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Especial Eduardo Darnauchans
     
       
Días sin Darno.      
       
El vuelo del hombre      
       
Guillermo Baltar      
       

Los uruguayos nos hemos ido acostumbrando a las perdidas. También a valorar lo ausente cuando ya no esta. A extrañar eso que nos hacía diferentes o que nos alimentaba de manera distinta. Parecería que la ausencia adquiriese una motivación única, una identidad revisitada de manera imprevista, ante el asombro de la perdida. Para un país devastado culturalmente. Accionado por guetos o funcionarios asentados en sus privilegios. Por artistas accionados por el éxito impreciso, donde la vanidad ha adquirido un signo relevante y singularmente inocuo, dada la inestabilidad del medio. La ausencia de las figuras singulares o la desaparición de estas (como es el caso de Eduardo Darnauchans), marcan una línea fronteriza entre la banalidad del cotidiano y la profundidad e incertidumbre de los caminos individuales.
Un país de poetas que vive singularmente de espaldas a la poesía. Un país donde las estridencias superficiales tienen cada vez  mayor arraigo.  Eduardo Darnauchans era un lujo pare este país. Con él ha muerto finalmente no ya una estética, sino toda una Épica. Toda una manera de enfocar el compromiso artístico con la ética del hacedor.

Sí el Uruguay fuese finalmente un país en serio. Si su población contemplara y admirara las creaciones de sus más singulares interpretes, el mundo darnauchaniano hubiese tenido una comprensión mayor. Desde cierto punto de vista, el mundo del cantautor parecería ser exigente y lo era. Darnauchans era un hombre culto. Heredero del humanismo y del Siglo de la Luces. Del compromiso con su temperamento político.  Era un maestro del arte de la sugestión y de la interpretación. Su manera de transmitir emoción en sus mejores años es inenarrable. En sus últimas actuaciones, algo de ello parecía aflorar en alguna interpretación. Se me ocurre que su decir en, De Corrales a Tranqueras esa emoción volvía para rescatarlo, iluminándolo aún en sus peores días. Aunque no lo admitiera, Eduardo era un poeta que no necesariamente debía escribir poemas. La poesía le venía a través de su accionar y de su compromiso con el arte. Si el uruguayo medio no hubiese estado tan enceguecido en sus miserias, imbuido en la acotación de sus mundos, quizás hubiese podido disfrutar de ese espejo de sensibilidad, que en su viaje Darnauchans nos brindo a todos. Si el Uruguay fuese otro, Darnauchans hubiese tenido la proyección internacional que su obra merece. El respaldo de una sociedad que lo ignoro y lo denostó como un cantor depresivo, cuando en realidad era un buceador de la existencia. La canción toda lo hubiese reconocido como nuestro Brassens y el rock nacional (tan carente de matices artísticos y poéticos), hubiese podido ver en él a nuestro Leonard Cohen.  

En su muerte, pocos han hablado del lado humano del Darno.
Al otro día de su entierro, al entrar  a un cyber de la calle San José me lo encontré. Sentado, con su puño en alto a un lado del micrófono. En cada uno de los monitores, el Darno aparecía como fondo de pantalla junto a una de sus canciones. La encargada del establecimiento sabía que su ausencia nos empobrecería un poco más. Ese era su pequeño homenaje. Se que Eduardo hubiese sonreído al verse. (Quizás lo hizo) Así como lo hacía, cuando sentado en algún bar, se le acercaban  jóvenes y les entregaban pequeñas esquelas que el guardaba minuciosamente. La dimensión humana de Eduardo
supera a su obra, aunque esta sea parte de ella. La búsqueda de la belleza era su constante, por eso la sed de sus conflictos.  Eduardo Darnauchans ha sido único. Su vuelo ha dejado algunos herederos y una obra que engrosa e integra, el repertorio clásico de la música nacional.

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El presente texto fue publicado en “Que Pasa” de El País y en el Semanario “Acción Informativa” de Tacuarembó.

   

 

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