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Viaje a la América encendida      
       

Guillermo Baltar

     
       
“ON THE ROAD” de Jack Kerouac, cincuenta años después      
       

A fines de los sesenta, el Capitán América, bajo el nombre de Waytt (Peter Fonda) trepó sobre su motocicleta junto a Billy (Dennis Hopper) y el Lobo Estepario lanzo su música por las salvajes carreteras de un soporte de celulosa. Pero Easy Rider, de Dennis Hopper, no era precisamente la metáfora de una búsqueda: era el comienzo de una fuga, una huida hacia delante, una vez consumido el sueño del poder de las flores.

Casi veinte años antes, en noviembre de 1948, Jack Kerouac decidió escribir sobre los impulsos vitales de su generación. Comenzó por describir las cornisas de un continente y concluyó desnudando las difíciles orquestaciones de su alma, bajo la influencia de la catarsis jazzistica del bebop yla andanada de notas que fluía de sus intérpretes. El tema era el camino y los viajes a través de América, y Kerouac no se lanzó a las carreteras para huir, sino para buscar las raíces del viejo sueño americano, en un viaje emparentado con El Moloch (1) de Allen Ginsberg, los almuerzos desnudos de William Burroughs, la encendida librería de Lawrence Ferlinghetti (2): márgenes inquietas y transgresoras de una narrativa y una poesía, que años más tarde Bob Dylan contribuiría a expandir.

   
       

Más de cincuenta años atrás, en agosto de 1957, la editorial Viking Press publicaba la primera edición de On the road (En el camino). Hacía seis años que el manuscrito original esperaba su irrupción en el contexto de las letras estadounidenses. Con él, esperaban las rutas de polvo y las ciudades humeantes, caravanas de humanidades signadas por los entresijos de la existencia. En esa confrontación de realidades y vagabundeos, la experiencia mística era para algunos, una constante, una aproximación a la verdad y a la esencia de la naturaleza humana. Su radicalidad se asentaba en esa búsqueda de caminos y perspectivas espirituales y artísticas. Las experiencias vividas eran procesos educativos (a la manera de una educación sentimental) pero también abruptos y poblados de abismos.

Dividida en cinco partes, la novela, narra las aventuras de un beatnik (abatido, agotado, quemado) inconformista y existencial, Dean Moriarty (en realidad Neal Cassidy), figura central y paradigma de la generación beat. Narrada por el propio Kerouac en su alter ego de Sal Paradise, On the road describe a todos y cada uno de sus compañeros de viaje, donde el triunvirato Kerouac - Carlo Marx (Ginsberg) - Bill Lee (Burroughs), ocuparía un lugar singular. Para estos,  Neal era la viva representación del sueño americano y de su sesgo indómito, de la búsqueda interrumpida forjada a través del viejo oeste, el espíritu de los colonizadores, la conquista de las grandes praderas, las tierras y los desiertos de los indios donde ahora convergían sinuosas vías ferroviarias, o lacerantes autopistas y caminos secundarios por los que se adentrarían sobre un Hudson plateado del ‘49 o destartalados Cadillacs. Una aventura prolongada, y el abismo como precio final.
   
       

El autor comenzó a desarrollar la novela basándose en recuerdos y relatos que el propio Cassidy contaba a través de cartas; a su vez, Kerouac incluía sus propias peripecias. Sus viajes por los distintos estados de la Unión habían sido frecuentes, por tierra o por buque de carga. Desde el invierno de 1947 ambos planeaban realizar un viaje que los llevara de un lado a otro del continente: el triangulo comprendido entre New York, San Francisco y México daría el marco paisajístico a sus aventuras. El viaje comenzó un 19 de enero de 1949 y duró hasta mediado de febrero, cuando Neal lo abandonó y Kerouac regresó a la ciudad de los rascacielos. La publicación de su primera novela La ciudad y el campo (un retrato particular de su ciudad natal, Lowell, Massachussets, y de su núcleo familiar), le asegura un cierto respiro económico para sentarse a escribirla.

“Durante la noche pasamos por Toledo y nos adentramos en el viejo Ohio. Comprendí que estaba empezando a andar de un lado a otro de América como si fuera un miserable viajante: viajes duros, malos productos, trucos gastados y ninguna venta”. En el camino. Pág. 292.

En 1951, en la cocina de un departamento situado en la calle 20 Oeste de Nueva York, la narración final de On the road comienza a tomar forma. Pega una tras otras largas hojas de papel chino, generando una especie de bobina para no distraerse con los cambios repentinos de hoja en su maquina de escribir. La descripción de esos viajes - pautada por las aventuras de sus amigos beatniks- confluye en una diáspora artística donde sus acercamientos a los lenguajes transgresores de los Estados Unidos son evidentes: el bebop con Charlie Parker y Thelonius Monk a la cabeza, así como los chorros de pintura y humanidad sangrante de Jackson Pollock , todos ellos signados por el inconformismo y el desencanto social. Abandonado por su mujer, Joan, en mayo se instala en la calle 21 Oeste en la casa del periodista Lucien Carr, donde finalmente culmina la novela y la mecanografía en un rollo de teletipo, al que, a la manera de corrección, va pegando y añadiendo algunas páginas.
   
