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Especial Eduardo Darnauchans
     
       
Como un desconsolado, Eduardo Darnauchans Miralles      
       
Atilio Duncan Pérez - Macunaíma      
       

EL 7 de marzo de 2007, de madrugada, una parte de aquel muchacho que fui alguna vez, se murió con Eduardo Darnauchans Miralles.

Esto ya lo dijo el gordo Troilo mucho mejor que yo: uno no se muere de golpe, se va muriendo de a poco en cada amigo que se muere¨.

A las 6:45 de ese día, alguien me llamó para darme la noticia, yo estaba ya en la carretera, camino a Maldonado a una reunión por razones de trabajo.

Por casi 37 años, el Darno ha sido mi camarada, mi parceiro, mi enemigo cordial, mi amigo fiel, mi hermano (todo compañero es siempre un hermano), un copiloto de ruta en las autopistas del miedo durante la dictadura, y fue también, entre otras cosas, testigo de mi casamiento.

Hace muchos años que nos hemos ido confundiendo en vínculos y lazos de afecto y de convicciones, aunque yo ya no lo acompañara en una que compartimos muchos años, y que él no perdía la esperanza de que volviera a ser mía.

Después del deceso de su mujer, Patricia González, estuve al tanto de todo sobre él, como lo he estado siempre, gracias a esa mujer solidaria y entrañable, Graciela Irazabal, Chichila, mujer de encaje y de hierro, que desde donde estuvo y está ha velado siempre por el Darno.

Pero me resistía a verlo rodando cuesta abajo.
Tampoco quise volver atrás, para acompañarle hacia el cementerio.

No quise ir, me inventé excusas, tareas, asuntos, algunos reales y otros pura ficción. No fui.

   
       

Volví a mi casa, me metí en los asuntos de mis hijos, mi mujer, mi música, mis libros.

No fui a ver al Darno, al amigo querido entre mis amigos queridos.

Dejenme decirles, y no son excusas, que estuve especialmente rodeado por la muerte en esos meses.
A dos pisos de mi casa, vivía el Sacha Previtali quien ha falleció de cáncer de pulmón.

Todos los días temía encontrarme con su viuda y sus dos hijos pequeños, 8 y 6 años, porque, sinceramente, sentía que no me da el cuero para tanta tristeza. Nunca he sido un flojo, ni un desertor y, muchísimo menos, un traidor, pero esta flaqueza de ahora responde a una temporada infernal en la que la Señora Otra anda de ronda.

Conocí a Eduardo Darnauchans a finales de 1970, en Tacuarembó.

Por entonces, militábamos en la Unión de Juventudes Comunistas, él en liceo local y yo en el IAVA.
Eran tiempos de agitación y de insurgencia, nacía el Frente Amplio y en Vietnam se hacían carne viva todas las peores pesadillas del Bosco.

Un muchacho de pelo largo, el cantor local, me encaró y comenzó con aquel tono suyo, tan típicamente erudito, a hablar de Bob Dylan y de Donovan Leicht, escritores de canciones, maestros y hermanos de nuestra generación del rock and roll y la protesta.

El montevideano se sorprendió que aquel joven Eduardo Darnauchas, tan cerca del culo del mundo, Tacuarembó me resultaba así entonces, conociera a Eric Clapton, a The Animals, que hablara de la Tropicalia y de Caetano Veloso.
   
       

El chico de Tacuarembó se sorprendió que el muchacho morocho venido de la capital, con pinta de obrero portuario (tal era mi penosa apariencia entonces) hablara de los discos de Dylan y de otros, con el mismo conocimiento que algunos pocos del después llamado "grupo Tacuarembó", podían exponer.

Nos hicimos amigos para siempre.
Sentados en el cordón de la vereda, frente al local de la UJC, escuchamos al gran Julio Calcagno diciendo unos poemas de Julio Huasi, poeta argentino que se fue sin saludar.
Después el Darno vino a estudiar a Montevideo y nuestra relación se hizo más y más estrecha.

Nos encontramos en la militancia en la FEUU, en recitales, en los estudios de una radio.
Compartimos músicas entrañables como la música de Bob Dylan, Angelo Branduardi o el compadre Belchior.

Nos sentimos hijos y hermanos de W. Benavides y soñamos que el mundo alguna vez dejaría de ser una porquería.

Lo extraño como a una parte de mí y su ausencia es como el galope de caballos oscuros sobre mi corazón.
   
       
Poema con espectro      
       

de Macunaíma

                                                     
 a Eduardo Darnauchans Miralles

It´s all over now baby blue
es decir
no hay alicias ni conejos
ni el olor de dona myrurgia
para encontrar
instintivamente
un hueco donde guarecernos
a las seis dieciseis am
te entrometes en mis pesadillas
para mirar
como te hacen jirones
como indagan en las señales
de la ceremonia
que hace tiempo preparaste
y de la que no quiero
hacerme cargo
it´s all over now baby blue

   

esto es
se terminó tu frente de seminarista
tu diccionario
tu gabardina
tu psicodélico amor cortés
tu asma
tu bolchevique
único y disperso
todo se terminó ahora baby blue
se terminaron
tus lentes
tus pastillas
tus quince de noviembre
tus crines de muchacho
tus ojos últimos
perrunos y apagados
tras el cristal oscuro
todo se terminó

   

y ahora
estás mirándome
como si yo fuera
el capitán de tus amigos
para cerrar las cuentas
nadie ha roto el pacto
hubo canción de dylan
y la bandera
para seguirte rojo
hasta el final
que (otros)
muchos cantaron
it´s all over now
no pude estar allí
no quise estar entonces
puse una carretera de distancia
y los ojos en el camino
hasta quedarme sin lágrimas
ahora estoy mirándote
visitante de la noche
espectro desprovisto
de tus humanidades
de tu pedro
de tus piedras rodantes
de tus pajaros hollies
de tus lobizones y de tus girasoles
de tus inhalaciones
de tus muertes fallidas
de tus vidas de gato
de tus madrugadas
con día siguiente
de tus huesos
y de tus cigarrillos
todo se acabó
solo permanece tu sentido del humor
cuando dices:

felizmente, ya no bebo.
   
       

Del Libro ¨La bufanda del aviador¨, Ediciones de la Banda Oriental, diciembre 2008

     

 

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