Manual de floricultura musical.
Supón que te instalas en uno de los cómodos sillones del antiguo Cine Central.
El almanaque dice que es un 8 de diciembre y tu reloj marca las 22.30 P.M.
Supón que estas dispuesto a embarcarte en ese viaje musical. Martín Buscaglia y sus Bochamakers te invitan. Llevas un pequeño Evangelio de fe bajo el brazo.
Has cruzado el reino plancha que todos los sábados se instala en la avenida dantesca.
Has llegado un poco a trompicones y esperas junto a otros devotos. Te aprestas a una clase singular de floricultura musical.
Extraña congregación la que te rodea. Los fieles llegan de a poco. Solitarios o en grupos. Bolas rojas penden del techo. Hay un espacio circular donde los devotos transitan. Hay una circularidad de afinidades en esa búsqueda del jardinero lúdico. Un jardinero que poda y cultiva argamasas de músicas mestizas.
¿Por que “El Evangelio según mi jardinero” de Martín Buscaglia es mi disco del año?
Porque suena fresco y vital. Diferente a todas las cadencias estentóreas que vengo escuchando desde hace mucho tiempo. Fresco también sonó en el Central, y en cada una de las oportunidades que pude verlo a lo largo del 2007. Tanto en la Sala Zitarrosa, o en versión unipersonal en el Espacio Guambia. Despojado de sus Bochamakers (Martín y Nicolás Ibarburu y Mateo Moreno), pero repleto de ideas y de artefactos singulares a los que ha provisto de alma.
Acostumbrados a lo grotesco. A la irreverencia de multitudes arropadas por el alcohol y el festejo inútil. (¿Hay acaso algo que festejar? Esos “hijos del rigor” a los que canta la Trotsky ¿qué harán mañana una vez muertos sus padres, sin estudios ni posibilidades de competir por la supervivencia con los hijos de los asentamientos y los basurales?). Generaciones que se suicidan lentamente -porque el tiempo aún parece eterno- incapaces de emprender alguna iniciativa opuesta a la inanición fiestera de la masacre tribal.
Ante estas canciones desgastadas en su propio discurso, las canciones de Buscaglia bucean en su mundo interior; el autor nos propone un tour de humanidad a través de ellas, y en eso reside el valor de sus composiciones, en la singular trama que ha tejido y orquestado en base a mixturas y redefiniciones de géneros y tendencias. Fuera de la simpleza trasnochada, hay en Buscaglia un aparente nexo conductor entre varias generaciones. Pocos pueden como él ofrecer ese puente atemporal. Sucede con Darnauchans, sucede con Cabrera. No sé si Martín es aún consciente de esto. Su propia herencia lo ha forjado en ese cruce de caminos y tiempos, y está en su propia indagación realizarlo o no.
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En un país lleno de despropósitos, no me ha extrañado encontrar voces divergentes en torno a la su obra. A estas alturas, uno tiene el oído afilado para separar la paja del trigo. Huelo atisbos de envidia hacia esas regiones donde lo fronterizo se instaura como signo de riqueza, no de enfrentamiento. Es cierto que Buscaglia instaura un hilo conductor, a través de su formación musical y sus referentes culturales. Su habilidad reside en eso, en haber conformado un universo propio, un lenguaje tan personal, como personales han sido los caminos de sus padres. Cuando asume el rol de un verdadero frontman su acción sobre el escenario no escapa a las insinuaciones, por así decirlo, “performáticas”. Hay una destreza gestual que lo enriquece, sin llegar nunca a la saturación de ser su “propio personaje”. De sus textos se pueden hacer varias lecturas. Este juego que propone, lleva al lector atento a leer indagar sobre sus referencias más inmediatas. Sólo o arropado por su banda, Martín Buscaglia propone un juego luminoso. Acercarse a él, predisponerse a esa indagación lúdica, supone un adentrarse por jardines y mundos particulares. Deberíamos hablar de su energía positiva. Hay en este jardinero -en este constructor de canciones- una alegría extraña, casi vocacional, por compartir.
Indagación de mundos y sonidos, algo más que el guitarreo socarrón y feedbacks superpoblados de impedancias. Hoy, donde todo está estructurado y categorizado de forma irredenta, la música de Buscaglia aparece como un mantra hipnótico y redentor.
Por eso (en un año en donde también hubo otras poéticas y músicas redentoras:
“Viajera” de Malena Muyala), “El Evangelio según mi jardinero” es mi disco del año. |
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