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La celebración del cadáver      
       

La generación de los 80: ¿Dónde estabas tú?

     
       

Guillermo Baltar
Fotos de Marcel Loustau

     
       

En momentos de miseria intelectual -somos una sociedad mediocre, sujeta a la vulgaridad de los medios-, la mirada del retrovisor apuntando hacia los 80, desnuda años de controversias y debates. Una ciudad que aún se interrogaba a sí misma y que a través de sus manifestaciones artísticas, había conseguido oxigenar el ambiente de la uniformidad castrense. No sólo la política, sino también la cultura se vieron inmersas en cuestionamientos, sobre sus directrices y funciones, como elementos esenciales para cimentar, construir o reconstruir los rasgos de la identidad. Por entonces, el cimbronazo plebiscitario pareció alentar una suerte de perspectiva distinta para el país. Se le había dicho no a la potestad militar. La rajadura expandió sus grietas y por ellas, comenzaron a aflorar nuevos atisbos de cambio. Sucedió entonces, que mucha gente comenzó “a hablar”. A entrar en una escena para la cual no habían sido llamadas. Se fue perdiendo el miedo a lo monolítico y una suerte de independencias de discursos, distribuyo sus contenidos por la ciudad. Muchas de aquellas apariciones comenzaron a moverse fuera de toda regla y de todo sistema. No sólo el país vivía el comienzo de un nuevo proceso histórico, en términos estrictamente políticos, había también un novedoso “grupo generacional” comenzando a transitar por sus aceras. Su irrupción en la vida pública cambio y  redefinió le imagen de la geografía ciudadana. Fue un temblor que llevó a muchos a replantear sus fundamentos de vida. Les índico también  la voracidad del tiempo. De que había perspectivas más amplias tras el manto censor de la dictadura y de la idea única de cultura y de mundo que poseía la izquierda. Certifico el sesgo burocrático del país, impuesto por los partidos tradicionales e introducidos en los funcionamientos de las políticas culturales. Así como, el difícil camino en las áreas de la comunicación para detentar un perfil crítico e independiente. Alerto que nada es permanente, dejando entrever la escasísima posibilidad de independencia -que hay en el Uruguay-, para hacer viable la existencia de políticas culturales alternativas. Instauró nuevas formas de relaciones y brindó, al planificado y estructurado espacio cultural de la época, una dinámica hasta entonces inusitada. Estableció cambios sustanciales, aunque estos no derivaran en una profundización de sus ideas.  Aunque denostada o ignorada en los 90, fue una generación bisagra y revulsiva, que se aparto del discurso previsto. En la actualidad, otros se han revestido y alimentado de sus logros. De aquellos, muchos partieron al exterior, han muerto o han sido olvidados. Otros se han sometido a las leyes de la comodidad. Sumándose a la disciplina de los discursos dominantes. Los guetos culturales se han multiplicado y los logros de aquella ruptura se han domesticado en lenguajes y comportamientos aceptados. Lo trasgresor se ha convertido en estereotipos de diseño y las tendencias han suplantado los compromisos estéticos. Aunque sus influjos entraron en receso, comenzaron nuevamente a fluir a partir de los primeros años del 2000. Como tal, sus desconciertos y rupturas, intentaron abrir las puertas a un nuevo Uruguay post dictadura. Sus alcances aún no han sido valorados  ni estudiados en profundidad.

 

Estomagos Grabacion del video clip de Avril 1989

 
       
