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Mis ojos del 80, se ven mucho mejor desde los 90…

     
Pulga Pavlovich      
       

A no esperar de las líneas que siguen aquí debajo un raconto completo de bandas o discos. Descreo de la objetividad, pues cualquier recorte de la realidad, se hace desde algún sitio. Pero lo que sigue es total y abiertamente subjetivo, parcial y laberíntico, como los recuerdos que quedan en la cabeza de alguien que nació en el Año de la Orientalidad y que pretende haber bebido el menos algo de la cultura rock. Pero la década del 80 me quedaba grande…

Te lo cuento a vos, que algo me conocés. Que tal vez la cultura rock no te entró en la sangre por cuestiones generacionales, por cuestiones geográficas o simplemente por cuestiones de interés. Pero, asimismo,  sé que puede llegar a interesarte.

Claro que conocí el rock nacional de los 80, lo disfruté en los bailes de lluvia de sexto de escuela junto a Abuelos de la Nada, al primer Soda Stereo, Virus, Miguel Mateos y Zas – te acordás de “Tirá para arriba”? -, alguito de Sumo y casi nada de los Redondos. Entre el jugolín, el baile de la escoba y el 80-90-100 (¿Qué nunca jugaste a eso? Después te explico…) se colaba el Himno de los conductores imprudentes (Tontos), Fuera de Control (Estómagos) y Viviana es una reaccionaria (Traidores).
   
       

Alguna que otra vez también aparecía Patada en el bajo beat (La Tabaré) y FM Maníaco (La Chancha Francisca). Pero yo aún no sabía de qué estábamos hablando. En una Nochebuena apareció el primer cassette de Los Tontos. Llegaron los doble cassetteros y además de grabar Rigga (Zero) del Ranking de El Dorado (100.3 de su F.M.), podíamos piratear nuestras propias grabaciones, también aquellos cassettes  Serie Super de Orfeo. Mi vieja me regaló  “Tontos al natural”, que venía enlatado, en un día del niño y era el tipo más feliz del mundo. Pero aseguro, siendo reiterativo, que aún no tenía idea de lo que tenía en mis manos. Es cierto, llegué a disfrutar de “La cueva del rock”, programa televisivo conducido por Los Tontos que iba los sábados a la tarde por canal 4. Allí, Renzo Teflón, Trevor Podargo y Calvin Rodríguez acompañaban una escenografía extraña - liderada por una bañera -, hacían entrevistas y presentaban algunos videos de una forma mucho más entretenida que Alfonso Carbone, que por entonces conducía “Video Clips” en canal 5.

En tren de confesiones, podría asegurarte que en mis dos primeros años de liceo estaba muchísimo más preocupado por Clave de Sol - ¿te acordás de Leo Sbaraglia y Pablo Rago? -, por los primeros amigos liceales y por Ana Laura, que se tomó toda la semana de vacaciones de primavera – sí, en aquellos tiempos duraba una semana entera – para pensarlo y decirme que no se quería arreglar conmigo. Ya en ese momento podía ponerme a llorar con Sui Generis, con los cassette que me había prestado el Guille, el vecino del frente con el cual fui a para a la Seccional 13ª por estar en un murito a la noche, al lado de casa. 

Así que, de esa mezcla de infancia y pre-pubertad no podría contarte mucho más en el plano musical de lo que ya he dicho hasta ahora. La cultura rock me abrazó en los 90, en el momento en que íbamos a bailar y la división era tripartita: la cumbia – que tenía sus lugares exclusivos -, la marcha – que luego devino en la electrónica actual y que tenía sus lugares pero a veces alternaba -, y el rocanrol. Y no estaba de moda pertenecer a las huestes rockeras. Es así… yo llegué medianamente en serio al rock cuando Los Estómagos ya se habían despedido en el Cine Cordón
   
       

No sé bien cómo es ahora, pero supongo que hay lugares donde se baila rock sin mucho misterio; apuesto a que tenés mejor idea de eso que yo. Los locales que había en aquel momento se contaban con los dedos de la mano: Stazione, en la calle Constituyente, que creo no llegó a durar tres meses; Katmandú, primero en Punta Gorda, después en Br. España; Cactus, donde había estado el anteriormente nombrado; D-2, también en Punta Gorda; y en términos parciales, alternando marcha y rocanrol estaban La Factoría y Tom-Tom (increíbles las excursiones que hacíamos para llegar hasta ahí, más largas e intrincadas que las que me llevan hacia tus ojos).

No te voy a mentir, el rock nacional no era lo que más pasaban en ese momento. Cierta euforia había bajado y había hecho desaparecer grupos. Oliver Stone había puesto a Morrison en la pantalla grande y nos devolvía a los Doors, Freddy Mercury había muerto y Queen volvió a explotar, los Guns’n Roses ponían al hard rock en la palestra abandonando el glam, Nirvana rompió todo con “Nevermind” y todos saltábamos al ritmo del grunge, mientras yo vestía mi remera con la tapa de ese disco debajo de una camisa abierta… Desde la otra orilla ya gritaba fuerte Patricio Rey, ya escuchábamos todos los discos de Sumo y conocíamos de sobra a Fito, Charly y cía… Pero había un lugar abierto, en donde entraba el rock nacional, que no ignoraba lo que había pasado en la década anterior. No iré en orden cronológico, simplemente trataré de acomodar como van llegando los recuerdos que están en mi cabeza. Y no me mires demasiado, que me desconcentro.
   
