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| El tiempo no para |
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| A propósito de una gran noche en Tandil: Indio en vivo |
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Pulga Pavlovich |
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Cuando razoné que habían pasado siete años ya, el calendario se atravesó en mi garganta. Es mucho tiempo en una vida de 32. Es más, de acuerdo a ciertos principios con los que suelo operar, podríamos decir que es un poco más que la tercera parte de mi vida consciente.
Volver a tierras occidentales al Río Uruguay para observar una misa pagana tiene un peso increíble para quien mamó una cultura que se desintegra o de la que no puedo ser parte – es decir, tal vez sea mi incapacidad de ver que aún seguiría estando de pie, la cuestión es que no lo veo – y también para quien tuvo entre otros a los Redondos como referencia principal de la banda de sonido de la adolescencia y primera juventud.
Aquel recital en Córdoba del 4 de agosto de 2001 quedó grabado en mi pantalla para siempre. No sabíamos que iba a ser el último, no había indicios de ello. De hecho, estaba casi todo pronto, hasta los afiches, para tocar en Santa Fe el 8 de diciembre de ese mismo año. Sin embargo, después de Jijiji, reaparecieron en escena para tocar Un ángel para tu soledad, cerrando un recital de forma inédita, al menos en la última década de recitales redondos. Hubo magia, no hubo líos, el Chateau Carreras presenció – lo digo como si a ese pedazo de cemento le importara ¡je! – mi última comunión con cualquier tipo de multitud.
Es que en la multitud me siento perdido, incómodo, hasta amenazado tal vez. Hincha de cuadro chico, con posturas políticas que hasta no hace mucho eran minoría, recorriendo las que solían ser incómodas salas de cine de la Cinemateca, llevando adelante una profesión con oscuro futuro en estas latitudes, mi única cercanía con la muchedumbre se había dado en esos recitales: Racing 1998, River 2000, Centenario x 2 en 2001 y Córdoba, bendita Córdoba… Y cuando menciono cercanía lo hago utilizando un criterio literal de ese concepto: era uno entre otros, muy cercano a desconocidos por varias horas, unido a lo deforme, lo onírico e irracional. Esto, muy a pesar de la futbolización de la música y la vida, ya presente en aquellas épocas, cosa que me rechinó siempre: nunca fui hincha de ninguna banda de rock o lo que fuere, en esas instancias era solamente un redondito más, acurrucado al consuelo de ser parte de algo en mi desangelización. |
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Los años han pasado. Ya no soy el que era. Tampoco son los Redondos. Y ese público al cual me había hermanado en algún momento tampoco sigue siendo el mismo.
Ojo, a no leer esto como una desilusión, ya que no soy tan tonto como para pensar que el tiempo no pasa o que el Indio Solari es sinónimo identitario de los Redondos. Tampoco es la crónica de un recital, de eso se encargarán otros o yo mismo en el próximo número de 45RPM. Es una descarga, un conjunto de reflexiones que yerra en su intento de describir lo inexplicable de algunas sensaciones.
A las 5 de la matina era la cita para encontrarse y subir a un bondi lleno de gente joven – léase: amén de los choferes, era el más viejo de dicha instancia colectiva - para arrimarse a Tandil. No hubo forma de entender el por qué de lo temprano de la hora hasta que llegamos a la ciudad industrial que queda a unos 320 kilómetros al sur de Capital Federal. Sobre el mediodía, cuando este aparato que nos trasladaba buscaba su lugar en una zona destinada exclusivamente para ello, cercana al Hipódromo donde se desarrollaría al recital y bastante lejana el centro de la ciudad, comencé a entender lo temprano de la partida y del arribo a Tandil: los pibes sólo quieren festejar. Y ese festejo incluye toda una previa con vino, banderas, fernet y coca, cantos, caramelos varios, grabadores encendidos, feria de comida y chucherías, más alcohol y más caramelos.
Me acomodé en el lugar del francotirador que tanto le gusta al Indio. Sólo podía presenciar todo esto como un espectador de lujo. Pero eran muchas horas para hacerlo. Luego del transcurso de seis de ellas, y después de haber observado incluso como una banducha armaba su precario escenario para entretener una tropa que sólo quería saber y escuchar algo de ricota, el visor de mi arma estaba empañado, mi vista cascoteada y no siquiera podía ya sostener el rifle. Así que decidimos temprano nuestro ingreso al un hipódromo gigante y sin tribunas habilitadas, al cual recorrimos varias veces hasta tirarnos en un verde césped sólo por un rato, hasta que la multitud provocaba el riesgo de ser pisoteado involuntariamente.
El tiempo tiene su propia elasticidad y las 21 parecían no llegar nunca. La gente que vitoreaba una banda que no iba a aparecer: esa noche no tocaban los Redondos. Y entonces “pan y vino, el que no canta Redondos para qué carajo vino”, “¿para escuchar al Indio, tal vez?”, me preguntaba yo. Ah, pero quien no cantaba era incluso mal mirado y, a fuerza de ser sinceros, tampoco miraba yo el mundo a mi costado con agrado. |
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En las épocas de “Momo Sampler”, el Indio decía, comparando la música con otras artes, que en ese momento lo de él era más parecido al cine que al teatro, por la cantidad de texturas a editar, por el recorto y pego que implicaba este estilo. Evidentemente, pasar al vivo la música de edición no es fácil.
Algo de eso me está sucediendo. Creo que los discos de Solari son muy buenos. No me interesa compararlos con los Redondos, sólo digo que me resultaron muy disfrutables, más el primero que el segundo. Y quiero disfrutar esa música como si estuviera en el cine. Cómodo, con mis sentidos al servicio de ella y de los artistas, no intentando acomodar mi cuerpo a cada rato, pues mi 1.64 metros de altura complican mi visión, fundamentalmente ante la ausencia de tribunas que nivelen esas diferencias otorgadas por lotería natural.
Casi una hora más tarde de lo pactado, la banda salió escena en mezcla de una bruma natural y artificial por mitades. Tal vez sea al cuete decirlo, pero Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado son una banda muuuuy buena, suenan realmente bien. Tuve que recurrir a la memoria de mi cuerpo para sostenerme y disfrutar. Saber levantar las rodillas y acomodar los codos, para que cada canción redonda – a saberlo, eran esas las que desataban la euforia – no me arrastrara hacia lugares que no tuviera ganas de ir. Y me acomodé y disfruté, a sabiendas que no es lo que disfruto ahora, que no quiero ir más a recitales sin tribuna – mi cuerpo no me lo perdonaría - y que no canto “sólo te pido que se vuelvan a juntar”, capaz que con una pizca de egoísmo ante aquellos que nunca los vieron.
En Tandil, el Hipódromo volvió a ser “el pogo más grande del mundo” al son del Jijiji, que cerraría la noche. Pero yo no quiero más pogo, gracias. Y hay algo de lo que no estoy muy seguro: ¿vos sí querés pogo, Indio? |
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