Debe elegir el lugar, el menú y la música de la fiesta; armar la lista de los invitados; mandar imprimir las invitaciones; mandar hacer los souvenirs (“¡cómo no vas a entregar un souvenir!”); elegir la iglesia; contratar el coro; contratar el servicio de fotografía y grabación en video; mandar confeccionar el traje de novio y el vestido de la novia; elegir el lugar de la noche de bodas; organizar el viaje de luna de miel; pedir el turno del registro civil… Una lista que cansa hasta de sólo leerla, por no hablar de escribirla, así que me voy a tomar un respiro y me voy a preparar el mate.
(Nota para el lector: que no lo engañe la forma inmediata en que este párrafo sucede al anterior. Entre el punto y aparte que cierra uno y el paréntesis que abre el otro, hay en realidad como cinco o diez minutos. No crea todo lo que lee así porque sí). De entre toda esa lista de tareas que llega a parecer la de los trabajos de Hércules, me quiero detener en el tema de la ceremonia religiosa. Mi compañero no es católico practicante y su novia tampoco pero, en el medio social en el que nos movemos (clase media de una ciudad mediana y tal vez mediocre) casarse sin ceremonia en una iglesia es impensable.
Éste es el momento preciso para advertir que no vendrán, a continuación, unas aburridas líneas acerca del carácter insincero del sentimiento religioso en la Argentina de hoy, ni sobre la decadencia de la Iglesia de Roma, ni sobre la imposibilidad de la clase media argentina de salirse de un libreto que ella misma se ha escrito: no señor, esta página pretende aburrir con ideas originales, o que al menos puedan pasar por tales.
En realidad (en una buena medida de los casos) lo que se hace al solicitar la ceremonia católica de casamiento no es requerir la bendición de una Divinidad que es Uno y es Tres, sino contratar la prestación de otro servicio más: el de celebración de un rito solemne e inolvidable. Un rito, qué duda cabe, rico en simbolismos, rico en el prestigio de lo antiguo y aún de lo centenario, rico del vestuario a la coreografía (esa entrada de la novia…) y del aspecto musical a la escenografía (más de un director de teatro debería ir a aprender de puesta en escena a una ceremonia de casamiento). Básicamente, al contratar ese servicio, los novios buscan comprar un recuerdo para toda la vida. En general, en esto la iglesia raramente falla: tiene un impresionante historial de dos mil años de éxitos en los cinco continentes y entre casi todas las culturas. Falla tan poco que más de una vez eso termina incomodando a los contrayentes: más de uno quisiera olvidarse de haberse casado y no puede…
Lo que esta página desea preguntarse, a esta altura, es si no se le puede dar alguna vuelta de tuerca a esa búsqueda de volver inolvidable un momento tan importante de la vida de una persona: algo que sea igual de impresionante, pero no requiera la hipocresía de rendir tributo a un dios en el que no se cree. ¿Les parece una pavada? Pues con ideas como ésta se ha hecho una serie tan brillante como lo fue “Seinfeld”. ¡Si hasta me estoy imaginando el capítulo! Kramer (porque no puede ser otro que Kramer) decide casarse y, en una conversación en la cafetería con Elaine, Jerry y George, tiene la idea que se desarrolla en esta nota: buscar una alternativa a la ceremonia religiosa. Justo los cuatro acaban de ver “El Retorno del Rey” y Kramer parece estar muy impresionado con la mitología de Tolkien (Jerry no: para él, no hay mito superior al de Superman). Ahí se le ocurre la idea de casarse según los ritos de la Tierra Media, e incluso se le ocurre contratar de oficiante al mago Gandalf, a quien algunos conocerán como el actor inglés Sir Ian McKellen. Entonces, K-man parte a buscar a Sir Ian, pero éste está tan harto de ese personaje como otro gran actor inglés, Sir Alec Guinness, estaba de Obi Wan Kenobi (1)… y el resto se lo dejo a Larry David, che: yo no puedo hacer todo. Y menos gratis. Tengo que ahorrar para el día en que me case.
(1) "El actor inglés [Alec Guinness] recuerda que, durante un paseo, una madre se le acercó con su hijo de doce años quien, orgulloso, proclamó: 'he visto Star Wars más de cien veces'. A lo que Alec / [Obi] Wan / Kenobi le respondió: 'te ordeno en el nombre de la Fuerza que no vuelvas a verla nunca más'". (Rodrigo Fresán, "El destino de la Fuerza", Suplemento Radar del periódico porteño Página/12, domingo 15 de mayo de 2005). [19-02-08] |
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