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| Indio + Salmón invitado en La Plata |
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| Pulga Pavlovich |
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No abandonamos, tuvimos premio |
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Es muy difícil contar algo del último recital del Indio que ya no esté escrito en cualquier otra nota que ande en la vuelta o, incluso, sin repetirme yo mismo. Primera medida entonces, escribamos cortito y, al igual que en la otra nota que figura bajo mi firma en este número, desde un ángulo biográfico.
A saber, era la primera vez que iba al Estadio Único de la ciudad de La Plata. Casi como Calamaro y el Cuino en Estadio Azteca, me quedé duro – pero yo no estaba duro mucho antes – ante su grandeza y su visual: del lugar que te detuvieras a mirar, ya sea el escenario o la cancha de fútbol que no era difícil imaginar, el acceso sensorial era limpio, amplio, luminoso. Pero rebobinemos un poco: arrancamos con el Nando, el Joaquín, la Gege y el Futuro Médico con Lentes desde Buenos Aires y en excursión previamente contratada alrededor de las cuatro de la tarde. El bondi era de escolares, los pasajeros no. Por autopista, se llega rápido a la ciudad de las diagonales, así que en hora y pico estábamos allí. La vuelta ya es más complicada, porque volvía casi todo el estadio junto, así que dio para dormitar cerca de tres horitas. |
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Al llegar, la monada ya andaba con todo. Muchos, ya habían estado la noche anterior, y para sobrevivir había demasiadas cosas que ya llevaban puestas. De cada auto salían acordes ricoteros, de cada bondi que iba llegando salían gritos de hinchas eufóricos (y algo insoportables también, ¿por qué no decirlo?). Había llovido bastante a la mañana y también al mediodía en Buenos Aires. Las nubes, disfrazadas de rata oscuro, amenazaban con una descarga nocturna e inoportuna. El recuero de la previa al recital en el Velódromo caía sobre nuestras mojadas sienes: otros chaparronazos como aquellos, ¡noooo! Pero el Indio es un tipo de suerte y esa suerte nos la contagió esa noche: goteó apenas al llegar y luego fue abriendo, hasta dar paso a un cielo semi-estrellado.
Entramos temprano, nos dedicamos a observar a los que ya estaban y a los que iban entrando. Yo elegí mi lugar rápidamente: un escalón en la parte más baja de la tribuna era mío, estaba decidido a no tener grandotes adelante (conste que para que alguien resulte un “grandote” en relación a mí, no hace falta mucho) y a ver desde un poco más lejos, pero sin tanta necesidad de recurrir a las pantallas para poder percibir algo. |
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El tiempo pasaba y nos iba dejando la sensación de que, faltando no mucho rato para el show, había poca gente. Pero los voy a hacer un relato de cada canción. Tampoco voy a pasarle el set list, que pueden vichar en alguna página ricotera, como en la de nuestros buenos amigos de Mundo Redondo. Sí puedo decirles que el Indio no arriesga demasiado. En este caso, “Porco Rex” llegó entero a nuestros oídos, con todos sus invitados (Deborah Dixon, Martín Carrizo y el Inefable Señor Gamma Alta), que hizo un par de canciones de “El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel)” y que no hay mayores sorpresas con los covers de los Redondos, salvo una maravillosa excepción. Sé que suena fuerte eso de covers y ya sé que las canciones le pertenecen y también sé que es lo que la mayor parte del público va a ver – es probable que yo también – así que no me insulten, o paren de hacerlo. También sé que esta banda hasta suena mejor que los Redondos, tiene más cuerpo y más fuerza. Pero no lo son. Y me gustaría algún día ver un recital del Indio sin covers… aunque sean covers de sí mismo.
El Indio volvió a darnos un show formidable. Volvió a darnos lo que íbamos a buscar. Hubo espacio para mover el culo, para abrazarte con el de al lado, para el pogo más grande del mundo y para llorar un rato (esto para tipos medio maricas como yo, está claro). Hasta se despidió con unos fuegos artificiales que me gustaron y todo.
Pero les mencionaba que en el set de poco riesgo hubo una maravillosa excepción, y vino de la mano de Andrés, que eligió Esa estrella era mi lujo como canción a adornar, además de participar en Veneno paciente (como en el disco) y El salmón. No había escuchado nunca esa joya en vivo y aún retumba en mis sienes sus acordes. Hay covers que, sin lugar a ningún tipo de duda, valen la pena. Y cómo. |
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