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| ¿Elefantitis o hipopotamez? |
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Pulga Pavlovich |
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Resulta difícil hablar del Uruguay o de la sociedad uruguaya como algo único, compacto o general. Tal vez sería más sensato hablar de una pluralidad de Uruguayes – ¡qué feo que suena! – o sociedades. Extendiendo aún más este relativismo, podríamos notar la necesidad de hablar de los individuos y no de las abstracciones que éstos conforman.
Pero esto es imposible. Y también lo anterior, sin un estudio estadístico o sociológico que lo respalde.
Así que haré abstracción de determinadas características que considero generales, y de acuerdo ello, me referiré a este lento y deforme animal en el cual vivimos.
Piel gruesa
Hace rato vengo notando ya la piel gruesa que hemos generado los seres humanos depositados en este lugar del planeta (1). Desde el individuo parado en el pasillo del ómnibus con su mochila a cuestas cual una extensión de su espalda, hasta el hecho de que en el mismo ómnibus la embarazada llegue hasta la mitad del pasillo para que le den el asiento. Desde ese lugar en el cual no te contestan los “buenos días” y te hacen sentir estúpido, hasta quienes tiran la botella de plástico o el envoltorio de lo que sea por la ventanilla del auto. Desde el hacerle más paros al gobierno que te ha dado los mejores aumentos de los últimos 20 años que a los gobiernos anteriores (2), hasta seguir reclamando eternamente por salario, aún a sabiendas que ganás por lo menos el doble del promedio del mercado de salarios privados, y que entre el 60 y 70 por ciento del presupuesto de tu empleador se va en tu propio salario (3).
Tal vez sea mi buena voluntad, mi inocencia y mi parcial estupidez la que me lleva a pensar que esto no se da por maldad, sino simplemente por falta de sensibilidad, por tener la piel demasiado gruesa como para poder percibir determinadas realidades. Son esas acciones siempre basadas en mi árbol y jamás en mi bosque, sin que siquiera nos demos cuenta de que formamos parte de algún bosque. Parecemos leñadores cortando la rama, y sentados precisamente del lado exterior de la rama.
Encima, a veces nos venden el discurso de que somos solidarios. Ante cada inundación o Teletón, la televisión nos avisa que es momento de dar muestras de nuestra solidaridad. Allí corremos prestos al teléfono a donar 20 pesos o buscamos aquel abrigo que nos sobra en casa para darlo, y entonces nos sentimos tranquilos por nuestra solidaridad. No reniego de esas actitudes, pero no es eso lo que nos hace sensibles. A veces el detalle con el de al lado vale bastante más que las acciones solidarias a vistas del mundo.
Claro, que a esto no lo considere maldad, sino ausencia de sensibilidad - mezclada con cierta idiotez compartida - tampoco me resulta muy alentador: no se venden ese tipo de lentes de aumento en las ópticas. |
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Danger de Annemette Rosenborg Eriksen |
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| Ansiedad insatisfactoria |
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En este caso se trata de una ansiedad atípica. No es la ansiedad que pueda llevarte a realizar un trabajo mejor de lo que se esperaba o de forma más rápida: es más bien esa necesidad de poseer ya lo que está en la vidriera de la tienda de ropa o el último modelo de celular. La construcción de nuevas necesidades se ha convertido en una constante. Obviamente, ése el motor de nuestro actual modo de producción, y es eso mismo lo que hace que los números de la recaudación impositiva den cada vez mejor. Pero produce otro efecto colateral: la insatisfacción permanente, pues siempre habrá algo nuevo para comprar y a lo cual no puedo acceder inmediatamente. Todos los días aparecerá un nuevo modelo, un nuevo artefacto que me frustre hasta que lo tenga, para luego volverme a frustrar. El placer es tan efímero como la propaganda que acompaña a un producto pues, se sabe, si es duradera termina siendo contraproducente con su objetivo. |
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| Pereza |
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Los palos que ha ligado Mujica por haber dicho que este era un país de atorrantes han sido muchos y desde distintos lugares. Aún así, hago acuerdo con el actual senador. No sé cuál es el origen exacto de ese virus, pero se ha instalado en nuestro organismo hace un tiempo y genera un gran desgano ante cualquier tipo de responsabilidad, una ausencia de hábitos productivos tan llamativa como recurrente. Y lo peor es que además suele asociarse con cierto sentimiento de viveza ante la posibilidad de no realizar la tarea asignada, que en muchos casos es una obligación generada por nosotros mismos. Y esto corre en todas las direcciones: empleados públicos (¿tengo que fundamentarlo?), trabajadores privados (intenten reparar una pared o un caño y me avisan si les va bien de primera), estudiantes (podríamos a esta altura cambiar el sustantivo por el de “concurrentes a instituciones educativas”) e incluso la clase intelectual (¿cuánto es lo que produce intelectualmente nuestro país? ¿Cuántos salen a defender la posibilidad de publicar? No me quedo fuera de esta bolsa, no vayan a pensar que me he sentado a hablar de los demás solamente). |
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| Desmemoria |
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Más que selectiva, nuestra memoria es de tiempo cortito. Basta que aparezcan unos rayos de sol y nos sequen el cuerpo para que ya no recordemos el chaparrón que nos empapó. Es así que cambiamos recuerdo por nostalgia del pasado y parece que todo lo anterior se convierte en bueno, no permitiéndonos ese hecho criticar razonablemente el presente que vivimos. Y así, los recuerdos de la primera novia son maravillosos – pero dejamos de lado que ya no la soportábamos a nuestro lado -, los jugadores que jugaban en nuestro equipo antes siempre eran mejores y encima, con los gobiernos anteriores vivíamos mejor. La falta de memoria es terrible, pues condiciona nuestras decisiones presentes, y también las futuras. Debería existir un archivo obligatorio al cual consultar diariamente antes de mover un dedo…
Esta característica, aunada a la anterior, produce además una tercera, que es la de la lentitud. Mitad por pereza, mitad por desmemoria, este animal se niega a avanzar con rapidez. Es más, suele negarse a cualquier tipo de cambio, ya que éste le produciría un vértigo que no está dispuesto a soportar, ya que está mejor acomodado en su sillón.
Obviamente, los animales más viejos no quieren abandonar ese sillón que tan cómodo les queda – aunque se quejen de él – y a los animalitos jóvenes les resulta inaccesible, pero tampoco tienen la fuerza y las ganas como para disputárselo o, aunque sea, enfrentarlos para reclamárselo.
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(1) Tal vez se considere que esto puede extenderse a varias parte del mundo o al mundo entero, pero mi desconocimiento de ello hace que solamente me refiera al aquí
(2) No me gusta ser obvio, pero si es necesario, les cuento que me refiero a los gremios de la enseñanza.
(3) Ídem anterior. En este caso la referencia clara es hacia ADEOM |
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