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Mighty Joe Young versus
B. B. King
Nimes, 1980

     
Ramón del Solo (desde Madrid)      
       

La historia que les paso a contar ocurrió en un lejano 1980 en Nimes, Francia.

Por aquellas épocas B. B. King aportaba a su ya extensa discografía un magnífico directo, “Now appearing at Ole Miss”. Corrían buenos tiempos para el blues en Europa; una vez más el público del viejo continente fijaba su atención en los maestros de la música afroamericana y comenzaba una nueva década que parecía venir cargada de festivales, conciertos y reediciones de vinilos buscados durante años. En el devenir cíclico del blues los pronósticos estaban a la alza; los viejos aficionados se frotaban las manos y los neófitos se acercaban a un mundo prometedor con el interés de un estudiante aplicado. 

Era la quinta edición del Festival de Jazz de Nimes, gracias a la buena labor de militancia de un reducido número de integrantes del club de Jazz, el cartel reunía un buen número de primeras figuras; Chet Baker, Pharoah Sanders, Art Ensemble of Chicago, Art Blakey... Durante las primeras horas de la tarde, la pequeña ciudad se anima con actuaciones improvisadas en calles y plazas. En los cafés cercanos a la place des Arenes es fácil encontrarse a los músicos charlando con un grupo de aficionados, tomando cerveza e incluso animándose a una improvisada jam con algún grupo de aficionados franceses. El ambiente es similar a las primeras ediciones de nuestro festival de San Sebastián y los conciertos se celebran en un circo romano perfectamente conservado que el resto del año se utiliza como coso taurino.
 
 
       

El mes de Julio es caluroso en el sur de Francia, por la tarde se pueden freír huevos en el asfalto, pero las noches están cargadas de esa magia lúdica que solo es posible en las cercanías del mediterráneo. El festival celebra su tradicional “pause blues” y a la noche el centro de la ciudad va llenándose de un público al que no atraen las luchas de gladiadores ni los espectáculos taurinos, sino el sonido de la vieja Lucille y la curiosidad por un casi desconocido Mighty Joe Young que, esta noche telonea al consagrado B. B. King, habitual en los festivales europeos.

A Mighty Joe no podía llamársele un advenedizo ni una joven promesa. Nacido en Shereveport, Lousiana en 1927 y activo desde 1953, tras un periodo en el que alternaba el boxeo con otras actividades, es considerado un tributario de la música del King pese a ser solo dos años más joven y arrastrar una sólida formación en los clubes de Chicago. Sus primeros discos se remontan a 1959 y sus grabaciones, tanto las propias como aquellas en las que ejerce de segundón, son numerosas; había participado en  los discos de los mejores músicos de Chicago y en algunos de los de otros estados; Billy Boy Arnold, Jimmy Dawkins, Magic Sam, Otis Rush, Willie Dixon... Su poca afición a los viajes y a las giras lejos de casa tenían la culpa de que en Europa fuese un perfecto desconocido; excepto para los pocos afortunados poseedores del fantástico álbum que Sam Charter le produjese para la serie “Legacy of the blues”. Con el tiempo llegaríamos a buscar con esfuerzo otros trabajos suyos como “Blues with a touch of soul”, “Live at the Wise Fool Pub” o “Mighty Man”.
   
       

Aquella noche Mighty Joe abría el concierto con un modesto grupo compuesto por bajo, piano, batería y un segundo guitarra; el líder, prácticamente tan desconocido como el resto, se hacía cargo de la primera guitarra y las partes vocales. No es difícil suponer que la totalidad de los asistentes habíamos acudido a Les Arenes para escuchar a B. B. King. La misión del telonero es caldear el ambiente, hacer tiempo mientras el público bebe algo y saluda a los conocidos; lo bueno viene después. Esa vez el telonero brilló con luz propia y nos regaló una agradable sorpresa, una música sin efectismos pero de una calidad indiscutible, un directo contundente y una guitarra que podía ser heredera de Lucille, pero que conservaba el frescor de los mejores años de la vieja Gibson.

Los aficionados al jazz saben reconocer lo bueno a primera vista; rápidamente preguntaban al vecino “¿Cómo dicen que se llamaba este tipo?”, cesaron los ir y venir por el recinto y los murmullos y conversaciones. El propio B. B. King asomaba su corpachón por detrás del escenario y daba muestras de interés llevando el ritmo con la cabeza y aplaudiendo los solos que cobraban fuerza e intensidad por minutos, al final salió a escena y se unió a la banda para los dos últimos temas.
   
