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Especial Eduardo Darnauchans
     
       

El Darno

     
       

Juan Bervejillo

     
       

Yo no le decía el Darno, yo le llamaba con su nombre completo, no tenía ni tuve nunca la confianza para decirle así, como a un pibe de la barra, pero ahora me acostumbré.
Yo tenía solo diez o doce y en mi casa sonaba el disco Canción de muchacho, cuando pude tocar una guitarra lo primero que toqué fue Corazón coraza, aquella con letra de Benedetti. El darno era tremendamente triste, delataba una falta de cariño inmensa que lo había marcado para siempre, sus letras o los poemas que elegía para cantar hablaban de la miseria de la soledad, de la tristeza y el desamor, el desencuentro, las esperanzas frustradas. Sobre toda aquella  nube de melancolía flotaban Marx y el sueño revolucionario de los 60, el espíritu castigado y mártir de la generación que se enfrentó a la dictadura, a la persecución, los sueños heroicos de los hombres de la calle, sin ambiciones de confort o de vida burguesa, con solo sueños de fraternidad y justicia, tan sólidos como imposibles.

Una mañana yo volvía de la misa con mi hermana, (sí!!!! esta bestia iba a la misa todos los domingos), y le mostraba, guitarra en mano, uno de mis descubrimientos: había logrado sacar Canción dos de San Gregorio, casi tal cual, estaba contento como perro que sale de paseo.

Después vino el tiempo de mi decisión vocacional, había entrado en la facultad de Arquitectura, había sido un alumno bueno en el liceo. Pero aquello me hartó, las matemáticas y la multitud obediente y disciplinada, uniformizada en hábitos y discurso, no eran para mí y huí espantado. Decidí, para tranquilizar a mi madre que ya no sabía qué hacer conmigo, que iba a dedicarme a estudiar guitarra.

Entonces me fui a lo de Klisich, que a la larga supo ser el tipo que les enseñó a muchos de los de la generación de roqueros y no tanto, léase Drexler, Campodónico. El tipo tenía y tiene un método más apropiado para digamos, músicos populares, porque de rock no sabe nada ni le gusta pero toca como los dioses, nunca vi a nadie tocar como él, como si flotara sobre las cuerdas.

A él llegué gracias a la Checha que es la hermana de Pablo, un viejo colega de mis "pocas" de militancia, quien hoy es un prestigioso profesor universitario y responsable entre otros de la historia "oficial" que el diario el país publicó hace algún tiempo en fascículos, las vueltas que tiene le vida.
Volviendo a la guitarra, ya la Checha me había dicho que Klisich era amigo del Darno, así que me decidí a ir a clases allá, por el prado, una hora de ida y otra de vuelta, y lo primero que hice fue pedirle al profe que me enseñara a tocar "las quemas", imginen de quién.

El tiempo pasó, unos años después se hacía por primera vez el festival de la Paz, un evento donde concursaban nuevos valores del glorioso canto popular, aquello era un infierno de gente, de "jóvenes". Entonces yo tenía una banda, una modesta banda que había cometido el pecado de incorporar un bajo eléctrico, que yo tocaba, y una guitarra electroacústica tocada por otro que también devino en master universitario de bla bla.

Me acuerdo de que estábamos en un bar, el Darno era jurado del festival, de repente se abre la puerta y entra, se sienta en una mesa con café, cigarrillo, diario. Me acerco tímidamente, no sé qué le digo, él me contesta, atento, educado, me alejo, emocionado, vuelvo a mi mesa.
 
El tiempo siguió pasando, rumores de que el Darno estaba desequilibrado, tenía tremendos quiebres emocionales que lo dejaban bloqueado, paralizado, tendencias suicidas que sus canciones no hacían otra cosa que confirmar.

Su música estaba prohibida, él no tenía de qué vivir, entonces Klisich organizó un recital "privado" y "clandestino", en su casa, para pocos alumnos y cercanos, para darle una mano.
Ese día era invierno, me senté al lado del Darno, en el suelo, cerca de una estufa a leña que estaba prendida. Empezó el shou, él, con su guitarra, sentado en un taburete alto, sin micrófono, sin nada. Pero empezó a dudar, las manos vacilantes le temblaban, en un momento no pudo seguir, parecía estar viendo fantasmas o estar ahogado en un ataque de pánico, el shou no pudo seguir.  

Una amiga que formaba parte de aquel grupo musical que nombré lo conoció más de cerca, más como amigos, lo frecuentó, hizo vida social con él. Yo no pude, para mí era el ídolo de mis doce años y no me atraía ser su amigo, acaso sí poder acercarme pero desde la música.

Dos cosas pasaron, una fue que Klisich nos dio a mí y al de la electroacústica un poema inédito del Darno que nosotros, en una tarde de emoción, musicalizamos. Después se lo hicimos llegar, supongo que por caset. Cuando nos encontramos estaba agradecido pero se disculpaba de no poder cantar esa música, porque su estilo era más simple y aquello tenía demasiadas partes. Lo que nunca recordó es que lo que tenía demasiadas partes, diferentes, era la letra.

La otra fue acerca de una canción que yo compuse, el Darno la había escuchado y supe a través de Klisich (él era como la celestina de nuestro amor artístico) que había quedado impresionado y que un día, mientras intentaba escribir una canción nueva le venía a la cabeza, sin poder evitarlo aquella melodía de "mi canción". Imagínense mi orgullo.

De ahí saltamos al presente aunque algunos capítulos me tenga que saltear. Yo pasaba por El Lobizón (el bar), a mediodía, y lo vi, estaba solo, un entrañable impulso me lleva a sentarme en su mesa.
Pero el diálogo es absurdo, su mente está distorsionada por los abusos del alcohol, las pastillas, que seguramente tiene que tomar, habla sin escuchar, vomita sus obsesiones, los ojos rojos, la piel hinchada y las venas marcadas, la barba canosa, parece de verdad un auténtico loco. Trato de convencerlo de que vuelva a cantar pero él elude mis argumentos con complicadísimas cuestiones filosóficas, con argumentos delirantes.

Me quedo mirándolo, o escuchándolo, me trago mi propia frustración, la que nace de los intentos vanos de ser comprendido.

Cuando se murió lloré, confieso que lloré como un imbécil, nunca habrá nadie que cante como él, la reputísima madre que lo parió.
   

 

     

 

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