       

Así, presenciamos el primer Teatro de Verano de Buitres, presentando el disco – ya en formato cd – “Maraviya”, mientras Ojos rojos nos hacía agitar en todo boliche que pasara algo de rocanrol. Los Traidores habían grabado “En vivo en La Factoría” y andaban en esas idas y vueltas que duraron años. El Candombe de la aduana de Níquel ocupaba las radios y tampoco faltaba, si incluso hicieron un Solís (Guambia que en ese disco está incluso el Sr. Skay Beilinson como invitado).El Cuarteto de Nos había regalado hacía un tiempo sus formidables “Canciones del corazón” y después tocaron hasta en el Interbailable su “Otra Navidad en las trincheras”, el tesoro más vendido de Ayuí.

Recorríamos pubs y encontrábamos joyas. En la calle Yaguarón ya no había Amarcord, pero Barrabás nos mostraba a La Chancha en formato siete u ocho personas – donde Alejandra Wolf ya nos hacía suspirar – tocando bajito para que se escuchara mejor. En Paralelo 27, plena principal avenida, viernes sí y viernes sí tocaba El Conde de Saint Germain para nosotros, cuando existía la dupla Berocay – Faccini que nos volaba la cabeza con la canción Pink Floyd, mientras no llegábamos a ser cincuenta los que allí estábamos. Nos podíamos topar al Darno - ¿cómo olvidarte en esos noventa, Eduardo? – en Amarcord de la calle Convención, o tal vez en algún otro boliche… Y con el gordo Mauro nos fuimos a Zorba, en Solymar, donde tocaba una Trampa que recién arrancaba con La Tabaré pre Wolf y post Davidovics, ese rato cantó Raquel Blatt. Ahora que me aburre Trotsky, no voy a dejar de decir que nos divertía y que estábamos orgullosos de que teloneara a los Ramones en un inescuchable e inacústico Palacio Peñarol.

Los 90 fueron corriendo y daba la sensación que el rocanrol había tenido que retroceder dos pasos para tomar impulso. Que su exilio de las radios y la desaparición del sello Orfeo era un mal necesario para renovar energías, hasta para abrir un abanico que, algunos dicen, en los 80 era más cerrado. Así llegó el Peyote Asesino, que pateó las puertas, grabó dos discos y dejó desparramados creando a cinco formidables músicos uruguayos. Creo que la primera vez que fuimos con mi hermano a un recital estaban ellos. Fue en AFE, abrían dos bandas nuevas: Tercera Piedra y La Vela Puerca, antes de que los conociera nadie, de Argentina venía Tintoreros… creo que después de eso tocó Trotsky, pero no lo puedo asegurar. El Peyote tocó sin Carlos Casacuberta, que se había accidentado y cerró Buitres, para que ya las féminas deliraran a los gritos cuando Peluffo cantaba Una noche.
   
       

Y existió El Circo y el Circo 2, y ya estaba en la vuelta La Abuela Coca, que inclusive en una Navidad tocó en el Velódromo!!!! Aparecía también Exilio Psíquico, que en la sala más chica del Anglo nos voló la cabeza cuando sólo eran el Tano Angelieri y Orlando Fernández.  La X organizó aquellos Rock de Acá en el Teatro de Verano, que pusieron a La Trampa en primer plano, aún antes de que saliera “Calaveras”, cuando el Maestro Edison Bordón los acompañaba con su bandoneón en Dulces Tormentos y alguna otra. Tal vez haya sido allí – tenés que disculpar los borrones de mi cabeza, la cultura rock también mató neuronas – que Claudio Taddei, tipo que tenía clarísimo lo que era el pop, montaba un show en serio; y creo que hasta Zero metió un regreso por aquel entonces. Pasaban los años y los músicos… y La Tabaré seguía en el cartel principal, ya con la Wolfita – Tabaré dixit en “Sabotaje” – como front woman. Hasta recuerdo a los Buenos Muchachos casi arrancando, mientras hacían de soporte de Divididos y Las Pelotas junto a Neanderthal, en un Teatro de Verano lleno por donde lo mires. Así como sin creer en mañana no hay hoy, tampoco hay hoy sin un ayer que dejó sus marcas. El rocanrol de acá disfruta su mejor momento mediático y, dentro de mí, fueron éstos los que pusieron las piedras.

Claro, vida mía, hoy estoy más viejito… Hoy quiero sentarme cómodo en la Sala Zitarrosa mientras me mirás a los ojos; como mucho, me seduce un Teatro de Verano, porque sé que voy a poder ver casi desde cualquier lado con mi metro y medio. No hago las excursiones que hacía, ni me emocionan las bandas de ahora como antes lo hacían otras. Pero no voy a dar patadas de viejo, porque no sólo cambió la escena, sino que he cambiado yo. Sin renegar de lo que hay ahora, levanto la copa por aquel rock de los 80, que puso esas semillas que coseché en los 90 y, grado más o grado menos, han hecho el tipo que hoy se para, no muy alto, frente a tu sonrisa.
   

 

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