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Indio: por esta vez humano, demasiado humano      
Pulga Pavlovich      
       

Desde aquellos casettes regrabados – comprados en una disquería que ya no existe, situada en la galería Gran Canal – con “Un baión para el ojo idiota” y “La mosca y la sopa”, pasando por mi primer recital en el estadio de Racing de Avellaneda, hasta la salida de “Porco Rex” ha pasado mucho tiempo y mucho agua bajo el puente. Sin embargo, con algún vaivén y algún sube y baja, aún está la conmoción, el estremecimiento y hasta la ansiedad ante la salida de un disco redondo.

Porque más allá de las separaciones, hay cierto hilo de continuidad. Sea porque los últimos discos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota – “Último a bondi a Finisterre” y “Momo Sampler” – son más un proyecto Solari que producto de la banda, sea por el velo que llevo puesto y me deja ver poco, creo que los discos del Indio son la lógica continuación de la discografía redonda, desde el uso de máquinas en la música hasta esa lírica a la que, aunque Skay se esmere, no se puede acercar. 

Fue por una lluvia que realmente moje…

Entre los primeros exámenes del liceo y las salidas de viernes y sábados a la noche, comencé a darme cuenta que me había perdido de algo: dos años antes los Redondos habían estado acá y yo ni siquiera sabía quiénes eran.

Pero ese pulso ya estaba en las venas y aquellos que siempre renegamos del rebaño, que éramos minoría política, minoría sindical y hasta despreciábamos la muchedumbre que hace cola para ver a los cuadros grandes, estábamos encontrando un refugio donde sentirnos parte de algo. Claro que, contradicciones mediante, ese refugio iba siendo cada vez más masivo.
   
       

Y llegó el momento de regalarte Esa estrella era mi lujo cuando en la 30 hacíamos Gira Mágica y Misteriosa, aunque vos todavía no estabas allí. Salía “Luzbelito”, con el primer diseño que nos sorprendió y entonces nos enteramos que había un Rocambole que se encargaba de esa parte del juego. Nuestras caderas se movían ahora en círculos universitarios, las venas se contagiaban y buscaban un lugar común, necesitaban reunirse en aquello que algunos llamaban “misa pagana”.

La suerte del principiante no puede fallar…

Invierno del 97 o 98, no recuerdo bien, tocaban en Olavarría y salía algún bondi de alguna facultad en la que uno tenía conocidos. Habrá sido la guita, el laburo o alguna otra cosa, pero no pude ir. Desde algún lugar, Patricio Rey había hecho un guiño para que no llegáramos al lugar donde el recital no fue, por prohibición de la Intendencia local.

Finalizaba el 98 y llegaba un audio game a nuestras manos: “Último bondi a Finisterre” inauguraba la era tecnológica ricotera y se convertía además en uno de los mejores diseños  de cd que yo haya podido ver. Y esta vez sí, nos subimos a ese último bondi con el Fede, compañero en aquella ruta de Humanidades. Ese bondi no durmió, llegó a Buenos Aires un sábado cerca del mediodía y nos dejó un largo rato de parque y ansiedad: nuestro destino era Avellaneda y ganaba la inexperiencia. Al estadio llegamos tarde, por ineficacia del chofer y también por poco previsores. Entramos corriendo y no llegamos al campo, tuvimos que alojarnos en una tribuna lateral, pero nada enturbió esa primera experiencia de vivir una fiesta colectiva donde podía sentirme bien en solitario o con cualquiera.
   
       

En abril de 2000, el Monumental de Núñez nos mostró algo que ya sabíamos: las multitudes siempre complican.  La noche de los cuchillazos fue un trago amargo. Había que cuidarse el culo y eso nos hacía no estar allí aunque sí estuviéramos. Así que nos fuimos antes, en medio de una tensión semi-insoportable en las afueras del estadio, sin ese diablo que mea en todas partes y en ningún lado hace espuma.

A vivir que son dos días, descolgalos del laurel…
 
¿Qué te voy a contar de las presentaciones en Montevideo que no hayamos dicho antes? Mientras Gabriel Peveroni extrañaba un show de Britney Spears, algunos disfrutábamos de la localía y recibíamos a algún compañero de ruta que nos abriría las puertas de Córdoba. Dos shows potentes, inolvidables. Ya no eran los Redondos que tocaron en Laskina en el 89’, eso estaba claro. Pero eran los Redondos del implacable rocanrol y un par de sienes ardientes, que mutaban en sus discos para ofrecerte algo nuevo, con un pulso similar.

Córdoba nos recibió unos meses más tarde, en lo que lo que sería una despedida, sin que los propios músicos lo supieran. Fue el recital redondo más conmovedor que llegué a ver, Unos pocos peligros sensatos abrió el fuego de la tranquilidad cordobesa, la luna entre las nubes salió para acompañar Juguetes Perdidos, y por primera vez en años, volvieron después de Jijiji – cuando ya había gente fuera del Chateau Carreras – para hacer Un ángel para tu soledad, como un presagio de dos carreras que comenzaban a separarse.
   
