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Presionado por la urgencia de ser alguien en la vida me he sorprendido pensando seriamente en mí mismo como un músico.    
Juan Bervejillo      
       

Presionado por la urgencia de ser alguien en la vida me he sorprendido pensando seriamente en mí mismo como un músico.

Qué error.

Músico es el que es capaz de ejecutar un instrumento con solvencia, con estilo o mejor dicho ajustándose a él, músico es el que se desempeña en las artes de tocar, acompañar, leer una partitura, escribirla, todo ello con naturalidad, por supuesto.

¿Y yo? Pues nada
Lo he intentado, como nada me salía bien en la vida creí que era ésa mi vocación y mi destino.

Pero aunque hasta el día de hoy, mis deberes cívicos me obliguen a tener cierta definición profesional, los hechos me desmienten, amo la música más que a ninguna otra cosa en el mundo, pero soy ambiguo, vago, indeciso, impreciso, informal, estoy viciado de errores que no se perdonarían en las más ordinaria de las orquestas, tengo poca memoria, tengo tendencia a irme por las ramas y olvidar el hilo, a interpretar antes que a reproducir, a experimentar antes que a confirmar, soy una mancha, un borrón, un proyecto, una hipótesis nunca probada, un borrador, un boceto, una maqueta sin terminar, un remolino de energía sin control.

Un amigo mío había conseguido trabajo en una orquesta de bailes, en España. Cometió el error de comentarle a un compañero que con la orquesta él practicaba sus conocimientos de lectura musical. Al otro día lo echaron con esta bonita excusa: "aquí no se viene a practicar".

Siempre sentí envidia por los precisos, por los afinados, por los impostados, por los talentosos, por los que eran capaces en fin de reproducir una escena musical con exactitud y repetirla idéntica a sí misma las veces que fueran necesarias.

Me consuelo al saber que no formo parte de esa clase, no sé por qué digo esto, ah sí, por el alivio de entender que esto no se consigue con esfuerzo, no en mi caso, es naturaleza y algo de transpiración pero básicamente se nace.

Supongo que debe ser posible aprender en la infancia, incorporar la precisión rítmica, la afinación justa, la coordinación muscular y la motricidad super fina para convertirse en una rockola, un parlante, un intermediario, me encantaría creer que eso es posible, asumir y superar las dificultades de la ejecución con la naturalidad con la que aprendemos el lenguaje. Porque pensándolo bien, ¿intentaron aprender alemán de grandes?
 
Músico es Klisich, digo por nombrar a mi maestro, que deja deslizar sus manos sobre las cuerdas de la guitarra como si se tratara de algo tan natural como un curso de agua corriendo por una pendiente, suavemente inflexible e irrevocable, y los sonidos que surgen son tal como uno los desea escuchar. Músico es Gustavo a quien un día para ponerlo a prueba le hice un dictado de solfeo con acordes imposibles que él descifró nota por nota.

He pensado en eso tantas veces, todos los días, pero llegar a saber qué es lo que soy era en realidad lo que me motivaba. ¿Qué soy? ¿Un fracasado, un perezoso, un equivocado?

En 1998, un profesor de la escuela de música me sugirió que me dedicara a otra cosa, lo hizo no con sabiduría sino con algo de desprecio, algo característico de su personalidad, obvio que lo mandé a la mierda, si iba a dedicarme a otra cosa no iba a ser por la sugerencia de un imbécil y mediocre compositor frustrado de música pedorra.

Ese año viví otra anécdota con otro docente, una emimencia internacional, soberbio y pedante, irónico, altivo y qué sé yó que más.

El sujeto, sabiendo que yo era sapo de otro pozo, me buscó, pidió mi opinión sobre una pieza que estábamos estudiando, un bodrio para piano y viola que sonaba como un gato con diarrea tirándose contra un montón de leña.

Previsible y aburrido le contesté, usando algunas de sus palabras preferidas, obvio que perdí el curso y a continuación recibí el consejo amable del otro que ya nombré.

Soy un individuo que respira música, melodías, timbres, sonidos, ritmos, arreglos, contrapuntos, la música vive en mí, pasa por mi cerebro y me deja mensajes, pistas, urgencias. Me hace inmensamente feliz poder transformar todo eso en realidades que otros puedan apreciar y oír.

Pero solo a veces, cuando los astros se alinean de una forma misteriosa o los átomos de mi cuerpo coinciden en una formación imposible, solo a  veces tengo la sensación de que no hay nada ni nadie entre mi cerebro y mis dedos, mi garganta, mis labios, que soy absolutamente preciso.

Como la vista de un guazubirá, la magia desaparece tan rápido como llegó, pero me deja en el cuerpo la sensación de satisfacción única, que hace que valga la pena todo lo demás.

Ordinariamente no me queda más remedio que pensar en mí como una mancha, como mi cara y el contorno de mis ojos, el color de mi piel, la electricidad de mi pelo, como una cosa sin límites, flotando en el tiempo y el espacio, no me capturan las fotos, no me atrapan las películas, estoy como fuera de foco.

Quise para siempre la eternidad de la creación sin límite, pasé demasiado tiempo antes de decidirme a tocar ningún instrumento, quise aprehender una sabiduría total que me quedaba demasiado grande, quise entrar en la esencia, en las reglas que controlaban aquello que me subyugaba tanto, dudé de todo, perdí tiempo preguntándome cómo era la mecánica mientras otros, más avispados o más oportunistas y realistas que yo, simplemente aprendieron a manejar y manejaron.

Cada vez he creído que lo mío debe ser otra cosa que no he conseguido descifrar por burro nomás, y que estoy en la música por error y que debería dejársela a los que saben, es decir, a esos, a los músicos.

A continuación pienso por qué no y nadie me da una respuesta satisfactoria, la música se agota en su propia definición y no sabe qué hacer después, ¿¿hasta dónde llega su dominio?? Quién sabe.

Igualmente no tolero a los que son como yo, desprolijos, desafinados, descontrolados, me alcanza conmigo mismo, o mejor dicho, solo tolero la desprolijidad, si viene acompañada de mucho talento, de mucha desvergüenza de una falta total de respeto por los clichés de la música y la poesía.

Alguna vez dije que desafinar desafina cualquiera, pero no todos lo hacen con gusto.

La música popular, con sus criterios abiertos a la novedad que venda cada vez más, es el único territorio donde nosotros, los desaseados, podemos darnos el lujo de subir a un escenario.
¿¿Y eso es música?? que sé yo, desde el punto de vista académico claro que no, pero la realidad siempre va un paso adelante. 

     
       
       

 

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