Preparativos de Fiesta      
       

Antes de que la generación joven de los 80 irrumpiera, estaba prosperando en el ámbito cultural y entre sus agentes, un cierto clima de opinión  propenso a la búsqueda e incorporación de otros lenguajes artísticos. Las políticas culturales de la resistencia, hacían que el ámbito cultural fuera poco propenso a los experimentos y acercamientos a determinadas vanguardias. El sesgo ideológico de la cultura fue predominante y si bien, actuó como un elemento valido y primordial, al menos en los primeros años, no supo evolucionar tal como la sociedad lo fue demandando, o al menos, una importante parte de ella. Se volvió hegemónica y se encerró en sí misma. Clausuro el espectro de las posibilidades y retrocedió en años, como sí temiese el poder de los cambios. Ante la posibilidad del advenimiento democrático y el fin de la dictadura, hurgó en su pasado más reciente: los años 60. Revulsivos y paradójicos en otras partes del mundo, inspiraron un modelo cultural, que pretendía la latinoamericanización del país. Ensalzando los méritos de  Revolución Sandinista y teniendo como modelo los logros de la Revolución Cubana. Aupada por un nacionalismo feroz, cuando no por un americanismo, la visión de esta actuó como un punto de inflexión en nuestra historia, promoviendo una visión localista y reducionista de los procesos culturales que estaban en marcha. Lo exterior era considerado acultural, extraño. Las influencias comenzaron a ser llamadas foráneas, el rock (fermental en los 60 y tan cercano a los movimientos de las reivindicaciones sociales y de los derechos humanos) y sus subproductos,  era visto como un agente externo que promovía la penetración cultural del imperio americano.

El control de los medios por parte de los censores del gobierno de facto, se acentuó mediando los 70. Algunos programas sobrevivieron gracias a la inteligencia y los subterfugios expresivos que la urgencia de las prohibiciones obligó a generar. (El Discodromo Show de Rubén Castillo en Radio Sarandí fue uno de ellos). Recién a comienzos de los 80, se vislumbraron nuevas perspectivas por donde la información cultural, comenzó a tejer una suave madeja informativa.  En este aspecto, la aparición de los semanarios constituyó una de las novedades de entonces, como vehículos de información política y cultural e instauraron un nuevo espacio donde ejercitar y desarrollar el pensamiento. Bajo ese clima, la cultura uruguaya inició un incierto camino de búsqueda y controversias.

El fenómeno del canto popular no fue sólo un hecho casual. Quiero decir, su trascendencia fue mucho más allá de su elemento disparador, la resistencia cultural.
El canto popular se consolidó en múltiples manifestaciones que generaron un decir y también una diversidad de búsquedas desde el punto de vista compositivo e interpretativo. El espectro popular se fue ampliando cada vez más e incorporó en sí mismo una multiplicidad de géneros y tendencias. Llegado el fin del período dictatorial, éste también entró en un receso. Los tiempos corrían, pero los procesos de decantación de sus producciones fueron lentos. Si bien el espacio literario estuvo prácticamente dominado por el influjo de la “generación del 45”, fueron apareciendo voces disímiles que en los 80 se plasmarían a través de nuevas editoriales y en nuevas formas de entablar el discurso periodístico. Otro aspecto positivo fue la llegada de artistas e intelectuales que hasta entonces se encontraban en el extranjero. Esta correspondencia de ideas, generó un marco de opinión mucho más amplio y discordante con la acartonada visión que la cultura tenía a través de la acción

 

Forlan, Escanlar, Cisneros, Couto, Michelin...1988

 

militante. El exilio y los incilios desembocaron en visiones contrapuestas de la realidad y de cómo debía concebirse los hechos culturales. Esas rupturas existieron en todos los aspectos del quehacer artístico. En la plástica también hubo una tendencia demonizadora. Sin embargo, algunas vanguardias europeas (Duchamps, Buys…) volvían a recuperar su peso. Las tendencias del arte minimal y las concepciones posmodernistas, se fueron introduciendo de a poco. Artístas como Guillermo Fernandez y Hugo Longa, por citar sólo dos, crearon escuela y grupos como Octaedro y Los Otros abrieron caminos en cuanto a técnicas y conceptos. La dinámica de los acontecimientos, hacía que determinadas urgencias se fueran plasmando en la búsqueda de una identidad más actualizada y menos férrea. Hubo una revaloración del arte conceptual y de la acción a través de las performances e instalaciones. Poco a poco comenzaban a replantearse los conceptos gráficos, aunque su desarrollo no se hizo sistemático hasta muchos años después. El videoarte daba sus primeros pasos (Alvarez Cozzi, Aguerre, Acosta Bentos…) y era prácticamente ignorado como lenguaje artístico, por una crítica que no visualizaba la posibilidad de s
us alcances. La renovación también llego al ámbito de la fotografía. En esos años surgieron nuevos fotógrafos, que introdujeron nuevos lenguajes expresivos y establecieron nuevas formas de lectura visual. (Alfonso de Béjar, Alvaro Zinno, Roberto Fernandez Ibañez, Marcelo Insaurralde…) La escasa y precaria actividad fílmica -heredera de Handler y Ulive-, continuaba ahondando una línea de documento social, donde se destaco el grupo Hacedor. La irrupción del posmodernismo como motor filosófico, no sólo auspicio una cierta perspectiva de libertad intelectual. Su desconcierto, cuando no su ignorancia, generó un proceso de liviandad que desembocaría en el desmantelamiento casi total de la actividad crítica. Mario Benedetti volvía desde España, generando controversias sobre la estatura de su obra y la vigencia de su lenguaje. En los círculos académicos comenzó a revalorarse el papel, las obras y los resultados de las vanguardias nacionales del 900. Mientras que Juan Carlos Onetti, desde Madrid, certificada la perpetuidad de su diáspora.

