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La OFF en el CAFF

     
       

“Mucha Mierda” en el Abasto

     
       
Pulga Pavlovich      
       

Sábado a la noche, barrio porteño – o tal vez el menos porteño de los barrios de Capital Federal – de Once. Habiendo lidiado con la lluvia todo el santo día, meditaba en voz baja, para que la gente no se entere que vengo enloqueciendo, si visitaría el CAFF esa noche. ¿Qué es el CAFF? Es el club en el cual toca y da rienda suelta a su energía la OFF. ¿Qué es la OFF? Bueno, si querés enterarte un poquito más, lee el resto de la nota y no sólo este colgado.

Una extraña voz en mis oídos susurraba: “quedate tranqui; estás cansado; tenemos tv cable; hace frío…”. Del otro lado, unos labios pintados imaginados se llevaban la lengua a los dientes e invitaban a una noche de acción, más no fuere dejar la cama a un lado y abandonar por un rato a la gordota bulímica que come alfajores mirando la tele y que vive dentro de uno.

En mi recuerdo vivían las imágenes del Solís: el coloso, si bien no estaba lleno, se vino abajo ante la presencia de unos mocosos que, parados cual cuadro de fútbol con línea de cinco, destaparon el corcho a la botella del tango clásico con un sonido extrañamente parecido al siglo XXI. Cuatro bandoneones, tres violines, viola, violonchelo, contrabajo, piano y de a ratos, voz.

Más pudieron aquellos labios y al rato me encontraba en recepción, constatando que no estaba cayendo agua del cielo y acomodando mi paraguas cerca del codo, para sentir que caminaba del brazo de alguien, mientras escuchaba los consejos del veterano respecto a la necesidad de tomar un taxi por todo lo que estaba pasando y una serie de etcéteras que conviene dejar a un lado para no desgastar nuestra relación cronista-lector.

Mitad por tacaño, mitad por ganas de estirar las piernas un poco más e iluminar mis retinas con la noche del Once, decidí que fueran mis pies los que me llevaran de Plaza Once hasta el Club Atlético Fernández Fierro. Si toman el mapa, la ruta fue la siguiente: Diagonal en la Plaza Miserere desde la esquina de Rivadavia y La Rioja hasta la esquina de Pueyrredón y Bartolomé Mitre, donde borrachos, travas, malevos, prostitutas y algún pastor evangelista susurraban, gritaban o enviaban propuestas visuales varias;
   
       

Pueyrredón hasta Corrientes, maldición, creo que lo único que vi abierto eran un par de lugares de comida rápida con payaso y hamburguesas a la parrilla incluidas; Corrientes hasta Sánchez de Bustamante, no sin pasar por el Shopping del Abasto, imaginándome allí un Luca completamente perdido, pero aun así babeándose como yo con las damas de clase media alta porteña mirando vidrieras con imposibles de pagar, pero dando un espectáculo a los ojos algo más que motivante; luego Sánchez de Bustamente hasta el destino, no mucho más lejos que tres cuadras después de Corrientes.

¿Qué la vuelta fue demasiado larga y podía haber cortado? Sí, es cierto, pero tampoco iba a cruzar por esos extraños y oscuros puentes que eluden el ferrocarril. Podré ser tacaño y algo inconciente, pero valiente jamás. Observando las obras de la nueva línea del Subte que atravesará Pueyrredón, no dejaban de repicar en mí aquellas palabras de Discépolo, que tan bien suenan en la voz del Chino Laborde:

¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?
¿Dónde estaba el sol que no te vio?
¿Por qué una mujer no entiende nunca
que un hombre da todo dando su amor?

Esa Canción desesperada, machista y conmovedora, no me abandonaba y me sentía en clima, mientras notaba como cada mujer – espectáculo en sí mismo – en la que mis ojos se posaban, sí me abandonaba y cómo. Entro en Corrientes y aparece Pugliese en mi cabeza, instalando el recuerdo de aquella foto con su piano, también en el Solís. Dentro del Abasto – sí, ya les dije que entré, era en serio, además tenía que hacer algo de tiempo – Piazzolla se abrazaba con Roos, cosa que me asustó en el papel para maravillar mis oídos después. Sí, ya sé, los que conocen a la Orquesta Típica Fernández Fierro se habrán dado cuenta que mi mp3 cargaba el disco “Mucha Mierda” y lo depositaba en mí (¡ojo! Eso es por comodidad, tengo el original, comprado en el propio Solís el año pasado).

   
       

Diga que llevaba anotada la dirección exacta, puesto que ningún cartel con luces de neón anunciaba el CAFF. Una entrada casi de garaje y unas cortinas de las que usaban mis abuelos para que no entraran mosquitos a la casa eran la extraña bienvenida, aunque ahí cerca un individuo daba las buenas noches e indicaba seguir derecho para desembolsar los diez mangos de la entrada. La socia Nº 14 – así la bautizó el Chino en el correr de la noche – me cobró y me preguntó si estaba solo y, en ese caso, si quería compartir mesa, ya que la OFF quería que la gente se conociera. “Se me dio”, pensé apresuradamente, mientras miraba ala vez las piernas apretadas en un pantalón y los ojos detrás de los cristales de la socia Nº 14. Pero no, esta socia tendría que seguir cobrando entradas, en tanto este cuerpo mío fue a parar a una mesa en la cual una casi abogada antipática – o inteligente, considerando su inesperada compañía – , cuya descripción coincidiría más con el de una rolinga que con el de una tanguera, tomaba su fernet con cola.

