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| ¿No se entiende porque no es para entender? |
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| Pulga Pavlovich |
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Admitiendo que la pantalla de televisión se ha convertido en al canal fundamental de nuestra agenda política, nos sentimos tentados a analizar cómo se da el manejo de dicha agenda, al menos en términos de argumentación, arma que debería ser fundamental tanto para participar en y defender a nuestro sistema democrático.
Hay dos sentidos básicos en los cuales podemos dividir la función de la argumentación, aunque están mutuamente implicándose. En un sentido laxo, podemos decir que nos sirve para persuadir a nuestro interlocutor en una discusión donde, explícita o implícitamente, coexisten distintos puntos de vista sobre un mismo tema en cuestión. En un sentido más denso, argumentamos para fundamentar nuestras opiniones, de modo tal que dicho fundamento sea un punto de apoyo para elaborar una línea de pensamiento coherente y consistente.
La política, entendida en un sentido abierto, como el arte de construir una convivencia social pacífica, es el lugar del desacuerdo. La norma es el disenso, no la unanimidad. Por tanto, estas diferencias de opinión deben – o deberían – ser resueltas a través de la argumentación, ofreciendo razones y motivos respecto a nuestra postura, a través de la palabra. El viejo ágora ateniense se ha transformado en una pantalla de tv (que, como vimos en nota anterior, canaliza nuestra agenda política). Me asombra en esta instancia ver, ya no el constante pulular de argumentos mal construidos o discursos falaces – cosa que ha pasado en cualquier tipo de ágora – sino la directa ausencia de argumentación en el manejo de la información. |
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Algunos ejemplos podrían resultar ilustrativos, mas no enriquecedores.
Veamos. El dictamen del Fiscal de Corte respecto a la inconstitucionalidad del IRPF a las pasividades(1) se transformó en la noticia del día en las pantallas informativas. José Carlos Cardoso (PN) y José Amorín Batlle fueron las caras visibles de satisfacción con este hecho, pero en ninguno de los casos mencionando el por qué de su acuerdo con el Fiscal o con la determinación de inconstitucionalidad en sí. Cuando Alfredo Asti (FA) comenzó a amagar una fundamentación discrepante, una publicidad se apoderó de mi monitor.
Veamos, II. Casi increíblemente, el Peluca Valdés y el inverosímil Movimiento Plancha saltaron de la nada a un fugaz pináculo de la gloria. Por una semana, todos los micrófonos estuvieron a su disposición. Mi curiosidad se despertó cuando vi periodistas preguntar qué era el movimiento y en qué consistía ser plancha. Me desilusioné un poco, cuando sin repregunta por medio, llegué a entender que era un gran rejunte: pobres, gordos, homosexuales, desocupados. Pregunto: ¿todos esos son/somos planchas? Más aun me preocupó que ante el postulado de recuperar viejos valores – léase robar fuera del barrio; no a los viejos, maestras o médicos – ningún periodista fue más allá, hasta que un lúcido Bordaberry dio el alerta a la voz de aura.
Veamos, III. Mientras nuestra Cámara Baja trataba algunas afirmaciones de Jorge Zabalza sobre los acontecimientos del Filtro en 1994, los legisladores Juan José Domínguez (FA) y Luis Lacalle Pou (PN) convirtieron en sala de pugilato lo que debería ser nuestra máxima casa deliberativa. En medio de acusaciones sin fundamento explícito(2) e interrupciones en el uso de la palabra, la radio desintonizada que estaban utilizando estos dos legisladores terminó estrellada en la pared. ¿Consecuencia de la ausencia de argumentos o muestra de nuestro actual nivel de discusión? ¿Alguien se enteró del tema de fondo de la discusión en la pantalla o sólo disfrutamos de las imágenes como el show chismoso del día? |
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Me resulta difícil cargar mi dedo acusador para encontrar responsables. ¿Será que quienes ocupan los roles de “conductores políticos”(3) no tienen la intención de persuadirnos utilizando argumentos? ¿Será que no saben hacerlo? ¿Los métodos de persuasión serán otros, y se canalizan mucho más a través de la imagen que de la palabra? Mantengo la esperanza de que, quien mantiene ocultos los argumentos de la discusión, responde a extrañas tácticas de conquista que confunden el Velo de Maia en la ciudadanía con un velo de idiotez.
¿Y si la cosa va por otro lado? ¿Será que la edición realizada por los técnicos-periodistas se salta esta parte? ¿Será que el fundamento de una idea vende menos que la imagen de una pelea o un desastre natural? ¿Será que es la ciudadanía la que ejerce esta preferencia? Es posible, pero el menú ofrecido por esos medios no es variado. La gente consume estos shows informativos, pero no parece haber mucha oferta distinta. Y si la hay, está escrita en letra chica al fondo del menú.
Si las explicaciones van por esos rumbos, tanto el rating como el peligro están midiendo bien. ¿Cómo puedo saber si alguien es corrupto si quienes acusan lanzan sus ataques sin que se expliciten – al aire, en la pantalla – las razones de la acusación ni el acusado puede defenderse utilizando argumentos? ¿Cómo reconocer si es por mala gestión doméstica que hay inflación o si la coyuntura externa juega un rol preponderante, si no hay lugar para debates de ideas y argumentos? ¿Será que ni siquiera tenemos que entender? ¿O será que no es para entender?
Si nuestro ágora es la pantalla y ésta elude olímpicamente los terrenos de la argumentación será difícil confiar en cualquier intento de respuesta a esas y otras preguntas. |
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(1) En realidad, dada la falta de explicación y argumentación, no llegué televisivamente a entender si la inconstitucionalidad se aplica sólo a las pasividades o al IRPF en su conjunto
(2) Lacalle le adjudicó al adjetivo de “mentiroso” sin mencionar cuáles eran las falsedades de Domínguez, en tanto éste lo calificó como “imberbe” y “oligarca puto”, sin que sepamos si tenía que ver con el tema en discusión, además de no conocer a simple vista los motivos de tales adjetivos calificativos.
(3) Admito mi dificultad para elegir un rótulo adecuado que englobe a estos personajes, pero “actores políticos” resulta demasiado amplio en cantidad – cada uno de nosotros lo es, al menos en potencia – y “representantes” lo excede en calidad |
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