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Especial Eduardo Darnauchans
     
       

Endechas por la muerte de Eduardo Darnauchans

     
       
Jorge Costigliolo      
       

Ha muerto Eduardo Darnauchans. Correrán, ya corren, los ríos de tinta y los bits redoblando el tam tam de su nombre.
Habrá necrofilia y necrofagia, se despedazará su cadáver y aparecerán viudas bajo las piedras. Se cantará su réquiem hasta olvidar el por quién. Y quizás esté bien. Porque ha muerto un artista. Hijo dilecto de la poesía y la canción urgente y desesperada, Darnauchans vivió y murió como predicó; al filo de la vida, al filo del amor. La muerte no le era extraña, lo sedujo en sus canciones tempranas, no dejó jamás de visitarlo.

Cantor de la tragedia, el dolor y la pena, voz de los desposeídos y tristes, esperanzado en su desesperanza, de los versos que casi nunca eran suyos, pero en su voz de asma sonaban como propios, creador de un áspero universo de rocks, milongas, romances, blues y chansons, de Beatles y Yupanqui, Dylan, Borges y Leonard Cohen. De alcohol y pastillas.

Pocos meses atrás, Darnauchans quiso dar un concierto, pero no pudo. Fue una suerte de triste despedida, porque no estaba allí, apenas su sombra, el vestigio de un hombre, la pena de una voz muerta. Flotaba, eso sí, el fantasma wildeano de sus mejores días, la sonoridad de una voz sin estridencias, lastimada y dulce. No la merecía; no de esa manera. El público vivaba un fantasma, apenas un esqueleto flaco arropado de enfermedad. Una mezcla de emoción y vergüenza, un intento de rodearse del afecto de los suyos, o de pagar alguna cuenta.

Darnauchans no fue un ángel; más bien un Ícaro atormentado que, por volar tan cerca del sol, se quemó y ardió. Ahora es tiempo de descansar. Ojalá lo dejen.

 

Publicado el 08 de marzo de 2007 en el portal Montevideo COMM
   

 

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