades que del ser humano. Y debe tener su lugar en todo ese abanico de aspectos del conocimiento. Entonces, percibo una invasión  y eso se nota en el arte, donde la obra desapareció y ahora es todo concepto, vale más la idea que la obra

- ¿Y esa invasión viene de afuera o parte del propio artista?

 


Tamara de Lempicka

 

 
       

A mí me parece que, en principio, es una cosa bastante globalizada o globalizadora. Por un lado, hay una invasión en el mundo de lo que es el terreno del conocimiento discursivo. Por otro lado, a nivel del arte, es una moda que se impone y acá se toma como tal, se implanta de inmediato. Yo ya estoy bastante viejo y he visto pasar bastantes modas en el terreno del arte. Cuando estaba estudiando, acá estaba de moda la geometría, el arte abstracto… hacer una cosa que se pareciera a algo era un crimen., allá por las años cincuenta y tantos. Después vino el informalismo, toda esa cuestión y arrasó con todo, el mundo había pasado a ser informalista. De repente alguna de esas manchas empezaron a cobrar forma y aparecieron algunas figuraciones, ¿y eso por qué? Porque algunos pintores argentinos habían viajado becados a Europa, donde estaba todo mezclado, las corrientes convivían, separadas, pero en un mismo espacio. Yo no sé que pasará con los pintores uruguayos, pero los argentinos se iban becados a Europa y allí buscaban algún pintor, pero de cuarta o de tercera, no de primera línea, porque esos ya eran conocidos. Pero los de tercera eran buenísimos, comparados con lo que había acá. Entonces copiaban a alguno de tercera que pensaban que nunca iba a sobresalir, venían acá con eso y eran Gardel y Le Pera. Eso pasó varias veces…Uno ve los primeros trabajos de Berni – es muy sencillo buscarlos en Google, al igual que los primeros de Tamara de Lempicka – y puede evaluar este tema. En el caso de la primera figuración, como en Europa había un poco de todo y no algo que tapara todo lo demás, buscaron a uno de tercera categoría. Y encontraron a Bacon, que en ese entonces venía pintando desde la época de Picasso, pero nadie le había dado bolilla. Un pintor oscuro, irlandés para colmo, en un momento en que ni  los ingleses ni  los irlandeses tuvieron gran preponderancia  en la escuela de París. Pero los argentinos quedaron impresionados con sus imágenes. No sé bien por qué, pero todo argentino cuando mira una imagen de Francis Bacon delira, debe tener aroma a tango. Entonces dijeron: “a éste no lo debe conocer nadie, hace figuraciones y pinta…”, vinieron acá e hicieron cosas muy parecidas. Uno ve los primeros trabajos Veira y Maccio y eran tal cual los trabajos de Bacon en esa época. El asunto es que Bacon de repente pasó de tercera a primera categoría y ahí se les complicó la cosa.

 

Francis Bacon

 
       

Como te decía, vi pasar muchas modas, cuando yo estaba en la escuela vino con mucha fuerza el arte en movimiento, el pop art, con móviles, luces y esas cosas. Y a partir de eso cambiaron hasta materia de la facultad, Morfología que en un momento era una cosa, ahora era hacer móviles. Y siguieron pasando otras cosas, el dibujo apareció y desapareció muchas veces…

- ¿Y en este momento por dónde anda la moda?

Ahora es el arte conceptual, absolutamente. Hubo una breve moda  de decorativistas, de esos que ponían lentejuelas en los cuadritos, que pasó muy brevemente. Y ahora siguen con las instalaciones… Pasa que se agotó muy rápido el tema, era poner unas tierritas de colores, ponerle memoria, romper unas cosas viejas…  Igualmente, yo no descarto ninguna forma de arte. La libertad del arte es su propia tumba, porque es tan libre que no puede dejar de permitir que cualquier cosa pase, pero eso es justamente una condición de la libertad o sea, si vos pretendés que pase tal cosa, esa que vos querés que pase, ahí se acaba el arte. Su propia libertad lo conduce a su tumba, por el hecho de que un plomero, por ejemplo, que te arregla una canilla y te cobra por eso, por ahí se va y la canilla sigue perdiendo, entonces es fácil comprobar que era un chanta. En cambio, en el arte eso es mucho más difícil. No es imposible, ojo. Porque vos ves una obra y de alguna  manera la evalúas. Si bien yo no soy muy aficionado a las instalaciones, he encontrado tipos que me han conmovido hasta el tuétano. En Olavarría hay un pibe – Daniel Fitte -  que hace unas instalaciones que realmente me parten al medio, una cosa vivida, sentida, con todo lo que tiene que poner un artista para hacer una obra de arte.

 

Daniel Fitte

 
       
Pero no me pasa lo mismo con el general de todo lo que veo. Y no es que yo elija, sea el dueño de la verdad y entonces pueda decidir qué es arte y qué no lo es. Porque a la larga el tipo éste (N. de R.: se refiere nuevamente a Daniel Fitte), cuando yo lo conocí en Olavarría no hacía nada y no exponía en ningún lado;  ahora está entrando acá y todo el mundo está detrás de él. El tipo es consecuente, valioso y se van dando cuenta de que pasa algo con él…

El tema de los límites del arte es por demás interesante. Se ha escrito bastante sobre ello – recordar por ejemplo “¿Qué es el arte?” del viejo Tolstoi – pero obviamente es una discusión que no se ha cerrado y probablemente tampoco se cerrará. Aun así, creo que “¿Los límites del arte?” bien podría ser un precioso título para un ensayo o monografía.
 

Rocambole

 
       

- Dentro de ello, hay mucha cosa, ¿no? Por ejemplo, hasta hace un tiempo, la estrella era el artista. En un tiempo, la estrella era el crítico, el teórico que juntaba, formaba un grupo, como Benito Oliva en Italia. Hoy, en cambio, la estrella es el curador, que anteriormente no era mucho más que el tipo que colgaba los cuadros, una especie de ordenanza, de auxiliar, de utilero (N. De R. Es este un momento poco desgrabable, en el cual entrevistador, entrevistado y público presente se matan de risa). Ahora si vos querés que pase algo, te tiene que descubrir un curador, hacerte la muestra – muestra que tiene que tener un argumento además -; a mí me parece bien lo de las muestras con argumento, yo siempre las hice así y en esa época era malo, me tachaban de literario. Ahora eso es lo que está de moda: el argumento, el curador… Y me parece que el avance de lo discursivo tiene que ver con el hecho de que los ídolos son ahora aquellos que conciben el concepto. Y, por otra parte lo que veo es que, como decía Bakunin, lugar que dejas libre, te lo ocupa el enemigo. Los pintores se fueron de las galerías a hacer sus instalaciones y esas cosas. Ahora, las paredes de las galerías están llenas de dibujos de arquitectos y de diseñadores, hay muestras de diseño por todos lados. Los dibujos de los arquitectos ahora son más expresivos que los de los artistas; incluso hay arquitectos que hacen sus dibujos y los venden, ya no se dedican a la arquitectura. Entonces, me parece que hay un trasvasamiento de ocupaciones: la galería ya es territorio de otros.

Vale la pena leer también Aguant Garde en el Subte, de Marcos Ibarra, ya que ambos autores compartes una serie de conceptos, que han sido vertidos en distintos momentos, lugares – incluso en distintas orillas del Plata -, sin conocerse ni leerse.

 

   

 

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