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Especial Eduardo Darnauchans
     
       

Famous blue raincoat

     
       
Víctor Cunha      
       
Claudio me la mandó hace poco. Es infame. Mi bigotito incipiente, cantinflesco, ofende a la lente de la cámara desde el principio. La foto la sacó Bernadito y quien la revivió fue Adriana que la guardó. La hora y el lugar, la noche y Casagrande. Es del invierno del 1976 y Eduardo no tenía 23 y yo había cumplido recién 25. Terrible. Terrible el paso del tiempo. Eduardo luce despejado, afeitado, con inusual corbata, camisa blanca y saco de mezclilla. Pensamos con Chichila que fue cuando intentaba conseguir trabajo de visitador médico. Yo tengo puesta sobre los hombros la famosa gabardina azul, con botones forrados de cuero que le había expropiado a Eduardo, pero cuyo ex propietario real era el padre de Eduardo, que aún no había muerto.. La reja con rombos y volutas protegían una ventana que daba a un patio que no recuerdo. Tras de nosotros, un mueble esquinero de cristales biselados, que cada tanto abría sus puertas por cuenta propia y con estridente chillido. Al principio nos preocupábamos, pero al final ya sabíamos que era solamente el fantasma de “tante Trude”, saludábamos y a otra cosa.
   
       
Los ocasionales que pudieran estar presentes, nos miraban con cierto recelo, pero como no la seguíamos y continuábamos serios, terminaban por aceptar lo dicho sin comentarios. Éramos jóvenes y no teníamos, como corresponde, conciencia de lo que significaba. Teníamos, creo, una intuición cierta, tan utópica como verdadera, de que había que dar un paso y pasar, “de rebeldes a revolucionarios”. Lo habíamos oído en un disco y nos había quedado. Pasó el tiempo, pasó la vida, dejamos de ser jóvenes, a Eduardo le vino la muerte, todavía estamos tratando de dar el paso. El lugar de la foto, el lugar donde estamos es el comedor. Pero no fue allí sino a unos pocos metros, donde me interrogaron cuando allanaron. Yo no estaba y podría haberme dado cuenta de que no tenía que ir, pero no entendí que lo que me dijo Chichila por teléfono estaba en clave. Nos tenían junados totalmente y estaban molestos porque no venía nadie (salvo un tonto servidor) y ni siquiera la dueña de casa estaba. Empezaron diciéndome eso, si a mí no me habían avisado. Caí (nunca mejor dicho) como del cielo, con la famosa gabardina azul y una cámara Zenit requintada. Cuando me di cuenta que estaba en una ratonera, recuerdo que mi preocupación era tratar de tapar el estuche de la cámara para que no se vieran los caracteres cirílicos que allí estaban repujados.
   
       

Los interrogadores fueron Abayubá Centeno (más conocido como Alem Castro) y alguien que luego supe que era el Pajarito Silvera. A Alem Castro, tuvimos el infortunio de verlo varias veces más pero a Silvera no, ahora lo miro y lo miro en las fotos y no lo reconozco. Quizás no fuera él sino Cordero. El que sea, fue el que me dijo: “Tenés suerte, hay franquicias” y como yo no entendía me gritó “Tomatelás”. Casi no podía caminar con los tres pares de medias que me había puesto previsoramente y ya entregado, cuando fui al baño. Pero como el auto era chico, a Chichila y a mi nos dejaron. Se llevaron a Eduardo y al Maní, encapuchados, que fueron a dar con sus huesos a los calabozos del Fusna. Estuvo 48 horas detenido y fue interrogado por el traidor Ariel Ricci, pero tuvo que ir a firmar semanalmente durante más de 18 meses. En los días siguientes a la detención, el padre de Eduardo trajo de Tacuarembó el pasaporte de su hijo (para confirmar que no había ido al Festival Mundial de la Juventud en Alemania del Este). En las vueltas y vueltas cuando lo soltaron, el Dr. Pedro Eduardo Darnauchans en El Perro que Fuma, me miró y me dijo, me mira y me dice “¿esa es la famosa gabardina azul?”

   

 

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