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TEATRO      
       

Cambia, todo cambia

     
       
Leo Flamia      
       

Obra: El jardin de los Cerezos

Autor: Antón Chejov

Dirección: Dervy Vilas.

Elenco: Myriam Gleijer, Héctor Guido, Julio Calcagno, Luis Fourcade, Walter Rey, Alicia Alfonso, Gustavo Alonso, Sergio Lazzo, Marina Rodríguez,  Estefanía Acosta, Solange Tenreiro, Pablo Dive y Pablo Pipolo.

Funciones: viernes y sábados a las 21:00, domingos 19:30.
Lugar: Sala Campodónico del Teatro El Galpón (18 de Julio 1618).
Entradas: viernes $ 130, sábados y domingos $ 150.

   
       

Chejov escribió esta obra en 1903, un año antes de morir. Había nacido en 1860, su abuelo había sido siervo de la gleba (la servidumbre se abolió nominalmente en 1861) y su padre fue almacenero. Más allá de las dificultades económicas pudo estudiar medicina en la Universidad, aunque lentamente su trabajo periodístico y literario fue desplazando a la medicina. Si bien el teatro estuvo dentro de sus primeras inquietudes, Chejov se destacó inicialmente por sus relatos. Es con “La gaviota”, del año 1892, que comienza su real aporte a la construcción de un nuevo teatro. Según varios críticos la revolución formal de la escritura teatral chejoviana tuvo que ver con el abandono de la estructura clásica que se apoyaba en la presentación, el desarrollo y el desenlace, las tramas melodramáticas y los recursos sentimentales. El teatro de Chejov prácticamente no tiene acción, ni suspenso. Lo que importa son las frustraciones humanas, la imperfección de las criaturas que pueblan sus obras que están muy lejos de ser lo que aspiran.

"El jardín de los cerezos" se encuentra próximo a la técnica simbolista, según el profesor Luis Gregorich, y “presenta una visión alegórica de la disolución de los ideales y la concepción del mundo de la pequeña nobleza rusa”. Y es que en esta obra vemos a un grupo de aristócratas en decadencia, endeudados, nostálgicos de otra época simbolizada en ese jardín de cerezos que aparece “hasta en el Diccionario enciclopédico”.

Uno tiende a pensar que este texto se puede abordar desde distintas perspectivas, el más obvio es el de la dueña de la finca y del famosos jardín, Liubov Andreievna Ranevskaia, interpretada por Myriam Gleijer. Esta mujer es absolutamente irresponsable, actúa en base a impulsos, el dolor por la muerte de un hijo y un supuesto amor la hacen abandonar a su otra hija y a sus propiedades para ir a malgastar sus ingresos en París. Pero el director trata con ternura a este personaje anacrónico, y Gleijer se encarga de lograr que aparezca tan alejado de la realidad como inofensivo, tan parasitario como bondadoso. Hay unos cuantos parásitos más alrededor, incluyendo a Piotr Sergueievich Trofimov (Gustavo Alonso), un estudiante conciente de las causas del atraso de Rusia pero que no hace absolutamente nada por cambiarlas. Más allá de estos personajes estamos tentados a suponer que el peso de esta versión de Dervy Vilas recae en el viejo lacayo Firs (excelente trabajo de Julio Calcagno), y fundamentalmente en el hijo de campesinos mujik Ermolai Alexeievich Lopajin, interpretado por Héctor Guido. Lopajin carga con todo el resentimiento de siglos de servidumbre, y más allá del afecto a parte de la familia, no duda en recordarles que su padre y su abuelo eran vistos por estos aristócratas como un mueble o un caballo, quizá peor. Ahora Lopajin es representante vivo de la burguesía que en base al trabajo sustituye a la aristocracia como clase dirigente en la sociedad. Firs en cambio, el viejo siervo, es la criatura más reaccionaria, el orden aristocrático y la moral que genera están absolutamente incorporados a su conciencia y prefiere sentirse una baldosa de la casa que modificar ese orden.
Es tarea nuestra extrapolar lo que sucede en esta obra a nuestra realidad, en que la burguesía es la clase dominante, mientras que los explotados ya no se llama siervos, aunque si siguen habiendo intelectuales tan lúcidos como indiferentes.

La imponente escenografía de Osvaldo Reyno es un espectáculo en sí misma, pero sirve de marco para presentar la decadencia de una aristocracia en sus últimos estertores. El elenco trabaja de forma pareja, pero quien se destacan para nosotros son los mencionados Calcagno, construyendo al viejo siervo Firs algo caricaturizado y arrancando sonrisas de la platea, y Héctor Guido, con su Lopajin que va descubriendo él mismo su nuevo lugar en una nueva sociedad. Gran espectáculo.
     

 

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