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Especial Eduardo Darnauchans
     
       

Darneana

     
       
Raquel Diana      
       

Helada cruel noche de viernes de uno de los peores agostos. Una casa vieja arriba que reza “abajo los plásticos”. Angelitos regordetes sosteniendo el techo, vitreaux agujereados por los que entra el viento y trata de salir el humo de la vieja salamandra. Esculturas de metal dramáticamente escuetas, pinturas que invitan a que les descubras el alma, puertas que dan a quién sabe qué mundos, exóticas lámparas a medio paso entre el objeto artístico y el grito desesperado. Pobres, ateridos, poetas, músicos, plásticos, actores de Montevideo City 2003.

Desconsolados viejos, desconsolados jóvenes se han reunido con el desconsolado mayor: Eduardo Darnauchans. Intentan hacerle un homenaje, o algo así.

Me pregunto que hago ahí. La suela de mi bota derecha está partida desde hace días: me duele la pierna y no poder comprar otras. Se escuchan versos de Dylan Thomas, en inglés. El otro, Bob Dylan preside desde alguna parte la reunión. Me pregunto que hago ahí. Trabajé mucho esta semana, estoy agotada y confusa, pensado más bien en tomar-una sopa-mirando-televisión-debajo-de-una-frazada. Oigo remixes: la voz del Darno sobrebajoentre otros paisajes. Un nuevo mundo. Dicen, no sé como, casi todo lo que tendría para decir sobre él. Él. Me pregunto que hago ahí si además me mantengo lejos, sin encontrar dónde sentarme, escondida entre la gente, de pie, de pie cansado y no quiero verlo. Sólo yo tengo derecho a envejecer. Él no. Poetas dicen cómo está el mundo y alguien muy joven canta sus viejas canciones. Recuerdo la casa de Laura, en el 70 y algo, la única de toda la barra del liceo Zorrilla que tenía el disco, “Canción de muchacho”, que escuchábamos con unción religiosa, vestidos con el uniforme de alumno cívico-militar, pollera gris, buzo azul, corbata y cartel identificatorio, nombre-domicilio-cédula-clase-salón, en el pecho. Había uno que decía que sabía tocar la guitarra y casi no era cierto, pero tocaba y yo cantaba “fiero es de mirar a la puerta, y no verle y no verle la salida...” Siento que todo cambió, y no.

Cada tanto se escucha la voz del Darno contando alguna historia o comentando algo. No entiendo bien, pero percibo una especie de baile de almas en el patio de la casa encantada de esculturas y pinturas y arte. Se mueven como llamas y entibian.

Oigo de pronto la voz de Pedro, una artista mayor, artesano, un duende, “el señor de la calabaza”, en el acto de regalarle una, llena de poesía. Y me acerco mientras me voy dando cuenta de porqué estoy allí.

Pedro, Marcos y el Darno (caramba, qué apóstoles) hacen un cuento, el de los recitales clandestinos. Uno de ellos en la casa de la madre de Esteban Klisich. Como las reuniones estaban prohibidas el público tenía horario para llegar. Te tocaba la 8 y diez y tenías que estar en punto y además decir una contraseña para ingresar. El Darno tocaba iluminado por el cono de luz de una lámpara de escritorio. Como no se podía aplaudir la gente chasqueaba los dedos. Marcos se ríe con alegría infinita y dice: era un placer joder a los milicos. También allí, supongo, alguien del público se hubiera preguntado qué hago aquí, corriendo tantos riesgos, entre esta manga de locos escuchando música.
Todo cambió y no.

Casi al final de la dictadura, en el Club Albatros repleto, recibí una comunicación de oficial de que se me prohibía cantar como solista. Era curioso: yo cantaba en un grupo pero cantaba como solista una sola canción, del Darno. Bastaba quitarla del repertorio de esa noche, pero decidimos que no, y mientras yo la emprendía con una balada llena de pavor, ellos hacían “boca ciusa”.

Al fin tuve coraje y me acerqué a él. No sé si le dije “hola” o qué miércoles. Si sé lo que no dije. Por ejemplo que su música fue mi sostén, mi consuelo y mi alegría en tiempos difíciles. Que el amor y la vida me sacudieron igual pero que las letras de sus canciones algo me habían advertido. Que todavía me estremezco al escucharlo. Tampoco dije la más simple: gracias.

La helada cruel noche de viernes de uno de los peores agostos, tuvo el calor de los recitales clandestinos, ese extraño modo de confortarse que tienen los desconsolados de todos los tiempos cuando se juntan.

(Agosto de 2003)
   

 

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