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Historias verdaderas      

Julio Bengoa

     
       
Los años dorados      
       

Unos años atrás supe tener 3 trabajos. Hay dos que no vienen al caso pero el tercero es el que me lleva a escribir este cuento.

A los 24 años tenía un currito que era el de hacer un juego en restoranes y boliches. Quien me había contratado suponía que, como yo, era actor, y estaba en condiciones de animar un juego pedorro en un restorán con decenas de personas que lo último que quieren es que venga un tipo a cortarles la digestión.

Nota 1: Sepan todos los que dedican horas de su tiempo a pensar en boludeces para salir de la pobreza (llámese “salir de la pobreza” a armar un juego horrible para hacer en restoranes  creyendo que la gente va a correr eufórica desgarrándose las ropas de alegría mientras juegan con su invento) que uno por ser actor, no tiene porque estar preparado para pasar semejantes papelones. ¡Nosotros también tenemos vergüenza! Ya está lo dije.

Continúo con el cuento luego de la catarsis. La cuestión es que luego de hacerlo varias veces en distintos lugares llegamos a una parrillada que no recuerdo bien su nombre ni donde queda, por suerte.

Mientras espero para hacer el juego llegan algunos amigos para hacerme el aguante.

Nota 2: No es recomendable exponerse delante de los amigos a este tipo de acontecimientos ya que además del bochorno uno debe soportar las gastadas.

Al rato el juego se sucedió como en todos los lugares donde lo hicimos, o sea, ni mis amigos jugaban.

Consistía en el clásico entretenimiento de preguntas y respuestas. Yo entregaba una hoja y hacía preguntas a los comensales y ellos debían responder en la hoja, todo una novedad. El premio era una cena en ese mismo restorán. ¿¿??
Todo transcurrió sin ningún tipo de problemas hasta que mi monólogo, o sea, el juego llegó a su fin.
Al terminar, por lo general el local nos invitaba con algo a mi y  a la “mente brillante” del creador del juego. Es ahora donde viene lo bueno.

Me acomodo en la barra y como para no empañar mi imagen me pido un whisky.

En la barra había un señor de unos 55 años con una anciana de unos 80 años.

   
       
Él, con un peinado muy “Juan Andrés Ramirez”, bien vestido, con una campera de gamuza marrón, una buena camisa celeste marca Polo y un pañuelo con arabescos al cuello. La anciana, no tan arreglada como él, llevaba un vestido negro, un saco de piel de no sé que bicho pero estaba muerto seguro y con alguna que otra joya en sus manos.

De pronto el hombre se me acerca y me dice que el juego les había gustado mucho. Hoy por hoy pienso en ese momento y no sé cómo no me di cuenta que algo oscuro estaba por suceder, porque el juego era infumable.

Siguió halagando mi trabajo y me presentó a su tía. Saludo a la anciana y sus palabras me hicieron lagrimear pero no de emoción sino por la baranda a chupe que tenía la vieja. La “abuelita” ya se había clavado como 5 whiskies. De todos modos no se le notaba mucho al hablar porque se le veía en la cara el grado de cultura alcohólica y además el “corega” es un producto genial. La charla siguió en un tono  muy ameno y cordial.

En ocasiones notaba que la anciana le decía cosas al oído a su sobrino y éste sonreía y la apartaba suavemente.
   
       

Por un momento llegue a pensar ¡qué divina la vieja!... ¡cómo a su edad sigue saliendo de noche y divirtiéndose con su sobrino, pensar que hay veteranos que con mucho menos edad se comen un puré de zapallo y se acuestan a dormir a las 8 de la noche...qué simpática! Hasta llegué a pensar ¡ojalá mi abuela hubiera sido así!

En ese momento ella dijo algo que no entendí muy bien y que me sacó de mis inocentes pensamientos.

 -  “¿perdón?” le conteste con el tono en que un nieto le habla a su abuela.
 -  “¿Querés que te chupe la pija?” me dijo mientras intentaba tocarme el sustantivo de                              la oración.

¿¿What?? El verbo “chupar” y la palabra con “p” nunca pueden ir juntas en una abuela de ¡¡¡80 años!!!

Y permítanme decirles una cosa aunque suene retorcido, fue imposible no imaginar a la abuelita hincada mientras yo le acomodaba la peluca. No se que me dio mas asco si la frase o mi imaginación.

Ahí nomás empecé a agitar mi cabeza mientras, involuntariamente, de mi boca salía un tímido “no, no”. Por suerte vino el sobrino y apartó de mí a la decadente fiera sexual que trastabillaba sobre mis rodillas.

“Muchas gracias por todo”dije y me fui rápidamente del lugar.

La pobre vieja al día de hoy ya debe estar 5 metros bajo tierra, pero la anécdota sigue rondando hasta el día de hoy en reuniones con amigos.
La abuela que me quiso felar y ni siquiera me tiro 200 pesos

   

 

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