       

Los años ‘50 significaron para los estadounidenses el ímpetu del liberalismo económico, a la vez que una estandarización en las conductas del ciudadano medio. El auge conservador y la irrupción de un anticomunismo radical auspiciado por Joseph McCarthy eran la tónica dominante. China se había unificado bajo la estrella roja de Mao, y Albert Einstein aparecía abatido frente a la audiencia televisiva, alertando que la reciente bomba de hidrógeno era “una señal de la aniquilación total”. La Guerra de Corea era cuestión de horas y el temor al holocausto atómico se acentuó. La segregación racial aumentó y los fundamentalistas del Ku Klux Klan imponían el status quo racial. El cóctel de la Guerra Fría sería el resultante catártico de estos ingredientes.

“Recogimos nuestro equipaje. Dean llevaba su baúl con el brazo sano y yo el resto, y llegamos tambaleándonos a la parada del tranvía. Un momento después íbamos cuesta abajo, con las piernas colgando junto a la acera, sentados en la trepidante plataforma. Éramos dos héroes derrotados de la noche occidental”. Pág. 227.

Desalentados y crispados, los abatidos miembros de la Generación Beat (3) tensionaron los resortes indagatorios y espirituales. Desarraigados en su entorno, bucearon en las profundidades del caos. A su marginación antepusieron la constancia, y finalmente renovaron las poéticas de su país, así como también los sentidos de su percepción. Comenzaron un apasionado –y apisonado- romance entre la voluntad individual y la emancipación intelectual, por más que sus maestros estuviesen fuertemente señalados. En el caso de Kerouac, eran Fyodor Dostoievski, Friedrich Nietzsche, Walt  Whitman y Thomas Wolfe, quién además lo alentó desde el principio. También Ernest Hemingway, los tratados filosóficos de Arthur Schopenhauer y Sören Kierkegard, junto al estudio de la religiones orientales, principalmente el budismo. Estaban sentadas las bases para que el existencialismo se esparciera, adentrados los cincuenta. En esa búsqueda de existencia imperaban las drogas, la experimentación sexual, la trasgresión llevada en volantas como un sello de marca. Los integrantes de la Generación Beat supieron trazar una línea divisoria y sembrar la agitación y efervescencia, tanto política como cultural, en la que se sumergirían los Estados Unidos y el mundo en pocos años.
   
       

En sus escritos, y en este caso a través de En el camino, Kerouac hurga en sus propias raíces, tanto en el aspecto intelectual como en el espiritual. Nihilista, es un patriota en estado puro y a la vez un humanista, que rescata las figuras de Benjamín Franklin y George Washington, pero no a la manera de un reaccionario profeso, sino como un profanador de esas propias injusticias, que van pautando y marcando los algoritmos de su país. Por eso su acercamiento a los elementos mágicos, su incursión por las drogas alucinógenas y sus responsos -o poemas de México City Blues - que son casi letanías de viejos cantos indios. También por eso su afinidad a la cultura de los negros y su acercamiento al jazz, a la explosión del bop que, de forma radical, vendría a expoliar el almibarado paradigma de los urbanos espejismos blancos.

“Al anochecer paseaba. Me sentía como una mota de polvo sobre la superficie triste de la tierra…Al atardecer malva caminé con todos los músculos doloridos entre las luces de la 27 y Welton en la parte negra de Denver. Y quería ser negro, considerando que lo mejor que podría ofrecerme el mundo de los blancos no me proporcionaba un éxtasis suficiente, ni bastante vida, ni alegría, diversión, oscuridad, música: tampoco bastante noche”. Comienzo de la tercera parte de En el camino.
   
       

Kerouac y los suyos incendiaron el espacio poético de una manera que el Black Mountain College (4) venía propiciando. Lo recrearon y, a su manera, hicieron suyos algunos de sus postulados, al dar entonación y musicalidad a sus textos y a su peculiar manera de interpretarlos. La escena poética tuvo su renacer en San Francisco y se consolido en el Village neoyorquino, y el ascenso coincidió con la instauración del bop más furioso de Lester Young y el advenimiento de John Coltrane. La aceptación de la obra de Allen Ginsberg propició que la generación de los beats comenzara a transitar los círculos académicos e intelectuales más heterodoxos, pero a comienzos de los ’60, ese impulso se estaba agotando. El romanticismo que había recubierto de una aureola mística los ímpetus y avatares de aquellos viajes estaba comenzando a desaparecer, hasta que llegó la publicación de la novela El almuerzo desnudo, de Burroughs (1962) que los puso nuevamente en el tapete. El inconformismo volvía a ser la tónica, y a las voces de Ginsberg, Gregory Corso, Gary Snyder, se le sumaban aquellas provenientes de un incipiente movimiento underground y que incidirían en la gestación del movimiento hippie y en la lucha por los derechos civiles. El satírico humorista Lenny Bruce y las entonaciones folk de Bob Dylan pronto aportarían nuevas luces también.