       

Un pobre diablo yo que soy, que va a la vida con arrogancia…

Tuvieron que pasar tres años para que el Indio editara su primer disco en solitario: “El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel)”. En tanto Skay ya había editado dos discos, Solari se había llamado a silencio. Los rumores corrían por las avenidas ricoteras sin que nadie confirmara nada, hasta que ese símil de un catálogo del MOMA (museo de Nueva York) llegaba a las ansiosas manos de las tribus. El tipo se había encargado de todo: letras, música, arte de tapa. El disco continuaba la línea de “Momo Sampler” y le sacaba amplia ventaja a Beilinson en letras, en ventas y convocatoria. Se había inaugurado también una nueva era: declaraciones cruzadas de las mitades – o al menos dos tercios – de Patricio Rey: Skay se sentía liberado, para el Indio se había roto un contrato íntimo.

Supongo que sin quererlo, comenzaban ellos mismos a tirarle pedradas al mito que habían erigido. La prensa musical comenzaba a observar más la vida de Solari que la obra del artista: su casa-parque-estudio en Parque Leloir, sus manías algo persecutorias, su encierro, su hijo… Y el Indio ayudó a eso, claro está. Y nos dejó un disco oscuro, denso, lleno de texturas, que mostraba una pluma implacable, desde el lugar del francotirador. Y tres años después de eso, esperábamos cartas similares a “El tesoro…”. Pero el Indio había barajado y nos quedamos esperando…

Por esta vez Porco Rex se va a dejar llevar por su alma…

El nuevo disco fue analizado por Pablo M. Cerone en nuestra Batea de discos, así que no bucearemos demasiado en ello, tan sólo haremos un par de comentarios.
   
       

¿Volvió PR? Es inevitable el juego con las iniciales. Cada vez que se nombra al personaje Porco Rex, es difícil resistirse a pensar en la autoreferencia: Solari habla de sí. El personaje había aparecido en “Último bondi…”, nadando en una sopa de verduras italiana y rumbo a Porno Rock, ese lugar que vemos reflejado en el arte interno de este nuevo disco.  Y en la tapa se muestra el Indio, solo. Las guitarras vuelven al primer plano, las melodías destacan sobre texturas y ruiditos. Solari quiere karaoke, quiere que los estadios coreen estribillos, ¿estará revindicando a PR para sí?  Sería facilista culparlo por ello, o restarle puntos el disco en comparación con el anterior. Un disco de amor, dulce y melancólico,  inconmensurable a la oscuridad de “El tesoro…”.

Era esperable que volviera a ocupar todas las tapas de las revistas (no sólo musicales, también fue tapa de la revista Veintitrés). Tal vez en una medida algo menor que hace tres años, parece dar la misma entrevista a todos los medios, lo que lleva a más de uno a preguntarse si nos los reúne a todos en el mismo momento. Yo quiero suponer que no, que vuelve a hacer de las suyas para decir lo que tiene ganas, amén de lo que le hayan preguntado.

Excepto por algunos detalles, Solari vuelve a ejercer ese extraño magnetismo que me hace sentir algo tonto, pues siempre me convence con una facilidad sospechosa. Ahora bien, debo admitir que me molesta que el francotirador se ponga en víctima: seguramente no tiene los privilegios de las compañías, pero con los números que maneja, difícilmente sea mal negocio llenar un par de estadios y tampoco creo que la piratería ponga en riesgo sus próximas producciones discográficas. Habrá quedado dentro del corralito como tantos, pero no parece formar parte de la gente dada vuelta por la crisis. A su vez, como víctima aparece más humano: muestra sus broncas, sus miedos… también la propia soledad que vive desde su gobierno en Luzbola. Ahí muestra al Solari padre, que necesita reunirse con sus pares, al tipo que terminó abriéndole la puerta de su casa, de su estudio y de su bandeja de entrada al inefable Sr. Gama Alta: Andrés Calamaro. Es curioso que en la canción que cantan a dúo casi no se note la voz de Andrés. ¿Elegante desprolijidad? Solari sostiene que debería haber hecho una canción para que Andrés pudiera usar mejor su voz, que queda hundida en la densidad de Veneno paciente. ¿O elegante cuidado del amigo? Ya había voces ricoteras que se alzaban en contra de la presencia de Calamaro, ¿será que así evitamos ciertas pedradas de las bandas al ex Rodríguez y ex Abuelo de la Nada?

Esa humanidad se nota también en las letras de “Porco Rex”: allí está su amor y desamor, su obsesión con la muerte, su atracción por los sueños, su fobia a la gente. Y parece que anda con ganas de presentar en sociedad al disco con más frecuencia que el anterior. Bienvenido sea, Indio, aunque no termine de creerte que sea solo para que los músicos ganen unos mangos…

   

 

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