“Conocerse, claro está, que necesita su tiempo, con años que albañilean y años de derrumbamiento…” ¡como me gusta esa canción de Darnauchans! Ya sé si que el poema es de Washington Benavides, pero en lo que a mí respecta, el poema existe desde que Darnauchans comenzó a cantarlo. Y además “conocerse” es algo difícil, en efecto, hasta para decidir qué es de quién…
En mi caso, es un propósito imposible ya que estoy convencida que al conocer algo cambia y pues, exige que se lo conozca otra vez. Así que para mí conocer es inducir un cambio no necesariamente prudente… Mi madre –Digna Pacatta de Mago- me educó en el “no investigues y serás feliz” mientras mi padre –Adagio Mago- se afiliaba a las ideas mecanicistas e investigaba todo, todo el tiempo y trataba de explicar cada cosa con rigor científico. Así que fui educada en un emparedado hogareño clásico y resulté no tener ni la una ni la otra convicción sino ambas muy mezcladas y según me viniera mejor. Lo que reconozco como fácil de entender, es que durante mucho tiempo fui construyendo (albañileando) cosas que con menos tiempo se derrumbaban y ambas circunstancias tenían sentido tanto como sinsentido. Así por ejemplo conocí al hombre de mi vida, me ennovié y cuidaba mi relación como a un tesoro; nos casamos y puse todo mi empeño en ello; convivíamos y me esforzaba en mantener condiciones ideales para que la pareja creciera y con ella el amor… Hasta que luego de catorce años se mudaron enfrente una pareja con sus niños y Atilio, mi marido, se fugó con la más chica. Él contaba con 56 entonces y ella ¡22! El sufrimiento y la confusión no eran nada comparados con mi autoestima arruinada por completo. Ni los consejos zen de mi madre, ni las científicas conclusiones de mi padre me sirvieron entonces; me estaba pasando algo para lo cual no estaba preparada y adoptaba posiciones de víctima y de culpable y ninguna me estimulaba a una vida plena. Claro está que comprendí que no conocía a Atilio ni a mí misma en |
|
 |
|
tales circunstancias y que lo que yo creía amoroso y constructivo no era garantía de permanencia…y no voy a contar ahora cómo salí del paso (porque ¡salí!) y solamente voy a aumentar la idea de que más vale no conocerse tanto ni tratar de conocer y dejarse llevar por aquello que se supone debemos conocer: el sí mismo. Si dejamos que el “sí mismo” actúe con confianza, todo saldrá bien de acuerdo a lo que cada uno es. En cambio si tratamos de conocernos a nosotros mismos y a los otros, nos encontraremos con una aritmética que jamás aprenderemos; que nuestros orígenes Adán y Eva comieran del fruto del árbol del conocimiento no supone que asimilaran el árbol... Ahora puedo contarles que mi frase de vida es “yo que me sé, no me conozco” y esa frase es la que me lleva a hacer y hacer sin esperar un resultado determinado sino un resultado que por ahí albañilea o por ahí derrumba pero siempre me deja la dicha de vivir desde mí. Es decir que en mí funciona la parte del poema canción que dice “es tu voz la que te dice si la promesa es lo cierto” y para no caer en males, siempre tengo presente que esa voz mía puede equivocarse y no es en mi contra aunque me haga sufrir un poquín. |
|
 |
|