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El teatro y el mensaje      
       
Leo Flamia      
       
Formas y argumentos      
       

Sin más pretensiones que el de reflexionar sobre ciertos “tabúes” actuales de algunos teatreros, presentamos algunas inquietudes que nos surgieron a partir de la obra La paranoia de Rafael Spregelburd.

Es bastante complejo dar cuenta de las líneas argumentales de La paranoia, parecen convivir varios relatos, más allá de que confluyan en algún punto, y la dinámica con que funciona el espectáculo dificulta bastante el delimitar cada una de esas líneas argumentales. Quizá el centro más obvio sea el que en el mundo hay un orden que se mantiene gracias a unas criaturas llamadas “inteligencias”, que son seres superiores en todo sentido pero que necesitan de los humanos, ya que estos son las únicas criaturas del universo que son capaces de crear “ficción”. Esto sería banal (o no, ¿tienen alguna función en nuestro mundo las ficciones?) sino fuera porque las inteligencias perciben a las ficciones como algo con sustancia, de la que incluso se alimentan. Las ficciones escasean, es que en el correr de los siglos (la obra transcurre en un futuro muy, muy lejano, y el tiempo se contabiliza de varias formas) las inteligencias han consumido todas las ficciones que ha generado la humanidad. Urge el crear nuevas historias, y para eso una enigmática figura ¿gubernamental? reúne a un matemático del azar que no sabe sumar, un astronauta con traumas y una novelista que escribe según un molde y plagia a sus plagiadores, o sea que es ella misma pero por transitiva. El esquema ya reúne un montón de lugares comunes, solo que estos se empiezan a multiplicar cuando se suman androides sensibles y enmarcamos todo en un relato legendario chino. El oficio de la escritora se combina con la imaginación del astronauta, previamente ordenada por las combinaciones matemáticas del científico que no sabe sumar, para crear nuevas historias que intenten saciar el apetito de las inteligencias. Allí aparece una telenovela venezolana, una conspiración bolivariana para conquistar el mundo desde una fábrica de modelos (un anacronismo conciente seguramente, la fábrica de modelos existe antes de Chávez), y cierta trama que se entrecruza que parece provenir del cine de terror de clase B. Estas historias, ficciones dentro de la ficción que crea el particular comando del principio, se proyectan en una pantalla desde un lenguaje claramente cinematográfico, solo que en clave de parodia.

Todo lo anterior es solo exposición de líneas argumentales, con algún dato sobre recursos expresivos. El primer elemento de análisis que surge es la reflexión sobre la ficción, sea esta desarrollada desde un lenguaje teatral, cinematográfico, televisivo o directamente narrativo. La parodia a una telenovela requiere una distancia sobre ella, la utilización de lugares comunes el conocimiento de ellos, la búsqueda que parece sugerir la posibilidad de agotar las combinaciones para crear un relato, delata el conocimiento de esquemas de articulación de un relato que se evidencian en el transcurso de la obra. Más que aclararse que el autor conoce esos esquemas queda claro que, además de apelar al humor, parte del planteo de La paranoia es reflexionar con el público acerca de las posibilidades de la ficción, de poner en evidencia ciertos artilugios, de volverse el relato sobre si mismo, con momentos casi borgeanos. Además de eso… ¿Además de eso?

Mensaje-caca

En una entrevista realizada por Georgina Torello y publicada en La Diaria el viernes 19 de febrero pasado, Spregelburd indica “Mis obras no tienen mensaje y no creo que deban tenerlo, yo no soy un comunicador social” ¿Una función teatral no es comunicación social? O sea ¿No hay significantes portadores de significados allí? ¿No hay autores, actores, directores articulando un discurso que el espectador activamente deberá interpretar? ¿Eso no es comunicación? Seguramente cometemos algunos excesos, y convendría adentrarse más en profundidad en el pensamiento de Spregelburd para realmente encontrar el verdadero sentido a tamaña afirmación, pero partimos de ella para hacer alguna otra reflexión.

Una de las obras más interesantes, a nuestro solitario entender, del año pasado fue Ararat de Santiago Sanguinetti, dirigida por Alberto Rivero con elenco de la Comedia Nacional. El autor ya desde el programa hablaba de lo “no político de su teatro”, mientras que en una entrevista hecha a Sanguinetti en el portal El Boulevard la periodista indica sobre el libro que contiene Ararat “El libro no apela a construir verdades absolutas, eso pasó de moda hace tiempo” (www.elboulevard.com.uy/santia.html).

