Unos años atrás supe tener 3 trabajos. Hay dos que no vienen al caso pero el tercero es el que me lleva a escribir este cuento.
A los 24 años tenía un currito que era el de hacer un juego en restoranes y boliches. Quien me había contratado suponía que, como yo, era actor, y estaba en condiciones de animar un juego pedorro en un restorán con decenas de personas que lo último que quieren es que venga un tipo a cortarles la digestión.
Nota 1: Sepan todos los que dedican horas de su tiempo a pensar en boludeces para salir de la pobreza (llámese “salir de la pobreza” a armar un juego horrible para hacer en restoranes creyendo que la gente va a correr eufórica desgarrándose las ropas de alegría mientras juegan con su invento) que uno por ser actor, no tiene porque estar preparado para pasar semejantes papelones. ¡Nosotros también tenemos vergüenza! Ya está lo dije.
Continúo con el cuento luego de la catarsis. La cuestión es que luego de hacerlo varias veces en distintos lugares llegamos a una parrillada que no recuerdo bien su nombre ni donde queda, por suerte.
Mientras espero para hacer el juego llegan algunos amigos para hacerme el aguante.
Nota 2: No es recomendable exponerse delante de los amigos a este tipo de acontecimientos ya que además del bochorno uno debe soportar las gastadas.
Al rato el juego se sucedió como en todos los lugares donde lo hicimos, o sea, ni mis amigos jugaban.
Consistía en el clásico entretenimiento de preguntas y respuestas. Yo entregaba una hoja y hacía preguntas a los comensales y ellos debían responder en la hoja, todo una novedad. El premio era una cena en ese mismo restorán. ¿¿??
Todo transcurrió sin ningún tipo de problemas hasta que mi monólogo, o sea, el juego llegó a su fin.
Al terminar, por lo general el local nos invitaba con algo a mi y a la “mente brillante” del creador del juego. Es ahora donde viene lo bueno.
Me acomodo en la barra y como para no empañar mi imagen me pido un whisky.
En la barra había un señor de unos 55 años con una anciana de unos 80 años.
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