Página anterior
5
Página siguiente

La vida como un juego

     
Pulga Pavlovich      
       

Siempre me ha resultado interesante la metáfora de la vida como un juego. Pero no un juego cualquiera, no entran allí ni el Cinco de Oro, ni Supermatch y mucho menos aún las carreras de caballos o las peleas de animales, tipo gallos o perros (1). Apunto más a los juegos de la infancia, aquellos que – aun sin despojarnos de nuestra inocencia y, en algún caso, ingenuidad – nos tomábamos como la más seria de las tareas, como ese desafío permanente y casi único horizonte de nuestra responsabilidad. Esos juegos podían ser colectivos: la Escondida (que en Jacinto Vera tenía una variante más que interesante llamada Kikiriyá, en el cual valía esconderse en cualquier lugar de la manzana); la Mancha en sus diversas modalidades (Agachadita, Venenosa, Simple); el Rechace, Cordoncito, Arco a Arco o cualquier otro juego pseudofutbolístico, adaptable a la cantidad de jugadores cuando no llegábamos a la cantidad mínima para un partido semi-decente (2).

Ahora bien, los juegos también pueden ser individuales. No puedo más que ser autorreferencial en todo esto, pero recuerdo largas tardes jugando con soldaditos en un fuerte que era atacado por los indios, con los autitos en aquella estación de nafta, con unos móviles de madera que pegaba con la vieja Cascola y a veces - aunque con poco éxito – intentaba volver a despegar. En un momento muy temprano de mi vida, fui invadido por el fútbol, y todo podía convertirse en un potencial jugador. Así, había partidos de fútbol con pelotita de papel o alguna otra cosa que encontrara y fuera hábil para funcionar como tal, entre autitos, botones o jugadores que hacíamos con cartulina (3).

Ahora, me pregunto si estos juegos eran realmente individuales, o debería caracterizarlos como semi-colectivos. Por más que uno estuviera solo, al entrar en estos juegos, siempre había uno o más personajes. Y no estoy hablando del famoso amigo imaginario e invisible de los niños, sino que en casi cualquier juego intervienen distintas personalidades y distintos roles. En el Fuerte Apache había que dar vida a los indios, a los vaqueros, a los soldados si estaban presente. Cada autito Majorette - ¿recuerdan esa colección? ¿seguirá existiendo? – tenía sus propias características. Y ni hablar de esas justas deportivas que hacíamos con cualquier elemento: en realidad, no estábamos solos, por más que ningún otro ser humano estuviere en la habitación.

En esos juegos, volcábamos todo: creatividad, respeto por ciertas reglas determinadas (aunque en algún momento alguna de ellas fuera salteada), concentración, pasión dirigida a que las cosas salieran bien. Y aunque en los juegos colectivos siempre estaba presente el objetivo de lograr el triunfo, no solíamos estar estrictamente pendientes del resultado final: jugábamos tantas horas que ese mismo final era borroso, fuera en un Manchado, en la Escondida o en el Fuerte Apache.

Y a veces, perdíamos. No sé si estaré idealizando mi infancia, pero esos juegos nos ayudaron a saber lo que es ganar y perder. Y que la frustración es parte de la vida; que saber manejarla es un arte que tiene un rol determinante. Q         ue cuando ganás, echarle en cara el triunfo al derrotado solamente agrega placer a quien no ha disfrutado del proceso del juego.

 

Foto Annemette Rosenborg Eriksen

 
       

Me pregunto: ¿qué pasa con los uruguayos que no sabemos jugar? ¿Por qué no aceptamos la derrota? ¿Por qué se disfruta más gritarle el triunfo en la cara al rival que la tranquilidad de ir por el buen camino? ¿Por qué reclamamos, discutimos y protestamos todos los fallos reglamentarios que no estén a favor nuestro?

El básquet es una muestra clara de esto. Ante una falta, hay protestas de todos lados: la primera, de quien supuestamente la cometió, que reclama que no le cobren dicha falta; la segunda, de quien la recibe, pues solicita que la falta sea antideportiva; la tercera, que puede provenir de cualquiera de las partes, solicitando falta técnica para el equipo contrario por haber protestado. Y así, todos ofuscados, generalmente desde el comienzo mismo del juego.
Obviamente que esto sucede también a nivel de las hinchadas, de las barras o como quieran llamarlas. No me refiero al hincha que va, termo y mate en mano, a aplaudir los tantos de su equipo y meter alguna puteada dos por tres, lo cual aún así estaría entrando dentro de la descripción de no saber jugar. Me refiero a los grupos de gritones, mucho más ocupados en insultar rivales – en primer lugar – y jueces – en segundo lugar – que en mirar el partido. La suspensión del partido entre Malvín y Biguá no fue otra cosa sino una muestra de lo que estas actitudes provocan (4).

Pero esto no sucede solamente a nivel deportivo: pasa también en los demás órdenes de la vida. No aceptamos nuestros errores, nos cuesta asumir responsabilidades, vivimos culpando a terceros. Las instituciones suelen recurrir a la expulsión cuando un integrante no se adecua o no está de acuerdo con algo. La respuesta general suele ser: “este muchacho está mal, por eso piensa así”. No se acepta el disenso, pero más aún cuando nos quedamos sin argumentos para defender nuestra postura. En ese momento pasamos al ataque hacia la otra persona, dejando las cuestiones centrales de lado. En términos argumentales, esto es lo que se llama cometer la falacia ad-hominem (ir contra la persona). Y esto es no saber jugar a discutir, a intercambiar ideas. Para los que pensamos que el diálogo debería ser lo que caracteriza al ser humano, es no saber jugar a vivir.

Mi viejo, que no es ejemplo para casi ninguna actividad, me decía de chico algo que aprendí y me gusta, aunque muchas veces no logro aplicarlo: el que se calienta, pierde. Así aprendí a no calentarme cuando comenzaron a llamarme Pulga Atómica, de donde obviamente surge el apodo que me ha acompañado prácticamente toda la vida.

Recordemos aquellos juegos, recordemos cómo nos divertíamos. Ya sé que hay un interminable de cosas, a las que llamamos responsabilidades o problemas, que solemos poner en el medio y no nos dejan. Pero tal vez si superamos eso, logremos que la metáfora recupere sentido. Y la vida, también.

 

 

    • (1) Quien haya visto la formidable película “Amores perros”, del mexicano Alejandro Gonzalez Iñarritu, sabrá exactamente a qué me refiero cuando menciono las peleas de perros.

    • (2) Vale decir también que cualquier pelota a su vez se adaptaba a distintos juegos o deportes: básquet si había aro, manchado, vóley si conseguíamos una cuerda que oficiara de red, y una serie de etcéteras cuyo largo dependía de la creatividad y también de la cantidad de seres creativos hubiere en la vuelta
    • (3) Vuelco aquí una de esas promesas que difícilmente cumpla, porque me olvido: tendría que hacer un artículo repasando todos aquellos juegos a los que dimos vida y nos dieron vida, con sus reglas y anécdotas asociadas.

    • (4) Y no voy a entrar en la discusión acerca de si el partido estuvo bien o mal suspendido, si el árbitro se apuro o qué, pues no es el objetivo de estas líneas.
   

 

Página anterior
5
Página siguiente