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Especial Eduardo Darnauchans
     
       

Carta para Eduardo

     
       
Inés Trabal      
       
Ciudad Vieja, 7 de junio de 2009.
     
       
Querido Eduardo,      
       

El otro día escuchando la radio me enteré que Ámbitos recibió un premio Graffiti. Y que Fernando Cabrera subió al podio a recibirlo, se colocó unos lentes oscuros y leyó una carta de agradecimiento refiriendo razones de fuerza mayor que te impedían estar presente para hacerlo en persona. ¡Qué espíritu!

Jorge Bonelli me escribió preguntándome si podía realizar una pequeña colaboración para esta revista electrónica que lleva un nombre que tú mucho sabrías apreciar. Tenía hasta hoy para anotar alguna cosa. Dos palabras me han insistido desde entonces: gracia y espíritu. La gracia de tu voz, de tu cortesía, la gracia que resuena en el nombre de la tía Graciela y en el de la mujer flaca. La desgracia también; y podría seguir. Igual que con el espíritu, que se disuelve y disemina.

Volví al país en el ’89. Alguien que te conocía pensó que podríamos hacer buenas migas y nos presentó. Yo no sabía qué pensar, qué hacer con esa persona que encontré.  Me desconcertabas.

Poco tiempo después se anunciaba el concierto con Fernando, y me decidí, como tantas veces, a último minuto. Llegué al Solís con la gente ya toda dentro, las entradas agotadas. Algo me inspiró y rogué al acomodador que me encontrara un espacio, seguramente habría un asiento vacío. Me acomodó en un palco, en la oscuridad. Y escuché. Escuché sola en la oscuridad del gran teatro, y fue la maravilla. Recuerdo el pensamiento que se formó, decía en palabras: si este país cuenta con cosas de esta belleza, puedo quedarme. Y van veinte años.

Esta semana vi la película-entrevista realizada por Jorge Ruffinelli a tu amigo Juan Carlos Onetti en el ’73. Y tuve una experiencia de similar naturaleza, algo extremadamente raro, raro en el sentido que a ti te gustaba referir citando un verso de Dylan Thomas, “rarer than radium”. Rufinelli le hace una de esas preguntas que te (me) hacen sufrir por lo imposibles: ¿Qué es para ti la literatura? Y sentada frente a la pantalla el efecto en mí fue físico. Onetti lo mira, desvía la mirada, y de algún lado da una respuesta que siento en el cuerpo: eso que describimos diciendo el corazón me dio un vuelco. Hace un gesto como de un objeto largo, es una mesa, donde aquí está sentado James Joyce escribiendo, para la Sra. Joyce, sentada del otro lado, pero a un costado, como a la distancia. Él (le) escribe cartas. (*)
   
       

Recuerdo un día en Pupa’s: hablando del amor me contabas que lo que más anhelabas era una relación epistolar. Alguien que te escribiera, y mirá, cito cartas y cartas. Por ejemplo las que escuché a Willy Baltar aquella noche, a dos años de tu muerte, ese siete de marzo que a muchos costaba celebrar; intentar acompañarte, que siguiera estando con nosotros, de algún modo, algo de eso tuyo. Estaba ocupada viendo quién sería él o la siguiente en hacer su homenaje allí en el Bar San Lorenzo donde la lluvia torrencial previa y las nubes equívocas nos habían hecho refugiar. No estaba atenta, pero se escuchaba algo que parecían poemas, creo haber sentido que Willy va a publicar esa hermosa correspondencia.

Y la delicadeza. Cuando por ejemplo fuiste al Pereira Rossell, a pesar de tu horror por los hospitales, a visitar a mi hija María con sus siete u ocho años y una neuropatía, y le llevaste el libro facsímil de los unicornios que adoró durante tanto tiempo. Ella te compró una rosa roja el día de tu entierro, pero no logró colocarla sobre el cajón y la trajo a casa donde lentamente se ha ido deshojando.  Llora poco. Ese día estuvo largo rato encerrada en su cuarto, de donde salió con los ojos muy rojos. Agradezco profundamente que te haya podido tener.

