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Especial Eduardo Darnauchans
     
       
Un árbol es un halo      
       

Carlos Rosas

     
       
"tabla cabalmente esmeraldina" Eduardo Darnauchans      
       

volviste a caminar vacilante sobre el hielo. Era la canción de los grises crisantemos, la ciencia de la paciencia o el túmulo frente a la puerta, la carga de la tormenta en ese punto súbito cuando termina la tarde y comienza la noche, cuando se apaga la luminosidad amarillenta de la lluvia y la oscuridad es una emanación densa, una pastosidad anclada en el jardín. Aura eléctrica. ¿Alguien ya lo dijo? ¿alguien lo escibió? cuando comienza la fluencia, la torva influencia de un oscuro astro interior. Sólido, despierto imán.

Infancia sobreviviente, expansión sobremuriente como el clima de un cuento de los hermanos Grimm, bajo la sombra
resplandeciente del paraíso, la temblorosa inclinación de cabeza del laurel blanco y la tenue nube de tierra del patio a donde bajan los gorriones en bandada, en desbandada
cuando entro confuso al patio. El silencio solo y central.

Un hinchado racimo de frutas inquietantes frente a un espejo de rostro inconmensurable, lúcido y grave. Gama cerrada de aliento áspero. Vida silenciosa y plena en su austera nada de pared blanca y desierta, el lado frío de un verano interminable cuando los hermanos se pierden uno al otro en esa isla misteriosa entre el jardín y la pared de la casa, entre el abrazo de las hojas enormes y el abismo de la memoria anterior hacia donde nos inclinamos sin caer, sin dejar de caer, sabiendo un poco mas de ese no saber en crecimiento.

Algo de un río mas allá, algo de alguien que murió y está a punto de morir de nuevo en la imaginación, en aque extraña zona aledaña, donde se quemaron los árboles una madrugada. Veíamos las lenguas de fuego ascendiendo como un sol que se desintegraba. Alguien, una sombra raí que pasa en bicicleta, murmurando, balbuceando, anunciando el advenimiento de algo terrible, como si la bicicleta estuviera a punto de ser tragada por una abertura en la tierra, mientras
el humo se estanca, acre y dulce por el polen.

 
 
       

Una música no deseada sube serpenteada hasta esta piedra fatídica, ventana fundida, licuada por un ensimismado astro, Saturno y su campo magnético envolviendo la cifra entera del tiempo en ese jardín maculado por la carcoma. Una música
en corriente que sube, en goterones al acecho. Una pátina
de deseo exceso sobre el puro lienzo donde se escribía la elegía con hilos de arena, sangre negra, ramas podridas y el hinchado cielo oscuro y solar de San Gregorio de Polanco. En el hueco fetal de la arena y el rocío del alba, en el hueco
que dejaron las palabras arcanas al quemarse y extinguirse. La nada varia del lenguaje exterminado para que un nuevo encandilamiento emergiera de ese mismo légamo o legado.

La sensibilidad sola, la sensibilidad pura obnubila. Es necesaria la lucidez como contrapeso. Aquellos retazos de canciones no lograban armar el rompecabezas de una época, de una ficción emocional, debería decir. Canciones fragmentadas por el olvido que me rozaban como un aroma
para recuperar instantáneamente lo que yo creía la quintaesencia de aquel mundo oculto. El olvido, precisamente, se encarga de preservar lo esencial. Como el aroma de la lucera, frío, que entra por la ventana y envuelve mi almohada, tibia, densa.

   
       

Eduardo Darnauchans in memoriam

   

 

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