volviste a caminar vacilante sobre el hielo. Era la canción
de los grises crisantemos, la ciencia de la paciencia
o el túmulo frente a la puerta, la carga de la tormenta en
ese punto súbito cuando termina la tarde y comienza la noche,
cuando se apaga la luminosidad amarillenta de la lluvia
y la oscuridad es una emanación densa, una pastosidad
anclada en el jardín. Aura eléctrica. ¿Alguien ya lo dijo? ¿alguien lo escibió? cuando comienza la fluencia,
la torva influencia de un oscuro astro interior.
Sólido, despierto imán.
Infancia sobreviviente,
expansión sobremuriente como el clima de
un cuento de los hermanos Grimm, bajo la sombra
resplandeciente del paraíso, la temblorosa
inclinación de cabeza del laurel blanco y
la tenue nube de tierra del patio a donde bajan
los gorriones en bandada, en desbandada
cuando entro confuso al patio. El silencio
solo y central.
Un hinchado racimo de frutas inquietantes frente
a un espejo de rostro inconmensurable, lúcido y
grave. Gama cerrada de aliento áspero. Vida silenciosa
y plena en su austera nada de pared blanca y desierta, el lado
frío de un verano interminable cuando los hermanos
se pierden uno al otro en esa isla misteriosa entre el jardín
y la pared de la casa, entre el abrazo de las hojas enormes
y el abismo de la memoria anterior hacia donde nos inclinamos
sin caer, sin dejar de caer, sabiendo un poco mas
de ese no saber en crecimiento.
Algo de un río mas allá, algo de alguien
que murió y está a punto de morir de nuevo en la imaginación, en aque
extraña zona aledaña, donde se quemaron los árboles
una madrugada. Veíamos las lenguas de fuego
ascendiendo como un sol que se desintegraba. Alguien, una sombra raí
que pasa en bicicleta, murmurando, balbuceando, anunciando
el advenimiento de algo terrible, como si la bicicleta estuviera
a punto de ser tragada por una abertura en la tierra, mientras
el humo se estanca, acre y dulce por el polen. |
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Una música no deseada sube
serpenteada hasta esta piedra fatídica, ventana fundida, licuada
por un ensimismado astro, Saturno y su campo magnético
envolviendo la cifra entera del tiempo en ese jardín
maculado por la carcoma. Una música
en corriente que sube, en goterones al acecho. Una pátina
de deseo exceso sobre el puro lienzo
donde se escribía la elegía con hilos de arena, sangre negra, ramas
podridas y el hinchado cielo oscuro y solar
de San Gregorio de Polanco. En el hueco fetal
de la arena y el rocío del alba, en el hueco
que dejaron las palabras arcanas al quemarse y
extinguirse. La nada varia del lenguaje exterminado
para que un nuevo encandilamiento emergiera
de ese mismo légamo o legado.
La sensibilidad sola, la sensibilidad pura
obnubila. Es necesaria la lucidez
como contrapeso. Aquellos retazos de canciones
no lograban armar el rompecabezas de una época, de una
ficción emocional, debería decir. Canciones fragmentadas
por el olvido que me rozaban como un aroma
para recuperar instantáneamente lo que yo creía
la quintaesencia de aquel mundo oculto. El olvido, precisamente,
se encarga de preservar lo esencial. Como
el aroma de la lucera, frío, que entra por la ventana y envuelve mi almohada, tibia, densa. |
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