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Especial Eduardo Darnauchans
     
       

Pequeño Blues de los Desencuentros

     
       
Tabaré Rivero      
       

Que frío en aquellos años!.  Era la segunda mitad de los’70 y el Darno hacía unos conciertos en la Alianza Francesa. El Darno hacía la música local que más se parecía a lo que a mi me gustaba, a lo que venía escuchando desde siempre, pero que por algún motivo socio político, acá había desaparecido. El Darno la hacía y ahí fui. Yo lo había escuchado desde aquella vez (seis años antes) en que casi desapercibido tocó en un “Desenchufazo” en el teatro Stella d’Ialia y ahí quedé prendido. Pero ahora, todos se “habían ido” menos él. Empezaba entonces aquel concierto proyectando unas diapositivas que iban desde imágenes del Sistema Solar, cambiando paulatinamente hasta llegar a Tacuarembó, viaje que este sobreviviente nos hacía con sus trovas y palabras. El Darno hablaba. Hablaba mucho entre canción y canción, con aquella voz impostada entre la de un actor de intelecto comunista y un juglar rocker en vías de extinción. El podía decir y tocar lo que quisiera, que el público se lo permitía. Quizá amparado por su militancia y sus idas políticas, no era tan agredido por la opinión pública cuando empuñaba su guitarra acústica con cuerdas de acero, que en manos de cualquier otro hubiese sido visto como un acto de fascismo cultural. A él se lo respetaba y se lo merecía.
Fui a todo ese ciclo en la Alianza Francesa. No me perdí ni una de sus actuaciones. Casi me memoricé todas sus canciones. Un año más tarde, lo veía triste, acodado en el mostrador del Café Concert que estaba en el sótano de la misma Alianza, donde todos subían a cantar (incluso algunos perfectos desconocidos) o a recitar sus poemas… todos, menos el Darno. Yo lo veía, ahí, parado a dos metros y sin embargo jamás le hablé. No se me ocurría nada inteligente para decirle y en aquellos tiempos jamás se me hubiese ocurrido dirigirme a un artista con un “…que ashé,  nene!” o un vulgar “…¡aguanteee!”…

Los años pasaron y tuvimos que conformarnos sin escucharlo en vivo y sí, poner una y otra vez los surcos del “Sansueña” y luego “Zurcidor”. Un día mi amigo Guillermo Baltar (poeta también y casual violinista), me presta un casete del Darno. ¡Un casete pirata! ¡Cantado en su casa y registrado con un grabador a casete de aquellos tan de moda en los ’80… El Darno solo, con su guitarra y su voz. Su canto y algunas palabras entre canción y canción explicando algunos arreglos que él imaginaba y con canciones inconclusas y a veces hasta entrecortadas y vueltas a empezar. Parecía que había sido grabado en un cuarto de baño y eso en aquellos tiempos estaba bárbaro, era el sonido que queríamos, así con reverberancia y eco…había temas viejos, modificados y teman nuevos que nunca había escuchado. Uno de esos temas era “Pequeño blues de los desencuentros” que había escrito en co-autoría con el maestro W.Benavides, sí, era ese hermosísimo tema que yo había escuchado una y mil veces en aquellos conciertos de la Alianza Francesa y que luego nunca más había podido disfrutar, excepto en mi siempre frágil memoria. Ahí estaba y lo reproduje hasta gastar la cinta y por fin (con grandísimo esfuerzo) lograr sacar los acordes con mi guitarra.

Con el tiempo al Darno se le permitió (por suerte!) volver a los escenarios, volvió a grabar, terminó la dictadura, lo volví a ver mil veces, pero esa canción no la cantó más.

A mediados del ’85, yo estaba con mis amigos armando un proyecto de banda que por nada más ocurrente le pusimos “La Tabaré” y teníamos pensado hacer un ciclo de conciertos en el Circular en el mes de noviembre. Teníamos pensado hacer el ciclo, pero no teníamos mucho repertorio y se me ocurrió hacer el “Pequeño blues de los desencuentros”. Un par de días antes de nuestro debut, voy (como siempre) caminando por 18 y ahí venía el Darno con su acentuado look yorugua-francés y ahí sí me animé, venciendo todas mis timideces lo paré y le conté mis oscuras intenciones de interpretar su canción, aprovechando sin ninguna esperanza, para invitarlo a concurrir al primero de estos conciertos.

A último momento, decidimos no hacer esa canción porque no me salía bien (¡como podía yo intentar cantar como él!), pero el Darno ahí estaba, sentado en la primera fila y al medio. No solo no se molestó por no cantar su tema, sino que comentó haber quedado muy impactado con aquella versión que hacíamos de “Mujeres de Honky Tonk”.

Dos o tres días después vuelvo al Circular y había un sobre para mí. Me lo había dejado el Darno, de su puño y letra, con algunos cambios en algunos versos de la canción y ofreciéndomela para cuando yo quisiera interpretarla. Claro, después de eso, la hicimos infinidad de veces…

Años después, cuando yo pensaba incluírla en mi próximo disco, el se me adelanta y la hace en su disco en vivo ”Entre el micrófono y la penumbra”, con la letra tal cual la había modificado y hasta con un leve cambio de título “Blues de los pequeños desencuentros”.

Por suerte entonces, el público tiene acceso a ella por su intermedio y no por lo que podría haber sido un homenaje muy sentido y honesto, pero seguramente fallido de mi parte.
   

 

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