Nuevamente vamos a excedernos seguramente, pero tanto de las afirmaciones de Spregelburd, pasando por las de Sanguinetti, y llegando a la de la periodista surge algo que es como un temor, un acto reflejo, un mandato paterno que podríamos graficar como “mensaje-caca” o “contenido-caca”. Vuelta la dicotomía “forma-contenido” a primer plano, al contenido lo podemos llamar mensaje, verdades absolutas, política, etcétera. En vez de primar el “contenidismo” de otrora, vemos cierto fundamentalismo del “formalismo” (no confundir con la corriente preestructuralista rusa) que como tal no supera la dicotomía. Lejos de la noción de relación dialéctica entre forma y contenido, dependiente una de la otra, estos nuevos planteos no escapan a la falsa contradicción, solo que en vez de afirmarse “lo que importa es el mensaje” se afirma “lo que importa es la forma”, la situación no cambia. En el caso de la periodista de El Boulverad incluso el problema es menos complicado, porque el “no mensaje” está justificado ya no por una nueva situación histórica, sino porque simplemente “eso pasó de moda” (ergo, cuando vuelva a estar de moda ahí si hay que escribir verdades absolutas).
El problema, además de que se mantiene vigente una falsa dicotomía, es quién es el “papá superestructural” que parece amenazar a determinados protagonistas de la escena teatral con el adjetivo “caca” cada vez que a se les ocurre que capaz tienen ganas de “decir algo” en alguna obra. O quizá simplemente no haya nada que decir, pero no parece ser el caso.

Mirar para adelante vs. Recuperar la memoria

En octubre del 2009 quienes pretendían extirpar tumores sociales de hoy descubriendo los tejidos podridos del pasado se llevaron nuevamente un revés. Sería interesante averiguar que lugar ocupamos ante este tipo de reveses, pero no solo para saber quien reparte listas y quien no, sino, por ejemplo, desde qué concepción de las implicancias de su obra tienen los productores de cultura. La obra de Sanguinetti es un fuerte cuestionamiento a la pérdida del pasado, a la banalización de ciertos “mitos”, a la bestialización humana producto de no recordar. Si esto es así, la obra de Sanguinetti tiene “contenido”, un contenido que se articula desde “formas” nuevas, si, pero contenido al fin. El recordar el pasado y denunciar lo nefasto de querer negarlo, sin ser obvios, sin ser evangelizadores, apelando a formas nuevas, incluso sin proponérselo a priori quizá, es algo frecuente en la dramaturgia joven montevideana. Pátina de Verónica Mato, desde la apropiación de identidad. Aterciopelada de Adrián Rodríguez desde una familia que oculta su pasado a si misma, un pasado de abortos e infidelidades. La mencionada Ararat de Santiago Sanguinetti. Estos creadores jóvenes, aunque a algunos parece que les avergüenza un poco asumirlo, hacen un teatro con implicancias políticas, dicen cosas, y una de las que más se nota es esa necesidad de ajustar cuentas con el pasado, de recuperar el relato histórico de nuestra sociedad sin suprimir miradas, o pudrirse en el intento. Y ahí hay otra militancia que contribuye a crear identidad y a luchar contra ese pragmatismo tan en boga que a veces confunde cultura con mercado, como delata Sandino Núñez. Si esto es así, por momentos parece haber cierta contradicción entre la obra de algunos autores y lo que ellos piensan de la misma. Una contradicción que por lo que se ve en La paranoia no tiene Spregelburd, el es pura forma, desde lo que piensa y desde lo que hace.

Poco antes que Spregelburd estuvo Mauricio Kartun en el Solís con su Ala de criados. También en su obra hay una multiplicidad de formas para expresar un “contenido”. Pero hay contenidos, una de las conclusiones que se puede sacar de Ala de criados es la visión de unos aristócratas que se convierten en retrasados mentales de tanto no hacer nada, mientras un representante de la clase media se traiciona a si mismo sirviéndolos. Toda una “metáfora” de una realidad política determinada. Y esa clase media al final solo tiene a la memoria como aliada, ya que esos aristócratas retrasados ocultan el pasado, solo les interesa perpetuarse en el poder y borrar la historia. De Ala de criados se yergue casi como metáfora ese “mensaje” y no se terminó el mundo.
   

 

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