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RecorDarno

     
       
Jorge Bonelli      
       
desde Sansueña      
       

Hace unos días que llegué a Sansueña, me tomé el tren decidido a encontrarme con el Zurcidor y aún no lo he visto. Algunos dicen que lo vieron, otros dicen que se fue.
Recorro las pequeñas calles del pueblo, entre nieblas y neblinas, se siente la presencia del ángel azul, creo que pasó cerca o me pareció.

A lo lejos, en las quemas, se percibe el suave sonido de una canción de muchacho, hay una silueta, seguramente es él, sentado debajo de un árbol entre el micrófono y la penumbra. Su voz suena lejana acompañada del instrumento, me acerco para entregarle un libro que sus amigos escribieron. No logro hablarle, tengo un nudo y no se desata, él observa, hojea el libro, se detiene en la página 20 y lee la bella carta Querido Eduardo de Inés Trabal, no dice nada, continúa y pasa a la 34 Como un desconsolado y se encuentra con Macunaíma, todo transcurre en silencio. Mientras tararea “Final” descubre en la 21 un recuerdo de Víctor Cunha y la Famous blue raincoat, me pareció que algo murmuró. Sus ojos estaban iluminados, el trigo de la luna acompañaba suavemente a la noche blanca, mira con atención las fotos de la exposición Íconos de Guillermo Baltar en la 22, enciende un cigarrillo, recorre las hojas, se detiene en la 26 y Las palabras entienden lo que pasa, lo que pasó y lo que pasará así lo señala Marcos Ibarra. A lo lejos, desde la plaza sombría Bob Dylan canta sus mejores versos, eso lo distrae un momento, vuelve al libro y enciende en la página 37 un Pequeño blues de los desencuentros de Tabaré Rivero. Ha vencido al sueño, las cápsulas lo convierten, como dice Elbio Rodríguez Barilari en el Hijo del insomnio en la página 31, quién sabe, qué oleajes, qué tormentas lo alejaron de las playas de la vida, recuerdo en mi memoria la canción “Ni siquiera las flores”. Y vendrán las flores en la 28 con el hermoso poema Perdonen la tristeza de Agamenón Castrillón. Los reflejos de una noche que se ha empecinado en mí, sobrevuela el ángel azul, dejando caer como una pluma que se desprende, la página 41 que desde Buenos Aires, envía Alfredo Rosso, se siente cerca, muy cerca, a pesar de la distancia.

Recuérdame, en un canto de boliche, ecos de Sansueña, cuando se pierde se va para allí, dicen los pensamientos mágicos de Raquel Diana en el final del libro.
No tiene más tiempo, ha llegado el momento de partir, quedan textos por leer de aquél libro, mira el índice y tiene aún a Juan Bervejillo, Claudio Burguez, Carlos Rosas, Omar Tagore, Fernando Foglino,  Eduardo Lavadí, Jorge Costigliolo y Marcelo Fernandez Pavlovich.
Nos quedamos en silencio, recostados en aquél árbol, el humo cubría su rostro y el pañuelo rojo en el cuello, relucía el trovador, la noche olvidada entre sombras y realidades, como de despedida, se levantó, caminó unos pasos, se detuvo, giró hacia a mi y dijo:
¿Sabés que acaso te está hablando un muerto?

   

 

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