A la distancia y en la desazón del mundo posmoderno, en el vértigo de los simulacros y de la testosterona de una globalización pautada por las desigualdades y las complicidades engañosas ¿qué queda de aquellos caminos que Jack Kerouac encendió a través de la pasión y el vértigo? Es cierto que las nuevas generaciones no buscan ni bucean por los mismos precipicios, y que la libertad se encuentra enmarcada en un papel de moneda impreso o en la imagen pixelada del último teléfono celular; sin embargo, si analizamos la prosa de Kerouac - y su intencionalidad narrativa - podemos atisbar los comienzos del Nuevo Periodismo que hicieron de los sesenta una crónica impar. Entre Kerouac, Norman Mailer (Los desnudos y los muertos, La canción del verdugo), y el periodismo confesional que Truman Capote desarrollo a partir de A sangre fría están sentadas las bases para toda la escritura posterior que, a su manera hicieron y recrearon Tom Wolfe (5) y Hunter Thompson.
   
       

“¿Que se siente cuando uno se aleja de la gente y ésta retrocede en el llano hasta que se convierte en motitas que se desvanecen? Es que el mundo que nos rodea es demasiado grande y es el adiós. Pero nos lanzamos hacia delante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos”. En el camino. Pág. 186.

Jack Kerouac falleció un 21 de octubre de 1969, el mismo año en que Easy Rider era estrenada como película independiente y de bajo presupuesto. Lo acabaron el alcohol, sus adicciones y una flebitis que provoco en él una hemorragia interna. Hoy, ante los efectos de la globalización y la caída de las Torres Gemelas, los caminos y temores parecen ser otros, certificando el fin del vagabundeo místico. La historia de las rutas y su épica se instaura a través de aguosas autopistas que son los mares, o por nubosas intersecciones que son los cielos. “Pateras”, “cayucos” (6), individuos retenidos en las aduanas a falta de papeles migratorios. ¿Son éstos los vagabundos del alma a los que se refería Kerouac?

Notas

(1) Deidad semítica, sedienta de sangre a las que las tribus de la antigüedad ofrendaban su hijo primogénito, y con la que el poeta equipara a América en su poema consagratorio “Aullido”.

(2) City Lights Bookstore, una de las primeras librerías de ediciones en rústica de los EEUU. Café literario y sitio de encuentros de escritores y artistas de San Francisco, cuyo propietario era el poeta Lawrence Ferlinghetti, creador de las ediciones Pocket Poets, donde Allen Ginsberg publico “Aullido”.

(3) Sobre el termino beat, Jack Kerouac escribe: “Es una especie de furtividad… con el convencimiento interior de que es inútil hacer ostentación en ese nivel, el nivel público, una especie de agotamiento (beatness)…es un cansancio con todas las formas, todas las convenciones”. Carta al escritor John Colmes, noviembre de 1948. (“Jack Kerouac”, de Dennos McNally. Paidós. Testimonios. Barcelona ,1992).

(4) Instituto de arte gratuito organizado en Carolina del Norte, bajo la dirección de los poetas Charles Olson y Robert Creeley. Poéticamente, proponían la creación de un verso proyectivo o abierto, que estuviera acorde a las leyes de la respiración y los impulsos físicos. Rechazaba la rima, el metro y postulaban a la sílaba como conductora de la armonía oral. En otras disciplinas, su cuerpo de docentes estaba integrado por artistas de vanguardia: John Cage, Merce Cunningham, Willem de Kooning, entre otros.

(5) Tom Wolfe, en su libro El periodismo canalla y otros artículos (Ediciones B, Barcelona, 2001) va mucho más allá. En su artículo “Mis tres comparsas” fija los comienzos de la novela periodística estadounidense tras la publicación de Las uvas de la ira de Steinbeck.

(6) Se denominan “pateras” a las frágiles embarcaciones que cruzan ilegalmente el Estrecho de Gibraltar, desde Marruecos a España. Se denominan “cayucos” a embarcaciones de iguales características que provienen de África Occidental, y que intentan arribar a las Islas Canarias.

Bibliografía

* “En el camino”. Editorial Anagrama. Barcelona, 1986.
* “Jack Kerouac. América y la generación beat. Una biografía”. Dennis McNally. Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona, 1992.
* Capítulo Universal. Literatura Contemporánea Nº 10. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires, 1970.
* “Transformaciones. Los Hippies Norteamericanos”. Daniel Samoilovich. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires, 1972.

   

 

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