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Especial Eduardo Darnauchans
     
       
Carta abierta para Eduardo Darnauchans  
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Hector Rosales      
       
   

El año pasado, cuando marzo y día siete coincidían en una tarde de Barcelona, reencontré entre varios vinilos tu “Zurcidor”, Eduardo, y una carta que me habías enviado entonces junto al disco. Al decir entonces hablo de 1982, igualmente un día 7, en enero, a muy escasas semanas de la publicación de aquellas canciones y versos.

Volví a leer tu caligrafía y tus miedos, tus reparos por lo que yo pensaría al escuchar las grabaciones. Reconocí una vez más tu amabilidad y fineza, los esfuerzos para acercarme aquel material desde las manos de una prima tuya que pasaría por Madrid.

Quedé contento “por el reencuentro”, veinticinco años después, con tu carta y álbum en las manos, mientras miraba por los ventanales de casa unas montañas que no te conocían.
Horas después abría el correo electrónico. Un mensaje de Víctor Cunha apuñalaba el ánimo con la noticia de tu muerte en esa jornada.

No supe de qué forma amortiguar la fractura, aceptarla (si bien estaba al tanto de tu mala salud, de tus penurias), entender que al fin se habían cumplido tus presagios. En la noche intenté algún escrito para abrazarte entre la irremediable lejanía, para decirte: dale ahora, tendrás justicia, se acabó el duro, el ajeno, el insoportable tiempo.
No pude empuñar el lápiz. Las palabras también estaban paralizadas por la ausencia.

Al otro día recuperé unos versos que te había dedicado en la época del “Zurcidor”; los grabé en un archivo que, junto a unas torpes líneas, fueron a mails de amistades y familiares.

Desde que la “Señora Otra” te instalara en su domicilio, hace ya un año y pocos días, compruebo cómo no se cierra entre tu gente el circulo del duelo.

He leído unos cuantos escritos que dan fe de ese fenómeno. ¿Será que siempre nombraste tanto a la muerte, y la tuya, la más anunciada, habría quedado asumida en las canciones? En cuanto éstas producían nuestra banda sonora y se proyectaban como referentes de música popular uruguaya, vos, como criatura terrena, te ibas apagando concientemente detrás del escenario, detrás del espejismo del artista, ese personaje que no pudo salvarte.

Comprendo el dolor, la impotencia, incluso la rabia de las personas que te quisieron. Y la pregunta que golpearía como un martillo en los campanarios de sus cabezas: ¿cómo quitarte la vocación de decadencia, cómo enderezar hacia una mejor suerte la curva fatal de tu destino?

Pero fue todo tal cual lo habías intuido desde niño. Tu obra da buena fe del trayecto y culmina con un “ángel azul” que puso ante ti su espejo. Ahí sí se cerró un círculo. El de la vida, no. Tu

inquieta presencia en nuestra memoria, las sombras de tu voz en bares, calles y plazas montevideanas, en las urgencias y en las vanas medicinas, Eduardo, dejan abierto un paréntesis que cruza fronteras en alas de tu música
   
       

Ayer, buscando en mi entorno un libro de autor compatriota, apareció por sorpresa un pequeño volumen tuyo titulado “Canciones” (Ed. Banda Oriental, 1982), que me habías mandado en 1983. En la dedicatoria te desmarcabas de los textos, lo que en un principio atribuí a que allí venían, además de la tuyas, piezas de otros autores: Benavides, V. Cunha, González Tuñón, etc. Después me convenció más la incidencia de tu pudor, de esa autocensura que empleabas casi como un amuleto, aunque sin duda sabías la dignidad de tu trabajo.

Finalmente, en libre asociación, destiné al planeta ese “juro que no tengo nada que ver con éste”. Porque no hubo día en que dejaras de cuestionar la existencia, las claves de nuestros roles humanos, las utopías, lo que nos espera. Porque terminabas admitiendo que el mundo y vos eran entidades extrañas. Y porque, a pesar de sus exigencias, te sirvió la Belleza para combatir el asma, la pobreza y el vacío.

En la última canción del librito, la ya mencionada “Señora Otra” (con ese estupendo epígrafe tuyo: “a la memoriosa dueña del olvido”), terminabas declarándole a la muerte:

“No es que yo le cante por amor mas bien es desencanto es música de espanto ahora que lo sabe yo me callo.”
¿Estás ahora realmente callado, Eduardo? ¿Te habrá prestado esa Señora otros libros y guitarra? Yo creo que “no tenés nada que ver con este” silencio de una noche de marzo 2008. Y que hoy no hay “rumor de la nada”, sino una canción diferente.
En esta mañana unos pájaros de un bosque cercano ensayaban su participación en la inminente primavera. Si te hubiera imaginado entre ellos, a salvo del espanto, poniendo en el aire acordes y tiempos nuevos, dándome aquel “abrazo de pasado mañana” (como escribiste al dorso del “Zurcidor”), quizás no habría escrito esta carta. Pero te imagino ahora, y voy hacia allí.

 

Héctor

   
       
   

 

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