¿Qué sucedió entonces con el rock, con sus intérpretes y sus agentes culturales?

 

Montevideo Rock Publico 1986

 
       
Juegos de Poder      


  “las horas que van pasando, hoy como ayer, terminan conmigo y con los demás”

                                              Los Traidores.
 

 

 

 
       
Este punto de inflexión es clave para entender por qué el movimiento cultural de los 80, no fue sólo un movimiento signado por una movida joven y por qué, este tuvo el respaldo o la complicidad de ciertos sectores y agentes culturales ya establecidos y generacionalmente mayores, que se vieron de improviso, también representados por sus actitudes y sus razonamientos discordantes con el empecinado entorno que vivía el país. Los años 80 fueron fundamentales para cerciorarnos de que estábamos vivos y en ese aspecto aportaron un empuje renovador. Fue una ruptura en nuestro cansino paisaje, agotado por el sometimiento a una cierta idea de lo que el Uruguay debía ser. Aquellos jóvenes  provenían de las primeras generaciones que realizaron sus estudios escolares y liceales bajo las reglas impuestas por el  CONAE. Que había sufrido represiones e intentos de despersonalización, fraguadas desde los impuestos cortes de pelos y largos de faldas, o las detenciones injustificadas, hasta las llamadas clases de Educación Moral y Cívica que con sus  textos había impulsado Wilson Craviotto (los Craviotextos).  Algunos de esos chicos también provenían de familias que pertenecían a partidos de la izquierda o que simpatizaban con ellos. Tanto en lo musical, como en el ámbito de la plástica, la escritura y el periodismo. La juventud volvía a expresarse a través de sus lenguajes y sus códigos.
     
       

Sin antecedentes directos con las primeras generaciones del rock nacional, aquel movimiento surgido bajo el influjo de Los Estómagos, nació en el extrarradio capitalino. En la ciudad de Pando, la historia es sabida. Tras una primera actuación en un festival en el Teatro del Anglo, toman contacto con quién seria su cómplice artístico en esos años iniciativos. El aporte de Gonzalo López (Gonchi) fue sustancial. Llegado de un Madrid que bullía en su “movida”, supo generar alrededor de la banda un contexto propicio, en el que sus integrantes pudieran asentar sus lazos de identidad con la realidad nacional. El uso del  lenguaje y las temática abordadas, hacían que el resultado artístico, fuera un producto claramente uruguayo.

