Página anterior
14

 

     
Página siguiente
Con la excusa de Selling England by the pound      
       

Pablo Martín Cerone (Mar del Plata)

     
       

El rock irrumpió en los años ‘50 como la música de fondo de la adolescencia; la misma carga hormonal que le daba frescura y vitalidad lo hacía también simplote, y a veces hasta un poco tonto. En los ’60 lo retomaron los Beach Boys, los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan, y al llevarlo más allá de sus (estrechos) límites, lo hicieron pedazos: entre Blue suede shoes y A day in the life media una década que parece un siglo. Por cierto que no quedaba otro camino: crecer es perder una inocencia tras otra. Pero ese alejamiento del punto de partida no iba a resultar gratis…

   
       

Calma, que ya entramos en tema. Entre fines de los ’60 y comienzos de los ’70 empezó a tomar forma el llamado rock sinfónico. No surgió de la nada: sus raíces estaban tanto en la psicodelia más colgada (Hendrix, Cream) como en las experimentaciones de los Beatles con arreglos propios de la música clásica (Bach para Penny Lane, Beethoven para Because). Sus grandes nombres (Yes, Genesis, Pink Floyd, Emerson Lake & Palmer, el primer King Crimson) son todos ingleses: llamativamente, el estilo nunca prendió en Estados Unidos, donde pasó casi desapercibido a la sombra del funk, del glam, del rock pesado y de los grandes solistas folk.
Para aquellos que llegamos al rock entre comienzos y mediados de los años '80, tras el punk, tras la New Wave, el rock sinfónico suele ser no mucho más que una oportunidad para el sarcasmo. Aún sin haber escuchado mucho de él (¿por no haber escuchado mucho de él?), aún reconociendo que la Guerra del Cerdo que los punks desataron contra el estilo tenia mucho de operación de marketing, nos parece un estilo pomposo, lleno de firuletes superfluos que bordean la autoparodia, a menudo carente de adrenalina y de sentido del humor (¡se toman el rock tan en serio!), y con temas cuya duración supera en mucho nuestra capacidad de atención. Sobre todo nos choca la sensación (¡pecado capital!) de que la música parece ser apenas un medio para lucir las (por lo general impactantes) capacidades técnicas de los ejecutantes. Citando a Charly García: demasiado ego.

Esto es, en buena medida, una racionalización: en mí coexisten esa visión sarcástica del estilo con, por ejemplo, absoluta admiración por la capacidad de Peter Gabriel para montar un espectáculo en vivo que vaya más allá (¡mucho más allá!) de ver y oír a una banda interpretando canciones. Por no hablar de mi amor por Pink Floyd, o por La Máquina de Hacer Pájaros. (El sinfonismo de La Máquina era bastante tramposo: temas como Bubulina o Ruta perdedora son canciones pop, pero eso sí, arregladas hasta la exasperación. En eso, Charly demostraba estar más cerca de Steely Dan que de, digamos, Yes). En parte por esa contradicción, en parte porque admiro la obra solista de Peter Gabriel, hace poco busqué y conseguí la que se supone que es la mejor obra del Genesis sinfónico: "Selling England by the pound", editada en el remoto 1973 del autogolpe de Bordaberry, el Pinochetazo, la tercera presidencia de Perón, Watergate y el embargo petrolero que siguió a la Guerra de Iom Kippur.

     
       

"Selling..." no resolvió mis contradicciones, porque contiene tanto lo mejor como lo peor del estilo: es a la vez una cumbre y un anuncio de dónde terminaba ese camino. Brilla con luz propia Firth of Fifth, por más que tenga una letra a la que su propio autor, Tony Banks, hoy mira con sorna: un tema épico, con diversos tempos, hermosos cambios de acordes, inolvidables interpretaciones de órgano Hammond y guitarra (responsabilidad, respectivamente, del propio Banks y de Steve Hackett) y la característica voz de Gabriel. (Si la introducción de piano y la parte intermedia del tema, antes del solo de guitarra, te recuerdan mucho a La Máquina de Hacer Pájaros… es así. ¿No, Charly?). I know what I like (in your wardrobe) es el otro punto alto del disco, así como su tema más pop. Y también destacaría al tema inicial, Dancing with the moonlit knight, con su lírica evocativa de mitos de la campiña inglesa, que arranca con Gabriel cantando a capella, y de a poco progresa hasta desatarse en un rock furioso.

A estos tres temas les sucede una balada acústica menor, More fool me, cantada por el baterista de la banda, Phil Collins, no sé si ubican… Los problemas comienzan ahí. Con la extensa The battle of Epping Forest (¡11:49!) tenemos, por un lado, un festival de cambios de tempo y de voces, partes de una complejidad infrecuente y dignas de ser estudiados por cualquiera que se dedique a la música pero… si antes de llegar a la mitad del tema, uno espía la pantalla para ver cuánto falta para que termine… Mala señal. El instrumental After the ordeal no está mal, pero tal vez baste decir que Gabriel y Banks no querían incluirlo, y que aparece en el disco por insistencia de uno de sus autores, Hackett. En el final, otro tema extenso, The cinema show y el breve Aisle of plenty, terminan convergiendo en la línea melódica de la primera pista y redondean la idea del disco. Los once minutos y pico de The cinema show abundan en métricas infrecuentes y cambiantes, pero se nota demasiado que las partes instrumentales están como injertadas; no suenan a desarrollos del tema principal. Tal vez se perjudique por estar al final del disco: después de las tres brillantes primeras obras, pareciera que lo que sigue ya estaba expresado antes, con mayor concisión y destreza. Al Genesis sinfónico (y vaya esto como modesta conclusión) parece pasarle lo que a todo arte barroco: el fatigoso virtuosismo de los detalles atenta contra la armonía del cuadro, si se me permite la metáfora pictórica. (El Genesis pop de los ’80 tendrá el mismo nombre y algunos mismos integrantes, pero haríamos mejor en considerarlo un grupo diferente).

El rock había comenzado en los ’50, acompañando los primeros besos y las primeras copas de la generación de posguerra; a mitad de los ’70, esa misma generación trabajaba en un banco o una zapatería, pensaba cómo pagar la hipoteca y llevaba a sus hijos a la escuela en su auto. En el camino escuchaba… rock. Pero no, a ese rock le faltaba algo que se había perdido en el camino: había que una raíz con la que ya no se hacía contacto. Fue entonces cuando aparecieron los Ramones en Nueva York y los Sex Pistols en Londres.

Pero ésa es otra historia.
   

 

     

 

Página anterior
14
Página siguiente