Durante muchos años yo fui la fuerte, hasta que también enfermé y eso era visible en la piel. Te lo conté; me miraste, y con perspicacia anunciaste: bienvenida al club. Había comenzado a escribir y publicar.

Quien o quienes hicieron la intervención artística en Piedras y Maciel fueron llevados por tu mano. Era triste y lúgubre pero señalaba del mismo modo que tú; la belleza que faltaba. Un espacio público, baldío, que había alojado juegos para niños y ahora estaba cercado y solo acumulaba basura. Plaza Darnauchans. Ya les conté a muchos: el lugar me intrigaba, y cuando vi unos chiquilines jugando allí me acerqué a ver si me podían esclarecer. No, no sabían quién había hecho la pintada. Bueno, uno sí: respondió que se llamaba Plaza Triste porque allí en la calle había muerto su padre. Un día, del corazón.

Del corazón. Como tú. Unas semanas antes habías hecho un gesto con la mano, como Onetti. Durante el velorio de Patricia, levantaste temblando un brazo y tus dedos se apoyaron sobre tu pecho. Con la voz igualmente dificultada dijiste con toda claridad: la muerte de Patricia me duele, aquí.

Tantas veces habías sido como el ave fénix. Pensé que también esta vez podría ocurrir. No fue así. Me dicen que moriste leyendo. Un libro que habías pedido. Shakespeare, o Borges comentando a Shakespeare. (**) Que esas palabras te hayan podido acompañar en el trance.

   
       

Como en ese homenaje que se hizo en forma anónima, como debe ser, entre todos y que encontró el nombre debido: Plaza trovada. Dos palabras que, dice tu querido Corominas, son de una de las épocas (y parajes) que más amaste, siglos XII y XIII. La primera del latín, calle ancha, de la cual deriva placer. Por vía del catalán, llanura submarina, y, cosa extraña, lugar de poca hondura en el fondo del mar; por extensión paraje marino abundante en pesca. No lo vas a creer, Joan sigue y dice: arenal donde la corriente de las aguas depositó partículas de oro. Y bajo trovar figuran diferentes variaciones: occitano antiguo, trobar, propiamente hallar; catalán, trobar; ambos probablemente procedentes del latín vulgar tropare, variante del latín tardío contropare, hablar figuradamente, hacer comparaciones, derivado del griego trópos, tropo, figura retórica. Desde hablar figuradamente se pasó a inventar, hallar.

Ese día terrible también preguntaste quién te iba a cuidar entonces. En el auto rumbo al cementerio con Carlosda y Leticia conversamos contigo de los músicos de Tacuarembó, y recordamos la canción de Antoine que nos hiciste conocer. Je reprends la route demain. Cantamos un par de estrofas juntos. No podíamos saber cuál sería la ruta que tomarías, y tan inmediatamente.

Un abrazo,

I

PD: Hoy a mediodía en CX6 pasaron media hora de música de Marilis Orionaa. Cantaba en occitano, acompañada de guitarra y violonchelo. Leí sobre ella: es de tu banda. Le preguntan porqué escogió cantar en esa lengua y responde que ella fue la elegida por dicha lengua. Y compone.

Como con Onetti respondiendo a Ruffinelli, como aquella noche en el Solís, insondables misterios vehiculizados en las formas de las letras, a través de esos sonidos, me asaltó una emoción pura.
 

(*) Como suele suceder en la literatura de Onetti, he tenido motivos para dudar de cómo puede haber sido este episodio. En dos referencias escritas de entrevistas a Onetti encontré otra versión, según la cual James Joyce le escribe cartas a otro Sr. llamado del mismo modo. Aguzaré el oído la próxima vez que tenga la oportunidad de ver la  entrevista filmada.

(**) Chichila Irazábal, la mujer flaca, me dice que el libro contenía un cuento de J. L. Borges llamado La memoria de Shakespeare.

   

 

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