 Entre 1980/84 era prácticamente imposible para un grupo de rock, encontrar sitios en donde poder tocar. La desconfianza, la poca seguridad de una compensación económica por ventas de entradas, el casi monopolio de la mayoría de las salas montevideanas y clubes a manos de las manifestaciones del canto popular o cercanos a él y los “candombailes”, hacían que la difusión de sus propuestas se limitaran a sitios inadecuados, con instalaciones precarias y fuera del espacio tradicional del circuito cultural. De esta manera, la primera actuación de la banda se realiza en el Centro de Protección de Choferes de Pando. Entre luces inexistentes y amplificación precaria, Los Estómagos debutan ante no más de veinte personas. Gabriel Peluffo, Gustavo Parodi, Fabián  Hernández y Gustavo  Mariott comenzaban a hacer historia. Los primeros carteles de la banda, eran fotocopias con un diseño que imitaba con técnica de collage y tipografía a letras recortadas, la estética de los afiches punk de los 70 y en donde “Gonchi” había introducido a letras pequeñas una sugerente frase: Pando: ¿ciudad industrial? En la capital realizan sus primeras actuaciones en el Club Ferrocarril. La Cueva del Gato, el pub Graffiti, el Leasy Ranch, fueron luego unos de los primeros lugares en cobijar a los nuevos grupos del rock nacional. Paralelamente, músicos ligados al canto popular, comenzaron a escuchar a The Police. La banda británica, a través de Sting, asumía internacionalmente su compromiso político en la defensa de los derechos humanos. Su musicalidad y mensaje instauró una zona de aceptación, e influyó notoriamente, tanto en la obra de algunos jóvenes como en la de sus mayores. La aparición de Baldío (donde la cabeza visible era Fernando Cabrera) significó en parte, la adopción de esas estéticas a la vez que mantenía su pulso identificatorio con la corriente del canto popular y el destello luminoso de la galaxia de la beatlemanía. “Estás acabado, Joe”, “Canciones de amor”o “Llanto de mujer”, son  también himnos de esos días.

 

Guillermo Baltar junto a Los Tontos en la entrega de su Disco de Oro Palacio de la Musica 1986

 
       

Ninguna actividad artística estuvo ajena a los cambios y las innovaciones. Sucedió en la plástica, en la literatura, en la danza, el teatro y la música. Ediciones de UNO fue para los poetas y escritores una alternativa a las editoriales tradicionales. Las lecturas y performances de UNO, se realizaron en sus comienzos en espacios extra literarios. Espacios casi clandestinos como cooperativas de viviendas, peñas estudiantiles o encuentros sindicales. Luego estos se fueron ampliando y llegaron tanto a los espacios de rock, como a los del canto popular o los ámbitos académicos. Aspectos que marcaron su singularidad y pluralidad en cuanto a la amplitud de su ideología cultural. Rompieron el esquematismo de la gráfica editorial, renovaron las propuestas de diseño e incorporaron trabajos de diferentes plásticos de la época. A fines de los 80´ apareció Vintén Editor, bajo el impulso de Sarandy Cabrera. Ambas son esenciales para entender buena parte del proceso cultural de esos años. Así como la revista Poética de Álvaro Miranda y Maldoror de Carlos Pellegrino. Años atrás, la Pagina Literaria de Tribuna Salteña dirigida por Leonardo Garet, los Cuadernos de Granaldea y las publicaciones de la Feria del Libro y Grabados, habían oficiado como espacios posibles para la difusión de nuevos autores

     
       
El ejercicio creativo se vio también alentado por la apertura informativa y por la llegada de muchos de los que estaban viviendo en el exterior. Montevideo era una ciudad con energía.  Las radios y las FM. volvían a adquirir importancia difusora. El auge de los semanarios consolido nuevas voces y diferentes formas de hacer y entender la actividad periodística. Fue una primavera periodística donde surgieron nuevos agentes de la comunicación. Las pautas del nuevo periodismo fueron cada vez más utilizadas, incorporando elementos literarios a su lenguaje, desarrollando nuevos rumbos expresivos y críticos. Entre ellos “Caras más Caras” en Radiomundo, que instauró un nuevo espectro comunicacional. En él confluían la trasgresión inteligente y el sesgo cultural como idea primordial, realizado a través del desenfado, marcando una época e inaugurando un vehículo entre los jóvenes. También la irreverencia del “Subterráneo” del  Dorado FM, donde Daniel Figares  dejaba entrever su inteligencia y  Petinatti su voraz hambre mediática. Una emisora desde la cual, Carlos Dumpierrez refundo el panorama radiofónico en el aspecto musical.  En CX 26 Emisora del SODRE, “Meridiano Juvenil” (quién fuera durante años el único programa en emitir diariamente música rock), acomete una renovación en sus estilos y comienza  a difundir nuevos intérpretes del rock internacional y también nacional. Rockola Promotores de Romancho Berro, aparece como una nueva opción de producción e inaugura ciclos de recitales en diferentes salas de Montevideo e interior. Desde el Palacio de la Música, Alfonso Carbone se convirtió en uno de los difusores claves del rock de los 80. Junto a sus colaboradores (Ricardo Dandraya, Jorge Avegno, Daniel Prosdocimo, Raúl Forlan, Sergio Perez), tanto desde la FM del Palacio o en sus programas en el entonces Canal 5 (Alternativa y Video Clips), instauró en torno a él, una base de operaciones desde donde poder proyectarlo. La grabación del disco “Graffiti” y su presentación en el Teatro de Verano fue el lanzamiento formal de aquellos primeros grupos de rock nacional. (Para algunos también su defunción).
 

