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Especial Eduardo Darnauchans
     
       

Darno, aquí.

     
       
Alfredo Rosso (Buenos Aires)      
       

El peso de vivir se lleva mejor si se comparte. El Darno me mostró heridas que reconozco. Se abren de madrugada, cuando algún espectro cancela el impredecible bálsamo del sueño y nos pone frente a frente con ese manojo de cables sueltos que vamos dejando con la acumulación de los días.

            El Darno decía, con poesía, “yo estuve allí, yo ya lo vi”, y le ponía una melodía que poco a poco te hacía insinuar una sonrisa íntima, interior, y el rictus de dolor se relajaba de a poquito.

            Iba una noche en bicicleta por barrios adoquinados de la parte de Buenos Aires que no saldrá jamás en las guías de turismo. Me acompañaba “La noche está muy oscura”. Era invierno y la voz del Darno se filtraba entre los sobretodos apurados que volvían a sus casas enfundando a sus dueños, entre las luces que dejaban pistas caóticas de semáforos, letreros, alumbrado público. Y yo me sentía contento, nutrido de esa inesperada luminosidad de entresemana, encendida por el gentil entrelazado de los temas de Nieblas & Neblinas.
 Comento esta anécdota porque Darnauchans siempre se me apareció para darme un envión cuando me volvía demasiado evanescente, cuando me fragmentaba en medio de esa cacofonía de voces, demandas, pulsiones ajenas que buscan a diario un pedazo de uno. El Darno estaba del lado de acá, del costado de la humanidad que permanece, aunque el hombre se vaya.

            Y el hombre un día se fue. Pero yo tuve la suerte de ver su luz, inescrutable y próxima a la vez. Fue en aquel subsuelo de Amarcord, en el ’98 y también en el concierto de los solistas diez años antes, sorprendiéndose como todos con la magia ya minimal de Mateo.

            Ahora el Darno está en mis derroteros urbanos, en mi vagar por calles porteñas y montevideanas. Acompaña mis pasos y me detengo en sus frases, paladeo el sabor agridulce de sus melodías e intento asir sus metáforas, elusivas como la heroína amada de un film que no vi, aquel gambito de apertura de su genial canto de cisne, El Angel Azul.

           
El Darno está aquí, cerca, siempre.
   

 

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