       

Tras el descanso vino el turno de la figura principal. B. B. King, a fuerza de ser una leyenda americana, va pareciéndose a la Coca Cola; siempre es igual. Si le has visto una vez casi puedes decir que le has visto todas; unos músicos excelentes, una puesta en escena impecable y un repertorio previsible. El show tiene la calidad de lo perfectamente pulido a lo largo de décadas de giras. No puedes encontrar ni un solo fallo; pero lo único nuevo suele ser el disco que toque promocionar. Cuando la actuación estaba a punto de finalizar invitó a su supuesto discípulo a tocar con él un último tema. Ese tenía que haber sido el final de la noche, pero fue el principio de la batalla.

La banda del King contaba con la acostumbrada sección de viento y la presencia de Leonard Gill, un músico de cierto renombre, a la segunda guitarra. Si a eso le añadimos el peso de la figura del jefe, su carisma y su leyenda; obtenemos un cóctel digno de acojonar al mas templado de los guitarristas de segunda fila que pueblan los garitos del West Side. Pero esa noche Joe Young estaba picado por el bicho del blues y no estaba dispuesto a dejarse amedrentar por ningún símbolo viviente. Tras haber sido invitado salió al escenario con la sana intención de merendarse a Lucille, a su dueño y a toda la banda, sección de viento incluida.

Al principio a B. B. pareció gustarle la cosa, incluso se esforzó un poquito y cada vez retaba a su rival a contestar solos más rápidos y más elaborados. El de Chicago había salido respondón y no solo  contestaba sino que alzaba la voz, su guitarra sin nombre hacía palidecer a la más famosa de las Gibson y, cuando no  susurraba con la suavidad  de la pisada de un gato, se defendía con la fuerza de una apisonadora que acabase de pasar la I.T.V. No solo eso, cuando le tocaba el turno a “Lucille” se entretenía complicando las cosas a la banda con unos riffs endiabladamente eficaces.

Obviamente Riley King no ha llegado al lugar que ocupa por dejarse comer el terreno y no aceptar los retos que le proponen. Sin perder su aspecto bonachón ni la compostura del nudo de la corbata al maestro le cambiaba la sonrisa. Tras la apariencia de ciudadano modelo incapaz de aparcar en doble fila, aparecía la sonrisa maléfica del más perverso de los bluesmen. La cosa pasó a mayores cuando, a una seña del jefe, los músicos de la banda fueron retirándose hasta que solo una escueta sección rítmica de bajo y batería permaneció sobre el escenario para acompañar a las dos guitarras. En ese momento B. B. King aflojó el nudo de su corbata y empezó a tocar; durante los escasos segundos que la música dejaba libres en la noche de Nimes podía oírse el vuelo de una mosca.
 
 
       

Supongo que a lo largo de los siglos, el circo romano ha visto triunfos de gladiadores y victorias taurinas de todo tipo; pero esa noche los dos guitarristas mataron un tigre, cortaron orejas y salieron por la puerta grande. El concierto se alargó mucho más de lo previsto y terminó con un costoso triunfo de B.B.King. Consiguió demostrar que la fama no la regalan y que despertar a los leones resulta peligroso aunque lleven años dormitando. Al final sacan las garras. El maestro se puso serio y ofreció toda una lección mientras sus dedos saltaban por el mástil a una velocidad difícil de seguir con la vista o lo acariciaban con una lentitud y precisión que sería propia de una máquina perfecta si las máquinas pudiesen componer sinfonías con una guitarra eléctrica.

Aunque es absurdo buscar vencedores y vencidos en estas batallas. Los dos parecían contentos y con ganas de seguir tocando. Todos salimos ganando. Este tipo de enfrentamientos es una constante en la historia del blues y del jazz y cuando se tiene la suerte de estar presente en uno de ellos es cuestión de abrir bien los oídos y dejarse llevar por la magia que generan.

Unos años después, en 1986, un problema de salud relacionado con los nervios de su cuello, tuvo como consecuencia la pérdida de la habilidad de Young  con las seis cuerdas. Sus giras escasearon y nunca llegó a recuperarse. Tras una década de silencio, en 1996, aparece un nuevo álbum, “Migthy Man”, en el que se ocupa de la composición y las partes vocales, cediendo la guitarra a su hijo. Falleció el 25 de Marzo de 1999 en Chicago, una fundación benéfica organiza conciertos en su nombre.

A lo largo de los años, las veces que he asistido a un concierto de B. B. King pasan de la docena; le he visto con Robert Cray y le he visto con otros músicos invitados. He asistido a buenos conciertos y a otros menos afortunados. Tocar, sólo le he visto una vez. Fue gracias a un modesto guitarrista de Chicago que posiblemente nunca llenara estadios por sí solo pero que, como tantos otros, lleva el blues dentro y  una noche tiene la necesidad de sacarlo fuera y al hacerlo implica a otros músicos y enciende la chispa que provoca el milagro que llamamos feeling. Afortunado el mortal que se encuentra cerca y ha sido bendecido con el don de saber escuchar.

   

 

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