Daniel Figares

 
       

Estos hechos y particularidades desembocaron también en la aparición de fanzines, revistas subterráneas, performances e instalaciones, actividad graffitera como nueva repuesta  muralen contraposición a las pintadas y slogans políticos, cambios abruptos en la estética personal y en el uso del lenguaje y los comportamientos. El fanzine GAS (Generación Ausente y Solitaria), que se repartía los sábados en la Feria de Villa Biarritz, fue el portavoz de la segunda camada de los 80 e inauguró un circuito alternativo. Jóvenes que surgían bajo el influjo de la incertidumbre de la nueva democracia, sin más lazos directos con el Uruguay que había sido, que el entorno familiar o cierta proximidad afectiva. La desconstrucción del imaginario estaba en marcha. Revistas como La Oreja Cortada, confluía con otras más jóvenes como Abrelabios, Kable a Tierra, Suicidio Colectivo y Kamuflaje entre otras. La aparición de suplementos dedicados al fenómeno también fue un aspecto singular y contribuyo a su difusión, aunque estuviesen en su mayoría, enfocados desde un punto de vista comercial. Así como una cierta competencia entre las dos grandes Companías de bebidas gaseosas, por hacerse con las posibilidades del mercado. (Hecho que finalmente -y con el tiempo-, termino llevándose una cerveza, La Pilsen).

 La irrupción de una nueva estética traducida en nuevos peinados, caravanas y cambios en la vestimenta. La proliferación de los colores o el uso sistemático del negro en aquellas estéticas dark. Rasgo que inconscientemente los empatía con el oscuro existencialista (o anarco) que a partir de los últimos años de los 50 se proyecto en todo los 60, en los ámbitos próximos a las vanguardias. Así como también una mayor comprensión y apertura a las diferentes búsquedas, gustos y apetencias sexuales. En ese camino coincidieron con una parte importante de sus antecesores. Así surgió esa confluencias de caminos, en donde paradojalmente, dos generaciones, y quizás tres, se vieron involucradas, donde el debate y los posicionamientos eran sistemáticos y donde la proliferación de mesas redondas sobre la cultura, era cosa de todos los días. Más allá de sus alcances, estos hicieron repensar el imaginario a la vez de cuestionarlo. Instauraron nuevas formas de comunicación, desarrollaron y profundizaron nuevos lenguajes y códigos de relaciones. El Uruguay estaba aún lejos de los procesos y cambios hegemónicos que la globalización traería consigo. Se instauraron o consolidaron espacios donde la actividad cultural se democratizo. De carácter aperturistas dieron cabidas a múltiples manifestaciones, en sus diferentes conceptos y tendencias. La Feria del Libro de Nancy Bácelo y el Teatro del Notariado bajo su dirección, fueron lugares siempre abiertos a estas manifestaciones.  La Biblioteca Nacional bajo la dirección de Enrique Fierro, promovió ciclos de lecturas, debates y recitales poéticos y dio el marco necesario para el acercamiento de nuevas voces latinoamericana. La llegada de Néstor Perlongher fue uno de sus puntos álgidos, donde un público ávido y necesitado de