¿Cómo describir el lugar? Estímulos visuales: una ex cancha de fútbol de salón o de basket desgastado, un escenario con muchas serpentinas de PH, con un gran rollo de PH, con una bola de espejos, un piano y moscas de utilería; mesas y sillas de los más variados tamaños y materiales; una barra elegante y barata a la izquierda del escenario, ciertos banquillos a modo de locatario y visitante para poder sentarse contra la pared. Estímulos auditivos: The Smiths, B-52’s, Nirvana, Lou Reed, The Verve, Bjork; la lista sigue, está claro, y si algo me gustaría conocer, es la opinión que respecto a esos nombres tienen los veteranos que iban a ver tango y que estaban ubicados bastante cerca del escenario. Estímulos olfativos: mucho olor a lluvia, tal vez restos de mi mojado día de sábado. Estímulos gustativos: nada mejor que la suma de vodka y pomelo para amenizar la espera. Estímulos táctiles: en la previa, mucho para ver, muy poco más que el vaso y la mesa para tocar.
   
       

En un rincón, un flaco en el sillón más cómodo del lugar, leyendo un libro y esperando a la dama. Ya mencione a los veteranos cercanos al escenario. No lejos de allí, grupito de brasileñas/os, que no paraban de reír. Llegaba gente que ya conocía a otra gente mientras destapada cervezas, y la cosa se asemejaba a un cumpleaños en el cual uno no conocía a casi nadie, pero era bien recibido. La casi abogada monosilabeaba respuestas, así saqué algunos instrumentos de lectura, para que acompañaran el vodka.  Por el rabillo del ojo vi tus botas, que apretaban un ya apretado pantalón, negro como tus ojos y tu pelo. Tu vaso a la boca, tu boca a mis ojos. Y se apagaron las luces.

Adiós Bardi, de Pugliese, arrolló las tribunas locales y visitantes. La potencia de la orquesta destapaba las cañerías del lugar mostrando uno de los tangos originales de la orquesta, 011 del “director” Yuri Venturín. Casi de la nada aparece el Chino Laborde para ejecutar las estrofas de Canción desesperada y dar la bienvenida oficial a los que estábamos allí. No voy a hacer el recuento exacto de los tangos ejecutados, pero ese arranque a todo trapo mereció el detalle.

Mientras El Ministro, bandoneonista rasta él, mandaba saludos a un guitarrista rocker que estaba en el público, vos acomodabas tu pantalón y desacomodabas mi visión. Quien a mis ojos resulta lo más parecido al director de orquesta, el contrabajista Yuri Venturín, comenzaba su comunicación con el público en un lenguaje más que particular: presentaba los tangos anteriores con una mezcla de desgano y picardía, una especie de Darwin Desbocatti tanguero, pero con el freno de mano puesto. El vodka se acaba, la moza repone y tus ojos siguen la escena: se sucede una mayor parte de repertorio instrumental, que inserta cada dos o tres piezas la presencia del Chino.

Duelo de bandoneones y contrabajo, contra cuerdas y piano: Recuerdo de Pugliese vs. Zamba de la Candelaria de Falú.  El aplausómetro dirigido por Venturín señala que ganan los bandoneones. Lo cual no resulta nada claro.
   
       

La maravillosa versión de Corrientes y Esmeralda – con recitado de los Twist en el medio – da lugar a Lengua Seca, del maestro Julio Coviello, otro de los tangos originales de la orquesta que integran su último disco. Viento solo, del Tape Rubín y Orlando Goñi nos arriman a un final que ni vos ni yo queremos hacer presente. Esto no sucederá antes de que se haga el lanzamiento del disco por parte del Chino, que aprovecha además para hacer tiempo, dando lugar a que se solucione algún inconveniente técnico. Nos avisa que no hay que irse, que después de la orquesta sigue la fiesta. No se olvida de Tabaco, para que pueda evocar en el humo tu figura.

El cierre coincidirá con el final del disco, esa extraña y maravillosa fusión entre Buenos Aires hora cero, de Piazzolla y Las luces del estadio, de Jaime Roos y Raúl Castro. Si quedaba un resto de respiración, allí lo perdimos: las bolas de espejos giran y distribuyen el flash, el tiempo parece detenerse en un espacio que empieza a parecer desigual. El tiempo detenido se estira, las apagadas encandilan y no te puedo mirar:

Donde las horas pasan más tristes que ella
Igual que una mueca de vieja comparsa
Donde vuelve a piantarse la niña más bella Dejando perfumes que ahuecan el alma
   
       

La mayoría aplaudimos de pie. Aprovecho y me acerco a preguntarte, mientras te volvés a acomodar el pantalón, si es cierto que hay fiesta después de la orquesta.

Orquesta Típica Fernández Fierro:

Violines: Federico Terranova, Pablo Jivotovschii y Bruno Giuntini

Viola: Juan Charly Pacini

Violonchelo: Alfredo Zuccarelli

Contrabajo: Yuri Venturin

Bandoneones: “El Ministro”, Martín Sued, Pablo Gignoli y Julio Coviello

Piano: Santiago Bottiroli

Voz: Walter “Chino” Laborde.

Discografía:

”Envasado en origen”, 2002
“Destrucción masiva”, 2003
“Vivo en Europa”, 2005
“Tango Antipánica”, DVD, 2005
“Mucha Mierda”, 2006

   

 

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