     

nuevas poéticas se vio reconocido. El regreso de músicos excepcionales, como los hermanos Fattoruso, Rúben Rada, el  propio Ross y Jorge Nasser, propiciaron los reencuentros y exploraciones de los ritmos propios y de fusión. La Cinemateca Uruguaya se adhirió a esas políticas aperturistas y sus programaciones fueron ganando en diversidad. Su papel como institución integradora de la cultura en esos años, junto al Teatro Circular, fue tan esencial como lo había sido en los 70. Esos espacios de libertad también se dieron en las instituciones culturales extranjeras. Fundamentales en los años más oscuros de la dictadura. La cultura a través de exposiciones, conciertos, cursos y workshops, se acrecentaba en ellos. El instituto Goethe donde la tarea fundamental del NMN  (Núcleo de Música Nueva), situó por años su centro de operaciones. El ANGLO y la Alianza Francesa -entonces en la calle Soriano-. En este último, su Ciclo de Canto Popular catapultó a los 80, voces como la de Fernando Cabrera, Rúben Olivera, Maslíah o al propio Eduardo Darnauchans, entre otros. Allí mismo Jorge Lazaroff, ya en su versión solista, comenzó a instaurar su discurso innovador. Generando una trasgresión estética que por ser única, nadie a podido retomar. Desde allí, Teatro Uno fue el difusor primordial del “teatro del absurdo” de Beckett. También la crueldad de Artaud o las obras de Vian e Ionesco, junto a otras propias. Entre ellas “Haciendo Capote” y “Salsipuedes”. Luego el Teatro Tablas de Restuccia, donde Ahuchaín estrenó sus primeras obras y generó una renovación en el lenguaje de la escena nacional. Grupos como La Comedia Peñarol y el Ku Klux Clown aportarían hacia fines de los 80, una veta de humor y reflexión que aún no ha sido retomada. El Teatro Circular también abrió sus puertas y la cultura popular y el rock (o la modernidad) comenzaron a transitar, gracias al primer concierto de la Tabaré Riverock Band. El ciclo de conciertos y performances del “Cabaret Voltaire” que en sus presentaciones  de 1986 y 1987, en la Alianza
Francesa y en el Anglo, instaurarían el primer espacio independiente de la cultura emergente. El primer “Montevideo Rock” de 1986, donde se comprobó que el rock podía llegar a ser masivo y que su poder de convocatoria iba en aumento. En 1988 se realiza “Arte en la Lona” en Palermo Boxing Club. El cuadrilátero como escenario. Metáfora del  pugilato cultural y sus nock out , donde confluyeron diferentes generaciones necesitadas de canalizar sus búsquedas, inquietudes y descontentos. Este evento constituyó la base argumental del documental de Guillermo Casanova, “Mamá era punk”. Un esfuerzo por captar las certezas e incertidumbres de esa franja de jóvenes. Finalmente “El Circo”, que se desarrolló en el Parque Batlle junto a la Pista de Atletismo, cerró el año con un sin número de presentaciones plurales, a lo largo de todo el mes de diciembre. Una prolongación de la actividad artística que el pub “Laskina” venía haciendo. Lugar donde los Redonditos de Ricota tocaron por primera vez en Uruguay, a pesar de su estrechísimo escenario. También debemos recordar la muestra de “Titanes en el Ring” realizada en el Centro de Exposiciones de la IMM. Un homenaje a Martín Karadajian y su troupe de payasos luchadores. Héroes de toda una generación, revisitados por Renzo Teflón (Los Tontos), Alvaro Ahuchahín y otros amigos. Espacios de libertad artística, surgidos tras el impulso renovador de Tomas Lowy como responsable del Departamento de Cultura de la IMM, y que tuvo como punto de partida, la celebración de un concierto de varios grupos y solistas en el parque de Villa Biarritz. El “Comuna Fiesta” de 1984 tras la asunción del Partido Colorado al poder.

Continúa en la página 9

 

 

Cabaret Voltaire Teatro Anglo Macach¡n lecturas de poemas 1988

 

 

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